El largo camino a Irkutsk

Casi treinta y dos horas de tren, entre Tomsk e Irkutsk, me esperan en un convoy que supera el número 600, cuyo segmento principal lleva hasta Barnaul, en tanto algunos vagones—entre los que se encuentra el mío—engancharán otra locomotora hasta su destino final en Chita. En la estación, algunas caras conocidas ya de otras etapas. Pero, sobre todo, mucho militar. Un montón de chavales jóvenes—y algunos ya veteranos, sus oficiales—uniformados se agolpan en los andenes de la estación esperando que el tren les lleve a algún punto del Cáucaso. La banda de música les despide tocando El adiós de la mujer eslava, una de las marchas militares rusas más conocidas e inspiradas. Las familias les despiden y hay las compresibles lágrimas: es un destino difícil, arriesgado, para un chaval. Pero permite abreviar el tiempo de servicio en el ejército hasta menos de la mitad, así que no faltan los voluntarios. Por ahí andará algún príncipe Vronsky yendo a tomar el tren para luchar contra los turcos y pagar su culpa en la muerte de Ana Karenina. Aunque si Tolstoy escribiera hoy día seguro que hablaría de la princesa Vronsky. Un verano con Vronsky.

Llego el primero a mi compartimento y me estiro cual Godoy en el retrato goyesco, cruzando los dedos para ver qué compañía me cae en suerte, si es que viajo acompañado. Pues va a ser que sí. No ha pasado un minuto desde que mis posaderas se han acomodado al asiento y entra por la puerta una pareja joven con una niña de no más de un año, superlativamente rubia y con unos ojazos azules preciosos. Acto seguido entra otra tipa con mochila en el compartimento. Vaya, pues esta vez vamos a viajar cinco personas. Hacemos las inevitables presentaciones: la mochilera es una treintañera suiza echada a la aventura transiberiana. La pareja la componen Pavel, un ingeniero industrial de 30 años, de Tomsk, que trabaja en una central eléctrica de Kranoyarsk, y su mujer. Pavel agradece la oportunidad de poder hablar inglés y se muestra abierto y locuaz. Aunque su inglés es tan malo que no termina una sola frase y es difícil oírle empalmar más de tres palabras seguidas. Pero aun así, la conversación es interesante. Le preguntamos por algunas curiosidades de Tomsk.

Un caza soviético derriba un Stuka alemán en un grafiti prosoviético en Tomsk

Pronto sale el tema de la época soviética, por el que la suiza está interesada. Sí, claro que Pavel se acuerda. Perfectamente. De hecho, Pavel constituye el contrapunto a la opinión mi amiga Nadia. Él también era pionero, pero el día que la URSS se disolvió sacó su pañuelo para destrozarlo. Su abuela había sido maestra en la época de Stalin y se las había apañado para dar catequesis a los niños. No de manera oficial, pero en general el régimen hacía la vista gorda con la Iglesia: ambas instituciones, comunistas y religiosos, habían llegado a un acuerdo de mutua ignorancia. Le pregunto si encuentra alguna contradicción entre los grafitis prosoviéticos, la estatua de Lenin en la rotonda y el Museo sobre la Represión, los monumentos a los masacrados en Katyn y las víctimas del stalinismo en Tomsk. “Bueno, Lenin era un terrorista. Un terrorista, sin más”. Entonces de Stalin ni hablamos, ¿no?  “¿Qué puede esperarse si el uno era amigo del otro?” Estoy de acuerdo con él, pero sólo parcialmente. Claro que Lenin era un terrorista: de hecho había reconocido el terror como arma política utilísima. Aunque no sólo él, claro. Intento discutir con Pavel sobre los aspectos contradictorios de las dictaduras, incluida la soviética: “¿no crees que resulta muy decepcionante para la ética individual que las dictaduras hayan mostrado aspectos positivos y útiles, que hayan sido decisivas en el curso de una nación? Por ejemplo: que sin el primer Plan Quinquenal de Stalin, que tantas víctimas causó, pero que supuso una verdadera revolución industrial acelerada para la URSS—a costa de un inmenso sufrimiento del pueblo ruso—jamás el país podría haberse convertido en esa potencia industrial y armamentística que, desde los Urales y Siberia, escupía tanques y aviones a millares con los que pudo derrotar a la Alemania nazi?” Pavel duda, pero responde: “Ya, pero la guerra no la ganó él solo. También estuvieron Zhukov, Koniev, Rossokovsky, etc.” La suiza asiente en silencio.

Una mendiga ilustra otra parte del grafiti prosoviético de Tomsk con la palabra "victoria". Espero que no hayan abusado de la ironía con un "Hasta la victoria siempre"

Decido no insistir más en el tema. Pero el argumento de Pavel es el asumido con entusiasmo por todas las sociedades que han experimentado dictaduras sangrientas: lo negativo de las dictaduras se debe exclusivamente a la maldad intrínseca, a la monstruosidad moral del dictador, mientras que lo positivo es una obra colectiva donde “el pueblo” sí participa activamente. Lo que implica que las dictaduras se deben, en última instancia, a que Hitler estaba loco, Stalin era un paranoico sociópata y Franco un enano barrigón sádico y acomplejado. Porque, como es bien sabido, ningún alemán votó a Hitler en 1933, no hubo tumultos con decenas de muertos en el velatorio de Stalin, deseando dar el último adiós al Padrecito de todas las Rusias, ni nunca estuvo la Plaza de Oriente atestada de gente.

Reducir un análisis histórico a una dimensión moral es una trampa de la peor especie. El análisis de las sociedades y grupos humanos nunca—y menos retrospectivamente—puede hacerse sobre el criterio de la ética individual, porque ese tipo de procesos se mueven en su propia esfera moral—o amoral, si se quiere—y corremos el riesgo altísimo de falsear los resultados. Sería como si en un laboratorio de análisis clínicos dieran negativo a todos los que les caen bien y positivo a los que se les cruzan. Si adoptamos un criterio moral nunca vamos a entender por qué surgió determinada dictadura, a quién benefició, a quién perjudicó, en qué triunfó y fracasó y qué papel tuvo en la historia de ese país o del mundo. Reconozco que al principio, cada vez que discutía estos temas desde mi óptica profesional me quedaba un regusto amargo muy parecido al de a quien acusan de cinismo. Pero por mucho que después lo he pensado sigo creyendo que es la forma correcta de analizarlo y no es precisamente la que peca de hipócrita o políticamente correcta. Espero equivocarme, pero no creo que tardemos mucho en comprobar los peligros del análisis idealista en un avispero como Afganistán.

Cierro el paréntesis histórico-filosófico que el lector puede saltarse perfectamente—sí, lo sé: eso debería avisarse antes—con la confirmación de Pavel de que, efectivamente, en Siberia se ha conservado hasta fechas muy recientes la costumbre de fotografiar a los muertos. Por mucho que intento afinar mi oído no logro entender mucho más de su explicación en russinglish. Me quedo con la indicación de que la colección fotográfica descubierta en Novosibirsk no es una excentricidad.

Pasadas las 6 de la tarde el convoy llega a Taiga, donde nuestros vagones se desenganchan esperando una nueva locomotora. Nada más y nada menos que cuatro horas de espera. Pavel nos confiesa que su gran sueño como ingeniero sería construir una carretera que enlazara Tomsk, la antigua capital de Siberia, con el extremo oriente ruso, con Vladivostok. Le pregunto si no cree que modernizar la red ferroviaria con líneas de alta velocidad sería también interesante. Me contesta que la red ferroviaria rusa es en general muy buena—decido callarme, pero seis horas para recorrer los apenas 200 kmts. entre Novosibirsk y Tomsk no me parecen un ejemplo de eficacia y rapidez; ni las cuatro horas que nos estamos chupando en Taiga—y que aunque Putin está haciendo algunos esfuerzos por promocionar la alta velocidad, la gente lo ve como una iniciativa populista. Pavel no sabe por qué me río, pero Revilla seguro que sí.

Con cuatro horas de espera decido salir a estirar las piernas por la estación. La noche está hermosa. Hay una luna llena espectacular que recorta el perfil de la taiga en el horizonte. Pero la temperatura está bajando rápidamente, así que vuelvo al tren y decido cerrar las persianas por ese día. El sueño, sin embargo, no es bueno. Cada cierto tiempo mi rodilla se da contra algún hierro o similar de la litera baja, donde me acuesto. Miro bien todos los componentes de la litera pero todo está en su sitio. Una de las veces, cuando siento el golpe, me apresuro a mirar y veo algo moverse: ¡es el brazo de la rusa! ¿Estará intentando meter mano o algo? Va a ser que no: simplemente, algunos oídos demasiado sensibles no están acostumbrados a mis dodecafónicos ronquidos, inspirados—y expirados—en la música de Arnold Schönberg y la Segunda Escuela de Viena y de vez en cuando me arrea un viaje cual mula vieja a ver si despierto. Esta gente a la que no le gusta la música contemporánea es lo que tiene, que son todos unos raros y unos intransigentes.

Supongo que mis habilidades para la pequeña música nocturna mozartiana no me han convertido en el más popular del compartimento, porque al día siguiente la suiza apenas me habla. Eso te pasa por viajar sin tapones para los oídos, guapa. Yo siempre los llevo, para que no me despierte uno que ronque más fuerte que yo. Tontunas aparte, el resto del viaje cae rápidamente hacia lo tedioso. Unos minutos después de apearse Pavel y su familia en Krasnoyarsk cruzamos el impresionante río Yenisei, donde algunos madrugadores ya echan sus cañas de pescar. En Uyar se sube una réplica siberiana de la familia de La matanza de Texas. Son cinco miembros, al menos. La madre, de quien prefiero no decir nada, queda en otro compartimento. Y junto con dos hijos—dos gañanes como jabalíes de grandes—se cuela en nuestro compartimiento el padre. Un tipo con el pelo corto, casi cortado a cepillo, bigote y cara enrojecida, nariz aplastada y rasgos de boxeador. No es especialmente alto, pero tiene unas espaldas como un hipopótamo y una de las barrigas más grandes que he visto en mi vida. Es de una semi-esfericidad casi perfecta, como el caparazón de una tortuga gigante dado la vuelta y pegado debajo del pecho. El tipo se sienta justo enfrente de mí con las piernas abiertas y sus dos retoños—de unos 25 años cada uno, si no más—junto a él, jugando a la Play o lo que sea eso. Vuelve a haber cinco personas en un compartimento de cuatro. Y qué cinco. Cuál gritan esos malditos, como decía Zorrilla. La familia de marras no deja de entrar y salir, berrear y pisar a todo el mundo. Es como si los cinco o seis miembros no pudieran estar en distintos compartimentos, sino siempre juntos, dando por saco.

La taiga vista desde el tren, poco antes de llegar a Taishet, cabecera de la línea BAM

Decido levantarme e irme al vagón restaurante, a ver si me quitan un poco el hambre. Craso error. El vagón restaurante de un convoy transiberiano—al menos según mi experiencia—es la mejor manera de pagar una comida mediocre a precio de oro. Hasta yo cocino mejor: con eso lo digo todo. Pero al menos, al regresar a mi compartimento, la familia Monster ha desaparecido sin dejar rastro, de lo que me congratulo enormemente. El resto del día pasa entre Tolstoy y largas cabezadas. No tardo en cerrar el libro e irme a dormir definitivamente.

A eso de las 3 de la mañana me despierto y por la ventanilla veo pasar la taiga a toda velocidad. Una masa enorme de abetos y pinos iluminados de tal manera por la luna que parece un paisaje irreal, como de un cercano amanecer de luz blanca. No recuerdo haber visto una noche tan clara hace muchísimo tiempo. Venus, a la carrera, parece seguir a la propia luna, un poco por debajo de ella. Faltan sólo unos minutos para las 6:09 de la mañana y que el tren entre en la estación de Irkutsk.

