Están locos estos japoneses

Me van a disculpar que no dedique esta entrada, como procedería, a Tokyo. En realidad, Tokyo es una ciudad bastante poco interesante para mis gustos y en apenas unas horas puede tenerse una imagen de lo más pintoresco de su geografía. No estoy hablando de conocer, desde luego—turismo y conocimiento a veces parecen como el agua y el aceite—pero sí de llevarse una impresión fundada de lo que la ciudad es. Cierto que la lonja de pescado de Tsukiji—la más grande del mundo—el santuario de Senso-Ji o el Museo Nacional de Tokyo aparecen en la guía como lugares especialmente dignos de visitarse. Pero a mí no me llaman particularmente la atención. Tal vez he llegado demasiado cansado a este punto final del viaje, pero lo cierto es que no echo de menos esas visitas.

En Kyoto tuve una sensación muy propia del dejà-vu. La fascinación de la ciudad quería sonarme de algo, haberla vivido ya. Y, en efecto, me recordaba a Venecia, donde cada rincón es una sorpresa, donde al final de cada callejón hay una imagen que quedará en la memoria. Kyoto es igual. Pero, de la misma forma, ambas ciudades son dos putas consumadas. Venecia prostituye sus piedras y su historia. Kyoto, además, una supuesta espiritualidad que, muy seguramente, se halle en otros lugares de Japón bastante más recónditos. Ambas son expertas en ofrecer al cliente lo que busca a cambio de dinero. Salvo, como las putas, sinceridad.

El cruce de Shibuya, de noche

Cuando llegué a Tokyo, mi idea era buscar esa sinceridad. Y buscarla donde está el corazón de la ciudad, el corazón real: donde se mueve el dinero. Por eso las visitas a Shibuya y Shinjuku eran obligadas. Y no decepcionaron. Estaba visitando el centro religioso de una de las ciudades más importantes del mundo: la misma grandiosidad y ampulosidad de los templos monoteístas de Occidente y Oriente, de los monumentos públicos del comunismo soviético y el fascismo glorificando al Estado. Pero aquí Dios es la pasta. Y el efecto sobrecogedor en el espectador es el mismo: es una experiencia digna de vivirse, todo un espectáculo para los sentidos y el espíritu. Masas humanas arrojándose al asfalto cuando el semáforo de los peatones se pone en verde en el famoso cruce de Shibuya; elefantiásicos grandes almacenes y comercios de lujo en Shinjuku; un sinnúmero de tiendas de electrónica y neones en Akihabara, donde puedes probar la última tontería de Apple o el móvil más sofisticado. En las oficinas del Gobierno Metropolitano de Tokyo subo al mirador de la última planta. El ascensor se eleva hasta la planta 45 de las torres. Los oídos se me taponan por la altura y la velocidad del ascensor.  Las vistas deberían ser las mejores de la ciudad: pero sólo hay niebla y lluvia.

Por eso les pido disculpas por ocupar esta entrada en unas reflexiones más generales sobre Japón o, al menos, sobre lo que he vivido aquí. Empiezo intentando romper dos mitos muy arraigados en España sobre Japón. Primero: “Japón es muy caro”. Falso. Japón era muy caro, en los noventa y primeros dos mil, pero el país se halla desde 2002 sumido en una profunda deflación. El mismo período en el que en Europa la introducción del euro ha supuesto una vertiginosa escalada de precios. Japón, hoy día, tiene los precios de una capital europea cualquiera. Y en algunos casos, inferiores. Algunos ejemplos: una lata de Fanta—que tomen nota los pagafantas patrios: aquí la Fanta es de uva, no hay de naranja o limón—en una máquina en el centro de Tokyo viene a valer al cambio en torno a 1 €. Comer por 9 € es realmente fácil si no se es muy exigente con lo que se traga, pero por poco más la variedad para elegir es realmente asombrosa. Un billete sencillo de metro vale 1,53 € y un hotel con todas las comodidades—internet gratuito, pantalla plana de televisión y mobiliario nuevo—viene a salir por unos 63 € la noche. Y aun los hay más baratos si se buscan a conciencia. Un viaje a Japón es caro por el coste de los billetes de avión para llegar hasta aquí. Como es caro moverse hasta China, Filipinas, Los Ángeles o Suráfrica. Pero el país ha dejado de ser el templo de los precios imposibles: de hecho, para mi bolsillo, Moscú y otras ciudades rusas han sido más letales que Tokyo y Kyoto.

Calle del distrito de Akihabara, el distrito de la electrónica

Segundo mito: “dominando el inglés no tienes problemas en Japón”. Igualmente falso. Aquí el inglés lo controla muy poca gente. Muchos ni una sola palabra. Y otros, aunque lo chapurreen mediocremente, resultan por completo ininteligibles. No están en eso muy lejos de nuestros amigos de Rusia, por mucho que en España nos guste pensar que somos los únicos torpes en idiomas.

En general, no es Japón país en el que me gustaría vivir. Más bien al contrario. Para mi modo de entender la vida racionalizan en exceso las dos coordenadas básicas para cualquier persona: tiempo y espacio. Un ejemplo claro de ello está en la racionalización de la alimentación. La mayoría de restaurantes que se encuentran por aquí son sumamente pequeños y con forma estrecha y alargada. De hecho, la gente come en una barra, sentada en taburetes. Y la propia barra está dividida en secciones numeradas, para que no ocupes más lugar del que te corresponde. La selección del plato o menú a tomar se hace previamente—en muchos casos sobre unos modelos de plástico que representan los platos y se exhiben en el escaparate—y se canjea contra su importe en una máquina electrónica que nos dará un ticket. Cuando lo tengamos, pulsamos un timbre y la camarera aparecerá para recoger nuestro ticket y proporcionarnos un vasco de agua con hielo. Al cabo de un rato reaparecerá con el plato y una cuenta que tendremos que abonar a la salida. Todo perfectamente ajustado para el mínimo consumo de tiempo y espacio. Naturalmente, también hay locales mucho más acordes a un concepto occidental de restauración, pero eso supone más tiempo y más espacio: es decir, una factura más abultada.

Por otro lado, la comida japonesa llega a resultarme cansina. El primer día, los palillos resultan un trámite embarazoso. Pero, al poco, los dominaba aceptablemente con el arroz. Sin embargo, había obstáculos insalvables para mí y mis palillos: ¿cómo coger una hamburguesa, escalope o grandes trozos de patata con unos palillos? Pues ni idea. Pero a grandes problemas, grandes remedios. Me decidí por el método de Alejandro Magno con el nudo gordiano: cogí un palillo, pinché la hamburguesa en él y me lo comí al modo más puramente medieval, ante el