P.D: Me he pensado si titular esta entrada como “Pánico en el Transiberiano”. Y no sólo en homenaje a la clásica cinta del terror serie B setentero español.

Anuncios
Publicado en Viajes | Deja un comentario

Paréntesis en Tomsk

Tomsk está considerada como una de las ciudades más bonitas de toda Siberia, especialmente por su arquitectura en madera, que aquí conserva un buen número de edificios.  En previsión de que, pasado el ecuador del viaje, el cansancio empezara a hacer mella reservé dos días más o menos tranquilos en Tomsk, una ciudad hecha para pasear.

La tranquilidad empieza desde el mismo tren, que cojo en una atestada estación de Novosibirsk a las 4:00 AM. No queda ni un sitio libre para poder sentarse en la sala de espera. Muchos se han tumbado y estirado en varios asientos para poder dormir. Cuando me dirijo a toda prisa a tres asientos que quedan libres me doy cuenta de que un gran charco de orina se extiende debajo de ellos. Toca esperar de pie. A las 3:13 llega el tren procedente de Moscú y me acomodan en uno de los compartimentos individuales que suelen usar las provodnitsas. Esto sí que es lujo: toda una dependencia sólo para mí. Así que duermo a pierna suelta y me quito incluso los calcetines, sin miedo ya de gasear el ocasional vecino. El viaje es rápido y cómodo. A las 10:37 estoy ya en Tomsk. Como la entrada al hotel no se permite—salvo pago de recargo—hasta las 12, decido acercarme tranquilamente a pie con mi maleta y doy un buen rodeo por toda la ciudad.

En efecto, la arquitectura en madera está presente en toda la ciudad, desde sus ejemplos más toscos con fachada de troncos hasta los más refinados con madera desbastada y pintada. Pero, en general, casi todas las casas están pésimamente cuidadas y, en distinto grado, amenazan ruina. En muchas partes de la ciudad se mantienen como nuestras viejas casas-tapón y detrás de sus ventanas sucias y sus visillos pasados de moda tres veces se adivina a uno de esos viejos que será sin dudarlo el último habitante de la casa.

La vieja arquitectura tradicional en madera, amenazada detrás por el cristal y el ladrillo caravista.

Junto a estos restos de la arquitectura tradicional siberiana, la avenida principal de Tomsk—prospekt Lenin—es una exposición de suntuosos edificios decimonónicos en su mayor parte bien conservados, pues albergan dependencias oficiales, bancos o galerías comerciales. En prospekt Lenin está también el bien nutrido campus universitario—tanto en centros como en alumnos—lo que da a la ciudad una vida juvenil e intelectual por delante de otras de Siberia. Como Novosibirsk, sin ir más lejos.

Tomsk fue fundada en 1604 por una avanzadilla cosaca que se estableció en la Colina de la Resurrección, levantando un fuerte que se convirtió en el centro administrativo y militar de la Siberia de entonces. Con motivo del cuarto centenario de la ciudad el Museo de Historia de Tomsk ha construido una réplica de la torre de observación de aquel primer fuerte. Este punto es el más alto de Tomsk, que se extiende en la ribera del río Tom. Una visita al museo no está mal, aunque mucha de la cartelería está en ruso. Entre otras cosas me llama la atención una silla de montar de los expedicionarios cosacos ¡realizada en madera! Esa gente debía tener los huevos de piedra pómez. Desde la torre hay una vista inmejorable de la ciudad.

El primer día en la ciudad es casi exclusivamente de descanso. El Hotel Bon Apart se presta a ello: instalaciones confortables, limpias y nuevas.  El único “pero” es el agua caliente de la ducha, que se estropea cuando acabo de enjabonarme. Será muy sano, pero aclararme con agua fría de Siberia no lo había contemplado como un método de muerte posible y es, sin duda, una forma muy a tener en cuenta para aplicárselo a tu peor enemigo. Aun así, el hotel permite a uno puede demorarse por la mañana o en una buena siesta después de deambular por la ciudad. Así que paseos y gastronomía me ocupan el primer día.

El segundo día decido hacer un poco más de caso a la guía y preparar una visita algo más sistemática. Así que planifico el recorrido para ver los mejores ejemplos de arquitectura de madera de la ciudad. Nada más empezar, la primera en la frente. Llego a la ulitsa Tatarskaya, la calle indicada en la guía—que es de 2007—y la voz de Carlos Sáiz se deja oír en mi interior: “la cagamos”. “No, no la cagamos. ¡Trata de arrancarlo!”. Pero aquello no arranca ya ni a la de tres. La mayoría de las casas han sido demolidas y en su lugar se levantan flamantes y esplendorosos bloques de pisos y apartamentos. Sólo sobreviven un par de edificios con una más bien deficiente conservación. Como puedo comprobar, también los rusos han sucumbido a la fiebre inmobiliaria y a la sana costumbre hispánica de arrasar el patrimonio natural o histórico para apilar ladrillos. ¡Para qué conservar tradicionales mansiones en madera tallada si podemos tener adobaos con ladrillo caravista! En ulitsa Gagarina y Krasnoarmeyskaya todavía sobreviven buenos ejemplares de estas viviendas siberianas. En esta última calle están las mejores y más famosas: la Casa Germano-Rusa (1906), pintada de color turquesa y con chapiteles,

Pórtico de la a Casa Germano-Rusa desde el jardín adyacente

la Casa del Dragón y la Casa del Pavo Real, que luce de un esplendoroso amarillo gracias a su restauración. Lástima que las tejas colocadas en abanico, como la cola del pavo real, hayan sido suprimidas por una más funcional cubierta metálica roja…

Personajes célebres relacionados con Tomsk fueron Nikolay Gogol, que vivió una temporada la ciudad, y Míjail Bakunin, que estudió en su universidad. Por ello le han dedicado una calle que no se conserva en muy buen estado: recuerda más al pueblo de Borat que a la calle de una ciudad principal como Tomsk. Ahí es donde me topo al gato tuerto y negro de Poe que les enseñé en la entrada anterior. Hicimos buenas migas, aunque tenía más mierda que el rabo de un oso. Una cosa sí he observado de los gatos siberianos y es que no son como nuestros callejeros de toda la vida: no son europeos de pelo corto, sino que tienen pelo largo y orejas redondeadas, para protegerse mejor del frío (pues las orejas, como bien sabemos los humanos, es de lo primero que se queda frío como la porcelana). Todos los que he visto por aquí son de ese estilo.

Decoración en madera y nueva cubierta metálica de la Casa del Pavo Real. Se aprecia la ornamentación con la forma de estas aves, convertidas casi en símbolo de Tomsk.

Al otro lado de ulitsa Bakunina está la iglesia de Voznesenskaya. La guía dice que no desentonaría en una película de Drácula. A mí, en cambio, me recuerda a esa genial película de John Carpenter que es En la boca del miedo. Allí podría estarse desarrollando todo un culto a Cthulhu—que tenía un tentáculo azul—para traer de nuevo a nuestro mundo a los dioses primigenios y no nos sorprenderíamos.

Volviendo de nuevo hacia prospekt Lenina nos encontramos con la plaza del mismo nombre y a Don Vladimir Ilich en una rotonda, como si estuviera dirigiendo el tráfico, señalando al Teatro Dramático de Tomsk. En Tomsk vuelvo a percibir esa misma ambivalencia del ruso para asumir de manera práctica aspectos ideológicamente opuestos de su pasado. Un poco más arriba de la estatua de Lenin está el Museo sobre la Opresión, dedicado a los horrores de la represión estalinista. En el jardín del edificio hay un monumento a las víctimas locales del stalinismo y otro a los polacos masacrados en Katyn. En una calle paralela, no lejos de ese punto, unos grafiteros pro-soviéticos (¡!) han decorado espléndidamente varios muros de hormigón que vallan una propiedad ruinosa con muy trabajadas ilustraciones sobre el poder soviético y la victoria en la Gran Guerra Patriótica.

Grafiti pro-soviético en Tomsk. Cultura juvenil urbana y nostalgia de lo no vivido.

En la propia prospekt Lenin, una exposición de fotografías con la hoz y el martillo recuerdan la victoria de 1941-1945 y se dejan ver los rostros de Zhukov y Rosa Shanina, la francotiradora soviética, la toma de Berlín, etc. Lo curioso es que la exposición callejera está patrocinada por Rusia Unida, el partido de Putin.

Y es que en Rusia deben estar de elecciones, o preparando las parlamentarias de 2011, por lo que por todas partes se ve a voluntarios repartiendo publicidad electoral. Sobre todo de Rusia Unida. Incluso me he hecho con un carnet del partido del Putin que he encontrado tirado por el suelo, en un parque. Sobre la campaña política en Rusia, dos cosas a señalar. Primera y más importante: las voluntarias de Rusia Unida son las que más buenas están. Parten la pana. El resto a años luz y con una presencia más escasa, aunque algunos voluntarios del amigo Zhirinovsky he podido ver también. La segunda es el carácter transversal, como diríamos ahora, del partido Rusia Unida, que es capaz de montar una exposición con la hoz y el martillo en sus carteles, agitar el fantasma del nacionalismo y el anti-occidentalismo y al mismo tiempo hablar de apertura y condenar rotundamente los “viejos tiempos”.

La iglesia de Voznesenskaya o Iglesia del Culto a Cthulhu de Todos los Santos.

No es de extrañar que haya encontrado caladeros electorales en todos los nichos ideológicos habidos y por haber, desde los comunistas de Ziuganov a los ultranacionalistas de Zhirinovsky. Es un partido ideológicamente vertical, hecho de la síntesis de todo lo anterior, y por ello caben en él todos los referentes ideológicos y, a su vez, sus contrarios. Esa fórmula es la del éxito de Putin—pese a que ahora esté en sus momentos más bajos por todo lo relacionado con la gestión de los incendios veraniegos, la sequía y la presión al alcalde de Moscú, Luzhkov—y, al mismo tiempo, la de los propios rusos para asumir su pasado: una síntesis de lo mejor de su historia intentando pasar la página de lo peor sin olvidarlo. No me parece una mala receta.

Lenin señala al Teatro Dramático en la plaza que lleva su nombre.

Y poco más dio de sí la visita a Tomsk, pensada más como un descanso que como un maratón turístico. Con todo, me ha parecido una ciudad encantadora, donde puedes encontrar todavía los rasgos de lo tradicional—incluso de esos barrios de caserones en ruina, barro y maleza en los que jugábamos en nuestra infancia de los años 70—junto con el pijerío neorruso más a la moda (se siguen viendo unos cochazos de órdago). Merece la pena pasarse un par de día paseando por sus calles.

Mientras apuro el tiempo para coger el tren a las 14:28 hora española, termino esta entrada en la cafetería del hotel. Me esperan un convoy por encima del número 600 y casi dos días de viaje hacia el Este, hacia el lago más profundo del planeta—el Lago Baikal—y a la pequeña aldea de Listvyanka, donde he alquilado una cabaña de madera al borde del lago. Nada de internet, ni de electrónica ni de ese tipo de cosas. Así que el blog estará unos días sin actualizarse.

Les espero en Irkutsk, allí donde terminó su viaje Miguel Strogoff.

Publicado en Viajes | 3 comentarios

Cosas que hacer un domingo por la tarde en Novosibirsk cuando no estás muerto

Decía ese filósofo rumano del absurdo vital, Émile M. Cioran, que los domingos por la tarde han matado más gente que la bomba atómica. Y, probablemente, no le faltaba razón. Con esta premisa, ¿qué se podía esperar de un domingo por la tarde en Novosibirsk cuando ni siquiera se puede ver Tele5?

Déjenme que les cuente, al menos, cómo fue la llegada a esta hipotética capital de Siberia. A las 12:45 el tren dejaba la estación de Ekaterimburgo—perdón, Sverdlovsk—y yo me preguntaba quién sería mi compañero de compartimento. Cuando llego, el pequeño espacio está vacío. Sólo un chaleco vaquero y una camisa cuelgan de una percha. Por el suelo veo un montón de plumón blanco y me imagino lo peor. Al cabo de unos minutos mis temores se confirman y entra por la puerta un viejuno con pantalón de chándal, zapatos y una camisa de cuadros. “Zdravsvuyte”, escupe por el colmillo. Lo mismo, buen hombre. Teniendo en cuenta que el expreso viene desde Minsk me imagino a un campesino bielorruso de la peor especie. Y, efectivamente, algo así debe ser. Levanta el asiento y saca dos bolsas deportivas enormes y repletas de embutidos que apestan todo el compartimento. Coge un cacho de algo de una de ellas, una navaja y empieza a tragar. El cabronías de él no ofrece ni la hora. Ya me tocará a mí sacar el Netbook Acer de última generación con Windows XP y te quedarás con las ganas, viejuno…

Lo cierto es que, pese a que el buen señor resulta poco comunicativo, no es en absoluto silencioso. Sonidos articulados no emite, pero sí guturales e incluso nasales con expulsión de fluidos. Vamos, que es un cerdaco de los que dejan la mucosidad variable colgando de cualquier saliente del mobiliario con tan sólo un resoplido. Intento evitarlo en la medida de lo posible y me instalo en el pasillo, viendo la variedad cromática del bosque de los Urales en otoño. Es realmente una delicia para los ojos: pese a la abundancia de árboles de hoja perenne, coníferas como el pino o el abeto, la hoja caduca pinta el paisaje de ocres y rojos con álamos y piceas. Entre los árboles, no pocos rusos buscan setas tranquilamente.

Pasillo del tren a Novosibirsk, desierto a la hora de la siesta

La incomodidad concluye poco antes del anochecer cuando el viejuno recoge su equipaje de fiambrera y se apea en Tyumen. En la misma estación sube Rykina—o algo así le entiendo—una pizpereta y minúscula rusita de apenas 20 años, morena como una andaluza. Inmediatamente quiere conversar conmigo, así que le muestro el diccionario y, tras unas risas de presentación, nos contamos lo esencial. Rykina va a Omsk, donde estudia Ingeniería Forestal. No es que le apasione, pero parece ser una elección laboral segura en Siberia. Viste con cierta elegancia, ropas prietas, medias y terciopelo negro. No logro imaginármela entre árboles o factorías de madera.

Mientras Rykina duerme en la litera de abajo les escribo la anterior entrada y me da tiempo a admirar el nocturno paisaje siberiano desde el tren. Tal vez no sea nada del otro mundo objetivamente visto, pero para quien ha convertido un imagen así en sueño viajero durante mucho tiempo no tiene precio. Y, al fin y al cabo, un viaje es lo que es por la dialéctica de imaginación y realidad: incluso muchas veces pesa más la primera que la segunda.

A las dos de la mañana la provodnitsa avisa a Rykina de que Omsk está a la vista. Me desperezo y tomo conciencia de una sensación que hasta ahora no había vivido en Rusia: frío. ¿Quién lo habría pensado estando en Siberia? Tan sencillo y simple como eso, pero estoy tiritando. Con la entrada efectiva en ella, Siberia ha hecho honor a su fama y me tengo que cubrir con sábana y manta: la temperatura ha caído más de 15º en tan sólo unas horas. Cuando Rykina se apea tras despedirse veo las afueras de Omsk, todavía en la noche, y dan forma visible al frío que ese nombre siempre me ha inspirado: también los nombres excitan la imaginación—cosa muy proustiana—, tanto como las imágenes que asociamos a ellos. Y a mí Omsk siempre me ha sonado a frigorífico soviético envuelto en herrumbre. A tinieblas bajo cero con transformador de 125 V.  El aspecto de la estación por la noche no desmiente mis prejuicios.

Me envuelvo nuevamente en las mantas y despierto a las 9:00, hora local, solo en el compartimento. El paisaje boscoso de los Urales ha cambiado y ahora todo tiene un aspecto mucho más estepario, de llanura amarillenta con unos escasos y raquíticos árboles. Sólo esas ciénagas y lodos lacustres tan frecuentes en Rusia siguen siendo comunes al espacio anterior. Qué quieren que les diga, ver amanecer en la estepa tranquilamente estirado en tu compartimiento mientras suena la música de Borodin en el mp3—In the steppes of Central Asia—no tiene precio.  Vale, sí lo tiene, pero ya me lo dirá Mastercard más tarde.

Novosibirsk: trabajadores, soldados y campesinos miran orgullosos en Plaza Lenin

A las 13:37 el tren entra en Novosibirsk, la capital efectiva de Siberia con más de 1.500.000 habitantes. He llegado sin reservar siquiera hotel, muy difícil de hacer sin que en Hispanistán te claven un potosí. Tras cerciorarme de que en el alojamiento de la estación no tienen nada para mí me dirijo al Hotel Tsentralnaya. Buena elección: baño compartido, pero barato y tranquilo. Lo ideal para descansar hasta las 4:00 AM en que sale el tren con destino a Tomsk.

Pasillo en el Hotel Tsentralnaya: juro que aquí vi a las gemelas de "El Resplandor"

Me ducho y, tras engullir una calórica comida en el Sibirskaya Korona—hacía mucho que no probaba bocado: esta vez la RZD estuvo rácana—, me voy a dar un voltio por la ciudad. Todo tiene un toque provinciano característico, pero amable. En la plaza Lenin los rusos, jóvenes y mayores, bailan ingenuamente música de Glenn Miller, como en las fiestas de nuestros pueblos. Bajo un sol otoñal que apenas calienta—estamos a 8º—no deja de ser una estampa simpática.

Bailando un domingo por la tarde al sol en Novosibirsk

Sigo deambulando por la ciudad y llego a un barrio de la periferia donde apenas se tienen en pie las tradicionales casas siberianas de madera del siglo XIX. En varias de ellas se anuncia el cartel de una próxima construcción de viviendas adosadas. La valla está tirada. La puerta abierta. Es mucho más de lo que este felino puede soportar como tentación a su curiosidad y decido entrar.

Gato siberiano. A éste me lo encontré en el pórtico de una casa de madera. En la foto no se aprecia, pero le falta el ojo derecho. Como diría Martínez el Facha: si es que la Ilustración y E.A. Poe han hecho mucho daño.

Las casas en ruina son un paraíso para un fotógrafo: lástima que quien les escribe sea tan limitado en ese campo. Pero aun así, reconozco y me encanta esa mezcla peculiarísima de intervención humana, tiempo, caos, texturas, luces y sombras.

La casa lleva abandonada bastantes años. El suelo se ha hundido en gran parte del piso superior y hay que ir con cuidado. En alguna estancia de la casa una tubería rota arroja agua sin parar. Las paredes de esta casa llevan mucho tiempo siendo refugio para botelloneros, parejas, yonkis y pordioseros en general. Todo está lleno de cristales rotos, restos de botellas, heces y un desagradable olor a orín y a humedad. En sus tiempos, debió ser una casa hermosa, con su fachada de troncos, su galería y su madera tallada: toda una residencia señorial al estilo siberiano.

La casa de Novosibirsk en ruina: la planta baja.

Hoy no es más que un cascarón vacío y ruinoso para que los niños jueguen y los mendigos echen una meada antes de dormir. Aun así, ese aspecto desolador me gusta. Tiene una capa de tiempo encima que le presta una dimensión más a las tres que todo objeto posee y eso lo da cierta forma de vida. Porque sólo se es en el tiempo y éste siempre deja un rastro de vida, aunque sea en forma de humus y descomposición. Y eso es ahora lo que parece haber en esa casa.

Bueno, eso y una fotografía en el suelo. Y otra. Y una tercera. Y más. Sigo el rastro con la vista y debe haber cientos de fotografías de la época soviética—puede que alguna anterior—por el suelo. Voy sorteando la basura y los desechos y recojo fotografías a puñados. Es un auténtico botín fotográfico: toda la historia gráfica de tres o cuatro generaciones de una familia siberiana desde tiempos prerrevolucionarios hasta una vez implosionada la URSS está ahí.

La casa de Novosibirsk en ruina: la primera planta.

Los botelloneros han roto algunas, han orinado en otras y muchas están destrozadas por la humedad. Decido rescatar todas las que puedo y las meto en la bolsa de plástico que suelo llevar en la mano para guardar la cámara y pasar por lo más ruso posible.

La más antigua de las fotografías parece de la segunda década del XX: tal vez anterior a la Revolución. Muestra el busto de una muchacha con lo que parece un atuendo tradicional siberiano. Hay otras similares que se pueden situar sin dudar en las décadas de 1940 y 1950. Algunas incluso están fechadas. Observadas con detalle permiten reconocer a algunos personajes—para mí desconocidos—casi desde la cuna, su juventud, la boda, las primeras fotos de sus hijos, el envejecimiento progresivo, el trabajo, los nietos… y la muerte. Y digo explícitamente la muerte porque hay toda una serie de fotografías de muertos en sus féretros, a la manera de “Los otros”. La fotografía mortuoria era una práctica frecuente en la Europa del siglo XIX, pero es que estas fotos siberianas de difuntos las dataría sin dudar en 1960 e incluso más tarde. Y no sólo una vez, lo que podría atribuirse a la casualidad: hay fotografías de por lo menos cuatro difuntos diferentes. No sabía que esta costumbre se hubiera conservado arraigada tanto tiempo en esta parte del mundo. Algunas fotos me recuerdan al velatorio de Deleitosa (Cáceres) tomado por W.E. Smith en 1950. Les incluyo dos fotos de la colección siberiana que he podido reproducir con mi cámara: la más antigua mencionada y una fotografía mortuoria.

Muchacha siberiana, ca. 1915-1920.

¿Quién podía haberles dicho a los moradores de esta siberiana casa de madera que sus recuerdos fotográficos familiares acabarían en manos de un españolito sin otra cosa mejor que hacer un domingo por la tarde en Novosibirsk? Así es la historia. Sean quienes sean, espero—por una pura y simple casualidad—conservar la memoria de sus imágenes. La colección fotográfica es hermosa, aunque tiene bastante de melancólica. Más que un souvenir para turistas en cualquier tienda de regalos éste sí es un auténtico recuerdo siberiano.

Velatorio siberiano, ca. 1960.

Poco más queda por hacer en la ciudad. Una cervecería con estilo occidental me sirve una Franziskaner y, nada más probarla, me siento como en casa. Cosas de la globalización. Me vuelvo a la habitación 331 del Tsentralnaya Gastinitsa y les escribo lo que antecede.

Esta vez, el domingo por la tarde no ha matado a nadie. Al contrario.

Publicado en Viajes | 5 comentarios

Anastasia screamed in vain…

Las últimas horas en Kazán fueron para un paseo ligero y para disfrutar del sol al atardecer bajo los muros del Kremlin (cual lagartos al sol, que diría Franco). Pero ya estaba pensando en lo que me esperaba a las 19:45 en la estación de tren: un convoy por encima del número 300 con destino a Ekaterimburgo. Podía imaginarme ya ese vagón de ganado con paja por el suelo y a Klaus Kinski esposado a una litera espetándonos a todos que somos unos esclavos cuando el expreso procedente el Volgogrado—Stalingrado para los amigos—vino a poner coto a mi imaginación. Pero no tanto. Éste ya no era el tren de Moscú a Kazán. Con 21º en calle y sin aire acondicionado. Colchones, botellas, tuppers y ropas se agolpaban contra las cortinas de las ventanas. Pregunto a una provodnitsa si éste es el tren a Ekaterimburgo y me mira con cara de “son nuestras costumbres y hay que respetarlas”. Y es que los rusos se empeñan en seguir llamando a la ciudad por su antiguo nombre soviético: Sverdlosk, en honor al líder bolchevique de los Urales. De hecho, la región—u óblast—de la cual es capital aún conserva su nombre. La buena señora me manda unos cuantos vagones más allá y he aquí que me recibe para picar el billete no otra provodnitsa, sino un provodniki: un tío. Sospecho que se ha filtrado—y malentendido—lo del Sultán.

El compartimento del tren a Ekaterimburgo: a la izquierda, la cama de Olga. A la derecha, arriba, la mía.

Sin embargo, una vez dentro del compartimento mis sospechas se disipan. Mi compañera es una simpática rusa que no para de hablar por el móvil. No, no es un ser de luz, sino un ama de casa de entre treinta y cinco y cuarenta años pero con un aspecto de lo más simpático. Tiene los papos de una matrioshka, el pelo teñido de caoba, flequillo y unos expresivos ojos azules que me recuerdan a alguien. También tiene un pantalón azul visiblemente pequeño para su talla y una camisa con la tela muy tensa por los pectorales. Nada bueno para un vagón sin aire acondicionado, desde luego. La voz al otro lado del teléfono es masculina, así que compruebo el anillo en su mano derecha y deduzco que habla con su marido. Casi después de media hora de abandonar Kazán termina su conferencia. Inmediatamente intenta empezar otra conmigo. Pazhalsta, ya nie gavariú pa ruski. En un principio se queda decepcionada, pero no desiste de su empeño. Ante su inaplazable necesidad de comunicarse le enseño el diccionario ruso-español, español-ruso y lo coge inmediatamente con una sonrisa. Gracias a ello podemos iniciar una precaria conversación. Se llama Olga y vive en Siberia, concretamente en la ciudad de Nizhnevartovsk. Allí ha debido dejar a su marido para ir a pasar las vacaciones a casa de su madre en Cherborksary, cerca de Kazán. Inmediatamente se me pasa por la cabeza cómo se dirá Rodríguez en ruso…

Olga es la típica campesina rusa—aunque sea de ciudad—que todos imaginamos. Regordeta, simpática y hospitalaria. En seguida me ofrece de su comida y se ofende cuando la rechazo. Imposible, vuelve a la carga y me abre todos sus tuppers. ¡Vaya, filetes rusos! No se me ocurre otra cosa que decirle “ruski bistek” y se ríe con ganas. “Da, da, da”. Efectivamente es lo que nosotros llamamos un filete ruso y aunque su preparación es la misma, su composición no. Según me comenta Olga, está hecho con hígado. Está buenísimo. Luego me ofrece una porción de una especie de empanada que lleva en otro tupper: “yabloko”, me dice. Lo que son las tontunas de la política y los media: me acuerdo inmediatamente de aquel partido de los liberales rusos de primera hora que encabezaba Yegor Gaidar—los autores de la “terapia de choque” para la economía postsoviética—y que se llamaba “Yabloko”, con una manzana por logotipo. Es tarta de manzana lo que me ofrece Olga. Está también muy rica e intento felicitarla, pero ella me aclara: “Niet, mamushka”. Si es que una madre es una madre, en Ispaniya y aquí.

Por la mañana, ya una vez aseados, le pido una foto como recuerdo del viaje y accede, antes de peinarse hasta el último pelo, que la coquetería es también universal. Ella me toma a su vez otra foto con su móvil y me saca al pasillo a enseñarme no sé qué por la ventanilla: un río, un lago o algo. Me hace el signo de aprobación con la mano y sonríe. Sí, Rusia mola. Los rusos son bastante críticos con su país y arrastran una serie de complejos históricos que, naturalmente, un extranjero no debería señalar. Pero de las bellezas naturales de su país—cuando no se las han cargado una industria voraz o unos políticos desaprensivos—sí se sienten muy orgullosos.

Ekaterimburgo: monumento conmemorativo del asesinato de la última familia imperial rusa frente a la Iglesia de la Sangre Derramada.

Me despido de Olga y llego a Ekaterimburgo a media mañana. Aquí comienza ya el baile de husos horarios, pues ya son dos horas más sobre la de Moscú (es decir, cuatro más que en España). Pese al aspecto tristón de la ciudad bajo la lluvia se notan una actividad y una vitalidad indiscutibles. Grúas, torres acristaladas, intensa vida comercial y unas calles atestadas de gente. A partir de ahora las ciudades comienzan a ser muy asequibles para un provinciano como yo y fácilmente abarcables a pie. Y así me voy para el Hotel Central de Ekaterimburgo, un edificio de estilo modernista inaugurado en 1928 y que alberga un comodísimo hotel de tres estrellas elegantemente adaptado a los estándares occidentales: paredes tapizadas, suave moqueta en el suelo, mobiliario renovado pero lujoso. En fin, muchos tres estrellas españoles no llegarían a ese nivel.

Nada más abrir el grifo de la bañera para darme una ducha entiendo por qué surgió la ciudad de Ekaterimburgo en el siglo XVIII: la minería. Su fundación, debida a Pedro I—y en honor de cuya segunda esposa Catalina recibió el nombre—fue un paso esencial en la protoindustrialización del país y pronto se instaló aquí una de las factorías del hierro más importantes del mundo. El caso es que ducharse con ese agua es como hacerlo con Corconte, agua tan mineralizada que no sólo golpea el gusto, sino también el olfato. El hotel, consciente de esto, ha colocado en el pasillo dispensadores de agua natural fría y caliente.

Detalle del monumento al zar Nicolás II y su familia

Pero para la mayoría de la gente hablar de Ekaterimburgo no es hacerlo sobre mineralogía, gemas preciosas, hierro y demás. Es hacerlo sobre la ejecución del último monarca Romanov y su familia la noche del 16 de julio de 1918. La casa donde fueron fusilados los Romanov—conocida como Dom Ipatyeva por su propietario, Nikolay Ipatiev—dejó de existir en 1977, derribada por un entonces convencido miembro del Partido Comunista local llamado Boris Yeltsin, deseoso de hacer méritos ante Moscú evitando la creación de un informal santuario dedicado a los Romanov. Lo cierto es que cuando él mismo se bebió la URSS en 1991 abrió la puerta a la canonización de los últimos miembros de la familia imperial por la Iglesia Ortodoxa y a la construcción de la Iglesia sobre la Sangre, que hoy se levanta en el solar dejado por aquella casa testigo de la ejecución. La iglesia, concluida recientemente, es todo un centro de peregrinación para los monárquicos rusos y está tratada casi como si de un centro de interpretación de los Romanov fuera. En el exterior de la iglesia pueden verse enormes fotos de la última familia imperial, una tienda de souvenirs sobre el mismo tema y un par de cruces dedicadas a su memoria, además de una enorme escultura en bronce junto a la mayor de ellas representando a todos los miembros de la familia masacrados. Junto a la iglesia hay una vieja capilla de madera perteneciente a una tía abuela del zar, la monja y Gran Duquesa Yelizaveta Fiodorovna, a la que los bolcheviques también dedicaron un poco de su atención: la tiraron a un pozo, la gasearon y la enterraron allí. El lugar de enterramiento de los últimos Romanov queda como a unos 17 kmts. de la ciudad, en el bosque de Ganina Yama, donde desde una plataforma dispuesta para el público puede verse el pozo donde fueron sepultados los cuerpos. Por muy lugar santo que haya sido declarado por la Iglesia Ortodoxa decido prescindir de la visita.

Lo que me llama la atención es la ironía—consciente o no—de la estatuaria y el urbanismo de Ekaterimburgo. Justo enfrente de la Iglesia sobre la Sangre, con tal sólo cruzar la calle—de hecho, con sólo levantar la vista—encontramos un anodino y negruzco monumento de época soviética que representa a la juventud comunista (Komsomol) de los Urales con una bandera revolucionaria… avanzando hacia la Iglesia. ¿Ironía? ¿Desafío? ¿Reconciliación?

Ekaterimburgo: comunismo y zarismo frente a frente. Sospecho que la niña de abajo preferirá para su futuro una vida mejor en vez de tanto monumento

No sabría decir, pero si de algo estoy seguro es de que en nuestro hispánico suelo poder captar de una sola toma dos referentes opuestos tan abiertos y obvios a las luchas civiles e ideológicas—a las guerras de religión del siglo XX, como las llama Hobsbawn—sin que medio país mate al otro medio dialécticamente, sigue siendo imposible.

Satisfecho por la excursión marcho al hotel, a cenar en el Savoy, un más que decente restaurante decorado en estilo decadentista, donde puedes saborear un estupendo caviar rojo con vodka y naranja. Así da gusto ser zarista. Para dar el broche final a la cena decido pasarme por el “Alibi”, una especie de pub o cervecería en la planta baja del hotel. Pero cuando entro me doy cuenta de que no es una cervecería, sino un local de moda, de los que tanto abundan en Rusia. Unos tipos muy trajeados me obligan a dejar la cazadora en el guardarropa y, con una cerveza ya en la mano, me acodo en una esquina para observar el panorama. Realmente impresionante. Ellas, bellezones en su mayor parte, vestidas para matar. La música a máximo volumen. Una morena de piernas y melena interminables está sentada en la barra, mientras una rubia se acerca y le da un mordisco en una teta. La morena ríe como loca. El camarero aprovecha y deja caer un buen trozo de hielo por la espalda de la señorita… y más allá.

La noche de Ekaterimburgo: el skyline de su ciudad moderna.

Llegados a este punto, la situación me parece ya intolerable. El pequeño jesuita que anida en lo más profundo de quien les escribe se rebela contra tanto libertinaje, contra tanta amoralidad y concupiscencia. El Concilio de Trento bulle en mí y animado por el espíritu contrarreformista rumio para mis adentros… “Los rusos—y más específicamente las rusas—han confundido libertad con libertinaje, han convertido la patria de Lenin en una orgía… ¡y no me han invitado!” Antes de seguir torturando mis retinas con las tentaciones de San Antonio me termino mi cerveza y vuelvo a la habitación 403 del Hotel Central (sigh). Servidor es, precisamente, poco o nada indicado para escribir un post sobre la mujer rusa, ni creo que pueda reunir material para hacerlo, pero al menos el título ya me lo han servido en bandeja: “Memorias de un hombre invisible”.

Al día siguiente, con tan sólo un par de horas para explorar un poco la ciudad, me decido por algo cómodo y fácil: dos exposiciones sobre fotografía soviética dedicada a su industria y a Sverdlov. Las fotografías en blanco y negro sobre la industria soviética de los años 20 y 30 son realmente espectaculares. Yo, a quien los paisajes industriales encantan, disfruto como un enano con la exposición. Y con poco más, llega el momento de tomar el tren hacia el Este con parada en Novosibirsk, en tránsito hacia Tomsk, ya en plena Siberia.

Sólo señalar un detalle que sé me costará la bronca de cierto lector del blog. Y es que Ekaterimburgo tiene uno de los monumentos al kitsch más famosos del mundo mundial. Los gitanos de Ciriego han encontrado la horma de su zapato. Y es que en los años 1990, Ekaterimburgo fue el núcleo del crimen organizado ruso, convirtiéndose en una auténtica “Chicago años treinta” que dejó un crecido reguero de muertos en la lucha de bandas. Pero como horterilla se es, vivo o muerto, los mafiosos comenzaron a rivalizar en hacerse el monumento funerario más ostentoso… y de peor gusto. Lápidas enormes con las fotos de sus mafiosos propietarios grabadas, algunas de cuerpo entero. Llama la atención la de uno que se hizo pasar a la posteridad con las llaves de su Mercedes en la mano. Y otro que, directamente, mandó representar su cochazo en la lápida. Hay uno por ahí que me recuerda a Paul Sorvino en Uno de los nuestros. Tremebundo. Un auténtico monumento a la ostentación más casposa. Lamentablemente, el cementerio me queda un poco lejos—a unos 7 kilómetros—del centro y se me hizo complicado ir. Pero quiero compensar a mis lectores con un enlace donde pueden ver y disfrutar de estas toneladas de caspa en formato gráfico. http://englishrussia.com/index.php/2007/02/27/russian-mafia-grave-tombs/

Son las 20:19 hora de Moscú y es de noche en algún lugar pasado Tyumen. Miro por la ventanilla y la luna marca el perfil, oscuro, del bosque siberiano. Próximas paradas: Novosibirsk y Tomsk.

Por ahora les dejo con sus Satánicas Majestades cantando su simpatía por un diablo involucrado en la masacre de Ekaterimburgo. I stuck around St. Petersberg/ When I saw it was a time for a change/ Killed the Czar and his ministers/ Anastasia screamed in vain.

Publicado en Viajes | 4 comentarios

“Na Kazan!”



“¡A Kazán!” Así gritaba Nikolay Cherkasov interpretando a Iván el Terrible en la película de Eisenstein, inflamando al pueblo de ardor guerrero contra la capital de kanato tártaro. Y yo, para que no se nos engorile más, le hago caso y voy hacia la estación de tren de Kazán, en la parada de metro de Komsomolskaya.

Nikolay Cherkasov como Iván el Terrible

Llegar a una estación moscovita a las diez de la noche es un espectáculo. Además de los borrachos, mendigos y gente de diverso pelaje que se acumula en sus andenes, hay toda una baraúnda de pasajeros cargada con los equipajes más voluminosos y pintorescos que nos podamos imaginar. No quiero decir que vayan con la jaula de las gallinas y demás, pero algunos es evidente que están acostumbrados a cargar con su casa periódicamente.

El Volga a su paso por Kazán, visto (o casi adivinado) desde la habitación del hotel

Como no tengo demasiado tiempo que perder, me dirijo al andén nº 3 y allí veo el Expreso de Kazán. Según me voy acercando a mi vagón, el nº 4, me fijo en la escena: sólo las puertas posteriores de los vagones están abiertas y de ellas sale una luz amarillenta que ilumina a las provodnitsas que están de pie junto a la puerta. Todas permanecen en formación junto a la línea pintada en el andén, con su impecable uniforme azul marino, sus guantes de cuero negro y su sombrero, en posición de firmes. Lejos de encontrarme con señoras de imposibles peinados formadas en la vieja escuela soviética, las provodnitsas de este convoy son jóvenes y bien majucas. Después de entregarle a una mi pasaporte y billete electrónico me acomoda en el compartimiento nº 1, clase 2  “kupe”, y comienza el baile de actividad en el vagón. Los medios empleados para la comodidad del viajero son considerables: aparte del juego de sábanas para hacerte tu propia litera, la provodnitsa te entrega unas pantuflas, toalla, cepillo de dientes, pasta, calzador y una infinidad de menudencias para comer. Lo más destacado es la ración de ensaladilla rusa—¡por fin!—y unos macarrones con carne y salsa recién calentados. Además, un botellín de agua, un trozo de pastel, mermelada, leche, un sobre de Nescafé instantáneo y galletas para mojar en la bebida. Junto a la guarida de la provodnitsa, cerca de la puerta, tenemos un moderno samovar donde podemos servirnos agua caliente para un té o café.  Y a las 22:08, tal y como indica el billete electrónico, el convoy arranca rumbo a Kazán. Todo eso por unos 61 euros que en España dan para que RENFE te deje ir corriendo detrás del tren. Increíble.  Ah, pero es que mi tren es el nº 2.

Ahora me toca hablar un poco de los trenes rusos, lo que para cualquiera interesado en el Transiberiano es fundamental. Rusia tiene más de 85.000 kmts. de vía férrea, lo que convierte el tren en un excelente medio para conocer el país. Además, el tren, gestionado por la compañía estatal RZD, es mucho más barato y cómodo que en Occidente, con lo que la elección es redonda. Cierto es que pecan de bastante lentitud—aquí lo de la alta velocidad, res de res—pero en convoyes nocturnos eso tampoco debería ser mayor problema. A cambio, la puntualidad es exquisita. Por dos razones: los jefes de estación cobran un plus por garantizar la entrada en hora de los trenes y, por otro lado, la geografía favorece esa práctica. En un país tan extenso un retraso de diez minutos al principio del trayecto puede degenerar fácilmente en una llegada tardía incluso al día siguiente. Así que, por pasta y por funcionalidad, los trenes rusos son puntillosamente exactos.

El número de nuestro tren es un dato importante. Los números pares salen de Moscú, mientras que los impares regresan a ella. Además, indican la categoría y rapidez del tren: cuanto más bajo sea el número más moderno, cómodo y rápido es el tren. Por encima del número 900 resulta poco recomendable coger ningún tren para largas distancias, pues suelen ser trenes correo que paran hasta en la última esquina y donde podemos eternizarnos. En cuanto a las categorías, la mayoría de los trenes cuentas con primera clase (SV o “spalny vagon”, coche cama), segunda (“kupe”) y tercera (“plastkart”). Algunos incluso llegan a ofrecer una cuarta categoría, que es parecida a la tercera pero sin poder reservar y con menos espacio. ¿En qué se diferencian estas categorías? Bien, fundamentalmente en el número de ocupantes de cada compartimento: dos para la primera clase, cuatro para la segunda y ocho para la tercera. Dependiendo del convoy que nos toque, puede haber algunos extras, como pantalla plana para ver los DVD’s que la provodnitsa ofrece, los tuyos propios o conectar el ordenador. Un detalle relevante es la disponibilidad de aire acondicionado, lo que llega a resultar decisivo en verano. En caso de altas temperaturas y carecer el vagón de él es mejor reservar en tercera clase, donde la falta de espacios compartimentados, con las puertas y las ventanas abiertas, puede hacer el viaje algo menos sofocante.

Por lo que se refiere a la compra y precio de los billetes, lo más recomendable es hacerlo directamente en la web de la RZD. Salvando un pequeño detalle: no tiene versión inglesa, así que debemos vérnoslas con una página completamente en ruso. Pero merece la pena darle algunas vueltas al asunto, puesto que las webs que nos revenden en inglés billetes de tren para el Transiberiano suelen hacerlo con unos precios inflados hasta en un 50%. Así que si decidimos evitar que nos chupen la sangre de esa manera, es recomendable: 1) usar el navegador Chrome de Google, con traducción automática de cada página; 2) leer la guía en inglés de “Valigia Pronta” (en los enlaces de este blog) donde se nos indica paso por paso cómo registrarnos y reservar billetes en la web de RZD y 3) disponer de una tarjeta de crédito Mastercard o Visa con el sistema de protección Secure Code y Visa Verified, respectivamente. (Ojo con las tarjetas Visa de las cajas de ahorros españolas y su sistema VINI, que no sirve en absoluto para realizar la compra en RZD). Una vez obtenidos los resguardos de la compra, que sólo se podrá hacer con 45 días de antelación, tenemos que pensar en canjearlos por billetes válidos para la RZD. Los billetes electrónicos (con un tren a plena velocidad dibujado a la izquierda del título) no necesitan mayor molestia. Los otros deben ser canjeados bien en una máquina expendedora de las estaciones de tren—sólo en ruso—o, mejor, en las taquillas de la estación especialmente habilitadas para billetes electrónicos e identificadas con una “@” (o al menos eso dicen: yo no vi ninguna en la Estación de Kazán en Moscú).

La nueva zona comercial de Kazán, en Petersburgskaya

En cuanto a los precios, la primera clase suele ser el doble que la segunda, y ésta un 40% más cara que la tercera, aunque los precios varían dependiendo las fechas. A quien esto escribe el total de billetes del Transiberiano le salió por un poco más de 450 € siempre en kupe, por lo que el encarecimiento del viaje dependerá más de cómo decidamos planearlo—bed and breakfast, casas familiares, hostales, hoteles, restaurantes—que del propio viaje en sí. Hacer el Transiberiano es, sin duda, algo más sujeto al espíritu del viajero que a su bolsillo.

Retomando la narración del viaje, diré que a las 22:08 comenzó mi Transiberiano en el expreso (“Eskori poyezd”) de Kazán, en un compartimento de segunda clase (“Kupe”) con pantalla plana y DVD incluido. El tren viajaba casi a la mitad de su capacidad, por lo que sólo tuve un compañero de compartimento. Un tipo de unos 60 años, con pantalones de pana, gafas y que leía un libro en ruso sobre Alberto Durero. Ya saben, gente rara y chunga de ésta que les gusta el Arte, la Filosofía, la Historia y tal… Al gulag les mandaba yo, con un pico y una pala a doblar el riñón. El tipo no parece tener intención ni de comentar al tiempo, así que después de cenar él queda en la litera inferior derecha y yo en la superior izquierda. Me duermo con el reproductor de mp3 en el oído y sueño con la barcarola de Les Contes d’Hoffmann en autoreverse y con despertarme en pijama en un vagón descubierto, sin techo, mientras una legión de moros o similares con gallinas me tocan la moral. El pequeño occidental temeroso sueña.

Sobre las 8:00 de la mañana despierto a tiempo de ver cómo el tren cruza el larguísimo puente sobre el río Volga, el primero de los grandes ríos rusos que cruzaré hasta el Pacífico, el que se creció entre 1942 y 1943 con la sangre de alemanes y rusos combatiendo en Stalingrado. Acostumbrado a nuestros modestos e hispánicos ríos, el Volga parece casi un mar en sí mismo antes que una corriente que desemboque en parte alguna. (Sólo el Don apacible, el río de los cosacos, me ha quedado al margen de este viaje, pero queda anotado junto al Dniéper para el próximo).

Como mandan los cánones de la RZD, a las 9:34 de la mañana exactamente el convoy entra en la estación de Kazán. Cuando desciendo del vagón—la provodnitsa limpia con un pañuelo hasta los asideros de puerta y escalones para que el viajero no se manche—me quedo sorprendido. Un montón de cámaras de televisión, fotos, ramos de flores y periodistas esperan en el andén. La escena me recuerda a ésa de Ojos negros, de Mikhailkov, en la que una banda de música recibe a un Mastroianni que va a llevar el progreso material a un pequeño pueblo de la Rusia zarista y chekhoviana gracias a un cristal irrompible. La verdad, me siento halagado, pero no era necesario… Vaya, la idea era bonita, pero no tardan en empujarme a un lado del andén mientras que por mi misma puerta baja un viejuno con abrigo y sombrero y la música folclórica atruena por los altavoces de la estación. Me quedo mirándolo pero ni zorra de quién puede ser. A ése yo no le vi por la Facultad, ni siquiera en el bar de Filología jugando al mus. Luego me entero de que, para mi inmensa fortuna, he llegado a Kazán mientras se celebra el VI Festival de Cine Islámico de la ciudad. No cabe duda de que Alá ha tocado mi frente. Me siento afortunado.

Una bella hija de Tartaria nos anuncia, por cuenta de una compañía de telecomunicaciones, la celebración del IV Festival de Cine Islámico y no sé qué del "diálogo de culturas". Así no hay quien se niegue...

El “Hotel Volga” está cerca de la estación, a unos cinco minutos andando. Por fuera parece un viejo bloque soviético sin más. Pero cuando entras en su recepción compruebas que es algo más. Su estética ha debido cambiar mucho, sin duda, y hoy parece un establecimiento de lo más occidental, pero sus usos siguen siendo ridículamente soviéticos. En la recepción nos marean durante casi 45 minutos con sellos, impresos, fotocopias, preguntas y tontunas varias. Cuando finalmente obtenemos la llave de la habitación entramos en un pequeño cuarto que parece talmente sacado del manual de los Pioneros (Nadia se sentiría aquí como en casa). Hule simulando mármol en el suelo, dos muebles de “móntalo tú mismo” y un edredón que si no vio caer al zar Nicolás II es porque andaba mirando para otro lado. Va, no nos vamos a poner pijos que en peores plazas hemos toreao: el hotel es digno. Por 32 € tampoco vamos a pedir habitación con jacuzzi y unas esculturales hijas de Rurik dándonos un masaje con final feliz.

La figura de un esclavo trata de liberarse del alambre de espino frente a la entrada del Kremlin de Kazán

Lo que no quita para que el hotel tenga un ramalazo soviético y loleante que tira para atrás. Me preocupo de leer las normas que amablemente dejan en inglés y, en efecto, no defraudan: queda prohibido usar en las habitaciones teteras eléctricas y cualquier otro tipo de resistencia eléctrica; queda prohibido a los huéspedes circular por otra planta que no sea la suya; está prohibido igualmente estar en la habitación con “personas desconocidas” (¿???). Dudo si les tengo que presentar a mi novia y suegro antes de subirla a mi habitación. Más instrucciones loleantes: el número de invitados que puedes subir a la habitación—se deduce que en recepción ya conocen que son buenos chicos/as y de buena familia—depende de la categoría de ésta: los de las habitaciones estándar no pueden superar los dos invitados (bien, si es al mismo tiempo tampoco me parece poca cosa); los de categoría semi-lujo pueden llevar hasta cuatro; y los de lujo hasta cinco (categoría sólo recomendable para Roberto Carlos y su millón de amigos y los afectados por algún ataque de priapismo).  Como broche final, se indica que está prohibido colgarse de las ventanas, frustrando así un recurso de la selección natural que tan buenos resultados ha dado en España mediante la supresión de los elementos intelectualmente menos aptos gracias al balconing (Darwin Award 2010). Ya dije en la entrada anterior que estos rusos no saben…

La visita a Kazán va a hacer sentirse cómodos inmediatamente a todos aquéllos que sean de provincias, como el que les escribe. Se terminaron la arquitectura mastodóntica, los grandes espacios y los hormigueros humanos. Aquí la ciudad puede a ser perfectamente recorrida en una tarde—es decir, en la mitad que la economía española: tristérrimo, sí—y, a no ser que seamos apasionados de la historia tártara, es poco lo que la ciudad ofrece al turista. Kazán es la capital de Tatarstán, la república con mayor grado de autonomía dentro de la Federación Rusa. Aunque relacionados habitualmente con la horda mogol, sus habitantes buscan realmente sus raíces en el pueblo búlgaro, una tribu túrquica que se estableció en las márgenes del río Don hasta que fueron obligados por los kazajos a desplazarse en dos direcciones: unos marcharon hacia el Oeste, constituyendo la actual Bulgaria al mezclarse con su población eslava; otros se asentaron junto al Volga—topónimo que, de hecho, deriva de “Volga-ria”, “Bulgaria”—y se mezclaron con las tribus ugro-finesas, creando la Gran Bulgar, una de las civilizaciones más sofisticadas de la Alta Edad Media europea. En el siglo X, atendiendo los deseos de una embajada de Bagdad, se conviertieron masivamente al islamismo suní y en 1236 sufrieron el primer ataque mogol. Integrados en la Horda de Oro, Tamerlán los destruirá entre los siglos XIV y XV, sin poder impedir su resurgimiento. De hecho, solían organizar razias sobre Moscú, al que consideraban un estado tributario… hasta que el 1552 Iván IV el Terrible dirigió allí sus ejércitos y, minando la base de su fortaleza con barriles de pólvora, la rindió haciéndola saltar por los aires. Dividió la ciudad en dos sectores separados por el canal de Bulak, dejando a la minoría rusa a un lado y a los tártaros a otro. Esta división física de la ciudad aún se conserva, si bien no responde ya a una separación étnica efectiva.

Nada más entrar en Kazán, un mensaje al móvil en español—lujazo—me dice “¡Bienvenidos a la República de Tatarstán!”. Se lo toman muy en serio, desde luego. El nacionalismo tártaro gana cada vez más espacio, y en las propias calles es frecuente ver su peculiar escritura por encima del cirílico ruso. De hecho, me entero que hace unos años plantearon una consulta popular sobre el uso del alfabeto latino que resultó abortada por Moscú. Al contrario de lo que esperaba, Kazán no es en absoluto una ciudad decrépita: cierto es que desde el tren llevaba viendo durante casi una hora antes de llegar las típicas construcciones campesinas rusas de madera con cubierta a dos aguas—y cuatro tramos—pintadas o sin pintar, pero que en general dan una sensación de aldea chabolista por su crecimiento anárquico. Sin embargo, Kazán no es así: no son raras las altas torres acristaladas de edificios, los coches de lujo con lunas tintadas abundan y, en general, la ciudad tiene un aspecto vivo y dinámico. La calle principal, la peatonal Bauman, es un hervidero de gente, restaurantes y comercios. Y su continuación, la calle Peterburgskaya aloja modernos edificios, restaurados o recién construidos, y unos grandes almacenes de electrónica. En la época soviética Kazán fue un importante centro de la industria aeronáutica, pero ahora vive muy holgadamente del maná del petróleo, cuya gestión recae en gran parte en la propia ciudad gracias a su estatuto de autonomía. Así que los nuevos ricos y horteras en general reinan por doquier.

Con todo, lo más célebre de Kazán es su fortaleza amurallada: su kremlin. Fue mandada construir por Iván el Terrible a los mismos arquitectos que levantaron San Basilio, que al mismo tiempo conmemoraba—como otras muchas iglesias por toda Rusia—la toma de Kazán en 1552. Desde 2000 es Patrimonio Mundial de la Unesco. Sin duda es un complejo arquitectónico muy peculiar y hermoso, refugiado en una colina sobre los ríos Volga y Kazanka. Cabría pensar que la Catedral de la Anunciación es su edificio más impresionante: pero no, la mezquita dedicada a Kul Sharif—el imán que defendió la ciudad frente a las tropas de Iván en el siglo XVI y murió en el intento—es el edificio más impactante y voluminoso desde su conclusión en 2005. El islamismo en Kazán está muy arraigado, aunque no presenta un carácter radical o violento: pero observar mujeres con el pañuelo a la cabeza u hombres tocados con el clásico gorro cilíndrico y truncado es de lo más frecuente. Moscú, sin embargo, continúa alerta frente al nacionalismo tártaro.

La mezquita de Kul sharif, en el Kremlin de Kazán

Un solo paseo por las calles de Kazán ya advierte de que, pese a la latitud, estamos a mucha distancia de Moscú. Siguen siendo frecuentes los rasgos varegos, rubios y blancos, o bien de rostros redondeados aunque morenos. Pero los individuos de tez y pelo oscuro son ya una minoría mayoritaria.

Kazán es, sin duda, una ciudad agradable para un paseo tranquilo. Nada apremia aquí al viajero. El sitio es acogedor, la gente cálida y su patrimonio histórico-artístico perfectamente abarcable en poco tiempo. Y aunque dedicaré una entrada específica a la gastronomía rusa—como he prometido—quiero referirme de pasada a la actitud demigrante y deprobable del restaurante de estilo tártaro en el que he comido esta tarde. Y es que, además de las típicas especialidades a las que me referiré en otra ocasión, a la hora de los postres se me ofrece algo llamado “la Viagra del Sultán”. Y es que, además, ofrecido por una tártara de suave acento y pronunciadas curvas, suena mejor. El caso es que yo ya me esperaba salir del restaurante cual semental de Hormaechea o, a menos, como esos porrones de barro con un moro en hiperbólica posición de firmes, tan caros a la hostelería hispana. Y he aquí que me traen: un pedazo de plátano al horno que daba miedo mirarlo, con dos bolas de helado en la base y nata en la punta. Atónito quedé. Vergüenza me daba hasta mirar a la camarera como diciendo “joder, os habéis pasado diez pueblos” y mucha más meterme eso en la boca. Que por ahí se empieza. Y uno es un español que se viste por los pies y reza todos los días mirando a El Ferrol. Lo dicho, demigrante y deprobable.

El jueves empieza con lo que debería ser un ligero paseo hasta la estación fluvial de Kazán para fotografíar el Volga un poco más decentemente. Pero con mi penoso sentido de la orientación me pierdo en los arrabales de Kazán. Hoy es día de mercado y hay gente por todas las esquinas intentando colocar cualquier tipo de mercancías. Los que cuentan con un puesto cubierto en el interior del mercado acumulan los artículos hasta el techo. Sí, esto tiene mucho más de zoco que de mercadillo. Las viviendas del arrabal son deprimentes hasta el extremo: aquí el Torete se había sentido un miembro de la lista de Forbes. Los edificios se caen de puro viejos, aunque están habitados hasta el último piso. Fuera, en el “jardín”, la ropa se seca colgando de unos tendales roñosos. Las galerías de los pisos están hechas de planchas metálicas también roñosas: aquí el corral del Koala habría sido considerado un cinco estrellas. Un viejuno que parece sacado de una película de Herzog me para por la calle y empieza a soltarme una parrafada. “Nie ruski, hombre”. “¿Nie? ¿Rubli?” Y me hace el universal símbolo del dinero frotando los dedos pulgar e índice. Acabáramos. Le extiendo la mano por si quiere darme algo de dinero y se echa a reír, enseñando unos piños más negros que el futuro de la economía española. El viejo se va riéndose, y yo también. Spasiva, spasiva, da svidania.

Sea como fuere, consigo llegar a la estación fluvial de Kazán, sobre el río Volga. Impresiona menos que desde el tren, pues parece una construcción en canal para la entrada de buques. Ya no se ven los famosos bateleros del Volga de la canción, pero en cambio la vieja flota soviética sigue muy activa. Cuando yo llego, el “Maxim Gorky” acaba de zarpar y el “Semyon Budioniy”—en honor del estrafalario jefe de la Caballería Roja—maniobra para entrar a puerto. Vuelvo dando un rodeo por los arrabales del oeste de Kazán y la gran mezquita del Kremlin muestra su hermoso reflejo en las aguas del Volga.

Un interesantísimo cartel del Circo del Sol se interpone entre nuestra vista y el Kremlin de Kazán

La caminata me ha dejado pelín cansado, así que entro en un restaurante a las 14:30, que ya es buena hora para comer. Me aseguro de que tenga Wi-Fi para poder publicar esta entrada entre plato y plato.

Pasaré el resto de la tarde despidiéndome de Kazán: a las 19:45 sale mi tren—esta vez un convoy con número superior al 300… glups—para los Urales, al territorio del Dr. Zhivago, a Varykino, para llegar al día siguiente a Ekaterimburgo. Ya les contaré, que su paciencia lectora lo merece.

Publicado en Viajes | 11 comentarios

Midnight at Moscow

La vieja melodía de la canción, con la que comenzaban las emisiones de Radio Moscú cuando era un criajo, no se me ha ido de la cabeza estos días por razones obvias, supongo. Y aunque no me ha dado por andar a medianoche por Moscú—que en el hotel se está muy bien a esas horas—me ha servido de banda sonora más fiel que toda la carga de mp3 que llevo encima.

La ciudad se merece una canción. Y muchas cosas más: entre ellas, una visita más detenida y detallada. Es, realmente, una ciudad maravillosa, espectacular, de contrastes y grandes atractivos. Nada más llegar, la primera ojeada desde el taxi ya nos deja ver que es una ciudad muy diferente a San Petersburgo: si aquélla era la sede del gobierno imperial, siempre mirando a Europa—bien hablando francés desde Pedro I, como un patriota ruso desde Alejandro I o ahora restaurando con satisfacción el águila bicéfala por doquier—e imitando su arquitectura, sus costumbres y hasta el snobismo de su aristocracia, Moscú es otra cosa: es una ciudad fuertemente gubernamental, la huella del Estado se deja ver en cada rincón, en cada calle. Y eso significa, sobre todo, dos grandes fuerzas sociales: la vieja Rusia de los boyardos, los iconos y los iuródivi—los idiotas de Dios—y la Unión Soviética. La impronta de estas dos fuerzas se deja ver por todas partes, aunque en relación inversa a su antigüedad. Lo que es lo mismo que decir que el toque soviético abarca toda la ciudad. Los amantes del constructivismo y, sobre todo, del realismo socialista tendrán un auténtico paraíso al alcance de su mano.

Empezando por el metro, que es la mejor manera de moverse por la ciudad. De las que he visto, la estación más bonita es, sin duda, Ploschad Revolutsii, con sus estatuas de soldados, obreros, campesinos, marineros, etc.

Estación de metro de "Ploschad Revolutsii", una de las más hermosas de la red moscovita

Paveletskaya tampoco está nada mal, con grandes escudos con la hoz y el martillo en lo alto de cada columna. Amplios corredores, decoración suntuosa, suelos de mármol: Moscú ha ganado merecida fama con su metro, pues es, sin duda, el más bonito de los que he podido visitar. También es cierto que ha debido ser uno de los más dramáticos en su desarrollo, con cientos o miles de muertes a sus espaldas por la mano de obra forzada en su construcción. Y es que, ya sabe, las dictaduras tienen una grandísima ventaja sobre los Estados de derecho—aunque derechos cada vez van quedando menos, salvo el del pataleo—y es que sólo verán limitada su disponibilidad de mano de obra esclava o semiesclava por la propia demografía. Así que tira millas, que trabaja el primo. Las cosas no han cambiado mucho desde las pirámides egipcias, me temo.

Como decía, el metro es relativamente barato: diez viajes cuestan exactamente 6 euros al cambio. La frecuencia de los trenes es bastante alta—llegando al tren por minuto en las horas punta—y, en general, es rápido y eficaz. Así que debe ser algo obligado para el turista. Sin embargo, tiene una serie de inconvenientes que no hay que pasar por alto. El primero es que carece de cualquier información en caracteres latinos, así que más vale conocer bien el alfabeto cirílico—si se aprende Economía en dos tardes el cirílico no debería llevarnos más de cinco minutillos—o el metro puede convertirse en un frustrante laberinto. Además, suele haber bastante listillo pululando por los pasillos que, si observa la duda en la cara del viajero, se brindará “amablemente” a conducirle a su destino por una “módica” cantidad de digamos… 25 euros o así. Ojo al dato. El segundo inconveniente es que los conductores no suelen andarse con chiquitas y las puertas se cierran como cuchillas, de manera que como el viajero quede en medio de las puertas (algo que pasa frecuentemente) va a tener que librarse de ellas poniendo todas sus fuerzas en el intento. Algún moratón que otro dan testimonio de ello por parte de quien les escribe. Los vagones son en la mayoría de las líneas viejos y ruidosos, con poca o nula información escrita acerca de las paradas. Si a eso sumamos que en las paredes de las estaciones no siempre se hallan muy visibles los rótulos informativos para verlos desde el vagón es bastante probable que equivoquemos nuestra estación, a no ser que tengamos un fino oído para captar lo que dice la locución del convoy. Y no es fácil para un oído no acostumbrado al ruso.

Sobre el metro tengo que decir que me ha parecido más seguro que muchos de los que he usado en España y aun fuera. La seguridad en el subterráneo moscovita se ha incrementado enormemente desde que se convirtiera en objetivo preferente para los terroristas de las repúblicas secesionistas: hay policías casi en cada columna. Nadia se asombra cuando le digo que en España pensamos que el Metro de Moscú es la meca de la inseguridad: “¿Y entonces el de Nueva York?”, me responde entre sorprendida y ofendida. Pues no le falta razón. En febrero de 2004, en la estación junto a mi hotel, Avtozavodskaya, un atentado se cobró la vida de 41 personas e hirió a otras 250. Una placa y flores les recuerda en el corredor de acceso. Ante este tipo de acciones parece lógico que la seguridad sea extrema en el Metro de Moscú.

Estación de metro de Avtozavodskaya, objetivo de los atentados terroristas de febrero de 2004

En cuanto a qué ver en Moscú, la ciudad es algo más que la Plaza Roja y el Kremlin. Cierto es que son estos lugares los más impactantes, a priori, para el turista que llega con la cabeza llena de imágenes y expectativas. Debo decir, sin embargo, que mi visita a la Plaza Roja no fue todo lo satisfactoria que esperaba. En primer lugar: San Basilio es realmente bastante más pequeña de lo que las fotos sugieren. Me sorprendió negativamente, junto con un colorido bastante “kitsch” de los muros que le daba un toque moderno y Disney muy poco convincente. Probablemente sean paranoias de un servidor. En segundo lugar: cual si de mera Plaza Porticada o Pombo se tratara, los días previos había habido un evento/concierto/loquesea en la Plaza y estaba complemente tomada por carpas, andamios, gradas, etc. Realmente frustrante.

Aun así, es un placer pasear por esos adoquines míticos, ver las torres del Kremlin coronadas por las estrellas de cinco puntas, el estilo neorruso del Museo Histórico o los grandes almacenes GUM, antaño tiendas del Estado y hoy sede de lo más exclusivo—Cartier, Gucci, Hugo Boss, etc—para que los nuevos rusos encuentren su identidad a golpe de talonario. Eso sí, todas las puertas de las tiendas cerradas y con seguridad privada, ningún precio en los escaparates (preguntar por dinero es de mal gusto y de pobres). Junto al estrado desde el que el zar se dirigía al pueblo, donde se llevaban a cabo ejecuciones, ahora dormita un perro callejero: es el signo de los tiempos. El chucho al menos parece más satisfecho que otros personajes que se mueven por la plaza. En un punto junto a las puertas del Kremlin una gran placa en el suelo recuerda que estamos en el kilómetro 0 de la ciudad. La costumbre—una de esas que pueblan el estupidario universal—consiste en colocarse sobre el punto y tomarse una foto mientras se tiran hacia atrás unas monedas. Al instante, unos cuantos mendigos provistos de imanes recogen las monedas ante la satisfacción general del público. Un espectáculo edificante, sin duda. Aunque tal vez algo soso: podría haberse hecho luchar los mendigos por las monedas dentro del círculo y proclamar vencedor (con entrega de los rublos) al que antes arrancara a yoyas los dientes al otro. Estos rusos no saben, que le dejen a Manolo Lamas.

Otra de las frenéticas actividades en torno a la Plaza es la venta de souvenirs para el turista: gorros de piel, militaria soviética de nuevo cuño, camisetas rojas con el “CCCP” estampado y, cómo no, las omnipresentes matrioshkas. Aquello es una orgía de matrioshkas. Las hay de múltiples tamaños, colores, formas y motivos. Además de las tradicionales, las de líderes ruso-soviéticos triunfan entre los clientes: ver una matrioshka con Medvedev en su cara exterior resulta algo inquientante. Dentro podemos imaginar a Putin, Yeltsin, Gorbachov… A partir de ahí, la decadencia de la matrioshka es ya palpable: ¡las hay con motivos del Barça y otros equipos de fútbol! Cuando voy a darme la vuelta para marcharme definitivamente veo una muñeca que me recuerda a alguien… esa cara me suena… ¡coño, si es nuestro Juancar! Me quedo casi en estado de shock. ¿Tendrá dentro a… ? La intriga y la curiosidad me pueden, me salto todo el protocolo del mercadillo, agarro la matrioshka y empiezo a abrirla. ¡Justo lo que pensaba!: la reina Sofía (¿Qué esperaban?) Y dentro, el príncipe Felipe. Ante el riesgo de encontrar una infanta o incluso a la mismísima Letizia dentro de la muñeca, opto por cerrarla.

El interior del Kremlin proporciona un bonito paseo, pero una gran parte del complejo gubernamental está cerrado al público. Iglesias, cañones y armería real son lo más destacado para el visitante, amén de algunas vistas de la ciudad realmente seductoras.

En cuanto al Mausoleo de Lenin, resulta una experiencia que sólo podría definir como un tanto irreal. Tras una cola de una media hora, la militsya nos obliga a dejar bolsas, cámaras y móviles en una taquilla—previo pago, desde luego—por lo que fotografiar las tumbas junto a los muros del Kremlin queda totalmente prohibido. En el interior del Mausoleo el silencio es sobrecogedor y los rostros de los soldados que indican con un gesto el camino a seguir son casi fantasmales por la escasa iluminación. El primero de ellos casi me pareció un cuadro, una pintura o un holograma, no un ser humano. Cuando se llega a la sala, una potente luz enfoca el cuerpo embalsamado del fundador de la URSS y la gente lo rodea en silencio. Un guardia me hace sacar las manos de los bolsillos. La sensación es, como he dicho, completamente irreal: podría ser un muñeco de cera y la diferencia a la vista sería mínima o nula. Goodbye, Lenin.

Ya en la calle, junto a las murallas, pueden verse las tumbas de ilustres revolucionarios y mandatarios soviéticos: Brezhnev, Andropov, Chernenko, Voroshilov, Sverdlosk, Zhdanov, Frunze, el mariscal Zhúkov, Clara Zetkin, el periodista americano John Reed y, cómo no, el Padrecito de todas las Rusias, el Vozhd: Iosif Vissarionovich Dzhugashvily “Stalin”. En un principio, la momia de Stalin fue situada junto a la de Lenin en el mausoleo, pero en 1962 Khrushev ordenó su desalojo y enterramiento convencional, sin ningún tipo de distinción respecto a otros líderes revolucionarios y soviéticos.

El padrecito muerto de todas las Rusias duerme junto a Lenin.

Sin embargo, uno de los lugares que más me ha impresionado de todo Moscú ha sido el Centro de Exposiciones Panrruso, antes Centro de Exposiciones de los Logros Económicos de la URSSS. Junto a pabellones de antiguas repúblicas soviéticas participantes en diversas muestras—incluido el de la propia URSSS, hoy convertido en un oscuro bazar especializado en electrónica de consumo y plagado de chinos y vietnamitas—una fuente dorada con mujeres luciendo los distintos trajes nacionales y diversos ejemplos más o menos frikis de realismo soviético, lo más impresionante es la gigantesca estatua del Obrero y la Koljosiana de más de 24 metros realizados en acero y que se exhibió en el pabellón soviético de la Exposición Internacional de París en 1937. El pabellón se situaba frente al alemán, con su orgulloso águila, y cuentan que cuando Albert Speer logró hacerse con los planos del pabellón soviético y vio la estatua se quedó horrorizado: “¿El pueblo ruso avanzando con la hoz y el martillo hacia Alemania?”

"Obrero y koljosiana", obra de la escultora Vera Mukhina (1937)

La sola vista del monumento a distancia, frente a una torre de apartamentos en construcción es sobrecogedora, pues en el año 2009 concluyó su restauración y se ubicó en un enorme pedestal aún más grande que el anterior. La visión es realmente impactante, al estilo de los evangelistas de la Cruz de los Caídos. Y su propósito, el mismo: apabullar al espectador con la grandeza y el poder de un Estado que modela a las grandes masas con la misma facilidad y clarividencia que lo hace con el acero de las estatuas. Un interesante debate, el del arte de las dictaduras y su destino. Debate en el que cada vez me inclino más por su conservación, mantenimiento y difusión. La segunda mitad del siglo XX ha metido ya demasiada basura bajo su alfombra, ha tirado demasiado del fácil recurso del olvido y no creo que con ello ganemos nada. Más bien al contrario.

En el mismo parque podemos encontrar otra maravilla bastante discreta: el monumento y museo dedicado a los cosmonautas soviéticos. Dentro se asegura que podemos ver la cápsula Vostok 1 en la que Gagarin orbitó sobre la Tierra, un par de perros disecados que fueron los primeros en regresar con vida del espacio—no así Laika—y un largo etcétera de curiosidades y recuerdos de la carrera espacial soviética que tanto orgullo dio a su pueblo y tan caro le salió (pues de ahí, y de los programas militares, vino el raquitismo de sus industrias de consumo).

Otra de las maravillas moscovitas que impresiona al visitante son las 7 hermanas, las torres gótico-stalinistas entre las que destacan el Hotel Ucrania o el Ministerio de Asuntos Exteriores.

Hotel Ucrania, una de las siete torres gótico-stalinistas que se levantan en Moscú

Más arquitectura colosal para acojonar al personal. Y lo consigue, vaya que sí. Una lástima que finalmente no se llevara a cabo la construcción del Palacio de los Soviets entre 1937 y 1941, que planeaba levantar el edificio más alto del mundo con un colosal Lenin dominando la ciudad. Los dibujos que han sobrevivido del proyecto—además de recordar sospechosamente a King Kong—dan más respeto que el ojete de Sauron. Pero habría sido una experiencia estética rayana en lo terrorífico y de lo más interesante. Cosas de Iosif.

Pero la nueva Rusia está ya por todas partes: torres acristaladas, edificios de oficinas, nuevos bancos, grandes almacenes, negocios, etc. Convive aún con la vieja Rusia soviética, pero el tiempo disolverá casi todo ello y el Moscú más actual es imparable. El sábado por la noche la juventud—presente en todas partes—hace una pseudobotellón en los jardines y parques, dando una animación a la ciudad muy por encima de otras ciudades europeas. Limusinas interminables, coches de lujo y una especial obsesión por las lunas tintadas inundan las carreteras de la ciudad. Volodya me cuenta que Moscú acapara el 80% de la riqueza de Rusia y a ello se deben los altísimos precios que rigen en la ciudad incluso para un occidental. Le comento que eso sólo puede ser fruto de un sistema financiero y fiscal desequilibradísimo, amén de odioso. Si yo viviera en Novosibirsk me reventaría bastante contribuir a un agujero negro así. Volodya se encoge de hombros y en ese momento pienso que tampoco España—a la vista del despoblamiento y atraso de su interior—puede dar muchas lecciones a ese respecto.

Proyecto para el "Palacio de los Soviets" proyectado por Stalin entre 1937 y 1941

En fin, así es la ciudad. Un mastodonte de mil caras por el que es muy agradable dejarse seducir, pese a la tan extendida idea entre unos turistas occidentales que apenas asoman la nariz por aquí. Confieso que dejo la ciudad con cierta pena, pero en un par de horas—mientras hago tiempo escribiendo este blog en el bar del hotel—tomo el tren para Kazán, donde llegaré por la mañana.

Íncipit Transiberiano.

P.D. Por el momento no puedo descargar y editar las fotos que he tomado de Moscú, aunque tampoco son gran cosa. Prometo editar más adelante e incluirlas.

Publicado en Viajes | 7 comentarios

El loro de Moscú

Reconozco que estos días sin apenas comunicación en castellano han pasado su correspondiente factura. Por eso, cuando he visto en la recepción del hotel a mi amiga Nadezhda Vladimirovna no me ha quedado más remedio que sonreír, como ella, y reventar mi locuacidad por todos los poros de la piel, hablando como un poseso, sin apenas reparar en la comida pese al hambre que me cargo. Nadiezhda Vladimirovna es un nombre que suena muy tolstoiano, pero es su auténtico nombre. Para los rusos, el nombre tiene dos partes: la electiva, digamos (el “imya”) y el propio patronímico, el que depende del nombre del padre (el “otchesvo”). Es decir: el nombre es libre, pero el patronímico depende absolutamente del nombre del padre. De esta manera, si deciden llamarte Miguel (Mikhail) pero eres hijo de Sergey, serás Mikhail Sergeyevich. El otchesvo, al igual que el “familya” o apellido, tiene forma femenina, por lo que mi amiga es Nadezhda Vladmirovna. Lo que traducido significa: Esperanza, hija de Vladimir.

El caso es que—pese a este galimatías—Nadia es una buena amiga. La conocí hará unos tres años, cuando ella estudiaba español y yo hacía lo impropio con el ruso. Después de cerciorarnos de nuestra mutua incapacidad o desidia para los idiomas, llegamos a ser buenos amigos. La vida de Nadia no ha sido muy fácil desde entonces: 31 años, dos hijos, divorciada desde el año pasado y en el paro desde el anterior por la crisis mundial. Pero no pierde la eterna sonrisa. Nadia es la antítesis de nuestra hispánica imagen del ruso: amable, locuaz, hospitalaria, sonriente, divertida. De hecho, creo que me gana por goleada en casi todas las categorías.

Después de saludarnos en el hall del hotel (recuerden, en Rusia a las mujeres se les dan tres besos, no dos), ella toma la iniciativa y me lleva a un restaurante ucraniano: Korchma Taras Bulba, una cadena donde pueden probarse las mejores especialidades de Ucrania a buen precio (que sepa el Capitán Trueno que tomo nota para la entrada gastronómica). Allí me regalan dos botellas de vodka Nemiroff que no tengo intención de abrir y en poco tiempo estamos viendo el Bolshoi (literalmente “teatro grande”) y la Plaza Roja (“Krasnaya Plozhad”). Paseamos por los jardines del zar Alexander y me cuenta un poco su vida: hija de un miembro del partido, desde los dieciséis años se enamora del hijo de un coronel del Ejército Rojo. Él se convierte en funcionario del Banco de Rusia y ella estudia Filología Inglesa (se le dan estupendamente los idiomas). El tiempo ejerce su labor corrosiva: su padre muere en 2000, tienen dos preciosos hijos (Maximilian y Ekaterina), trabaja para una empresa de finanzas húngara, pierde su empleo y su matrimonio entra en crisis.

Mientras paseamos me cuenta al oído una curiosidad: el año en el que la URSS se desmoronó (1991) ella acababa de entrar en los “Pioneros”,  la organización juvenil del PCUS. Le gustaban el pañuelo al cuello, el gorro, las horas de voluntariado limpiando el río Moskova, los campamentos, ser una joven pionera soviética. Es otro mundo: el de su infancia. Me confiesa que lamenta mucho que eso se perdiera y noto que lo dice de veras.

Después de pasear un buen rato por la Plaza Roja y sus aledaños, Nadia me invita a cenar en su casa. Sin dudarlo, acepto. Vamos en metro hasta cerca de su casa y allí hacemos la compra: tomates, lechuga, pechuga de pollo, uvas, etc. Ella lo elige y, sin pensarlo apenas, me lo pasa a mí para que lo lleve. La camarada Bibianka Aídovich aún no ha navegado por el Moskova.

Cuando llegamos a su casa, el estado del edificio me sobrecoge: no hace falta ser un visillero de pro para darse cuenta de que aquello es una ruina. Los escalones no han sido recubiertos por nada, siguen tal cual con el cemento, el portal se muestra en la semioscuridad de una sola bombilla, el ascensor… bien, mejor no comentarlo. Nos recibe en su casa Volodya, su pareja. Al principio se muestra huraño, pese a que Maxim me ofrece ingenuo su mano con un sonoro “¡Hola!”. Nadia prepara la cena y Volodya se va soltando: acabamos conversando entre risas. Él es también un apasionado de la historia de su país y cuando yo hablo de “post-war in Spain” él me pregunta a qué me refiero: “naturalmente, a la Guerra Civil Española. España no participó en la Segunda Guerra Mundial”. Volodya enarca una ceja y pregunta: “¿Seguro?”. En ese momento la División Azul me pega tal pescozón que me acuerdo de ella. Un detallito de nada, poca cosa. Él afirma y nos reímos a gusto.

Después del arroz con pollo que prepara Nadia hablamos de la situación en Rusia. Les pregunto por Medvedev y las risas salen de nuevo a espuertas. Volodya, cuando habla de Medvedev, usa el “she”. Luego corrige al “he”, pero Nadia se empeña en que use el “she”. Según los dos, Medvedev es pocolisto.  Vamos, que cada vez que abre la boca queda como un auténtico gilipollas. Me cuentan unas cuantas de sus historias (como la de sustituir la “militsya” por la “politsya”) y la sensación es de que, en efecto, es un tonto importante.

Dmitry Medvedev: otro que aprende Economía en dos tardes.

Otra opinión muy distinta les merece Putin, a quien consideran astuto zorro político. Cuando hablan de él usan una palabra: orden. Llegados a este punto, les pregunto por Yeltsin y Gorbachov. Sobre el primero, no hay discusión: un borracho impresentable que degradó Rusia a su mínima expresión.  Más matizada es la opinión sobre Gorbachov, pero los dos coinciden en la definición: un “renegado”. En palabras de Volodya: “Alguien que heredó un gran país y lo vendió a trozos”. Sin duda, es una imagen muy diferente de la que se tiene en Occidente y se lo hago saber: “¿Tenía alguna otra opción?”. Ellos callan y tuercen el gesto de la boca. Si soy sincero, ni yo mismo me creo la pregunta.

Me despido de ellos y me acompañan a la estación del Metro. La impresión, después de hablar con ellos, es que el ruso común es tremendamente práctico. La nostalgia de la URSS no es ideológica en absoluto. De hecho, Nadia apenas entiende de política. Y, como a todos los jóvenes rusos, le apasionan la electrónica de consumo, la ropa cara, viajar al extranjero, el rock y el rap e ir de tiendas. No son en nada diferentes de cualquier joven occidental. Pero sí lamentan la postración de su país, su desmembramiento y el caos en que se sumió en los años 90, del que aún quedan muchas huellas. Echan de menos la seguridad, un cierto bienestar mínimo para toda la población – en otra entrada hablaré sobre los contrastes sociales y la pobreza en Rusia – y cierta vida comunitaria, muy alejada del individualismo ultracompetitivo en el que ahora está instalado el país. No dudan en señalar a los responsables: “una casta de políticos traidores, a todos los niveles”. Y no sienten simpatía alguna por el vencedor, los Estados Unidos.  Mi conclusión es que, hablando con ellos, se refuerza la idea que Alexander Zinoviev expresaba en La caída del imperio del mal: “Querían matar el comunismo y le pegaron un tiro a Rusia”.

Publicado en Viajes | 6 comentarios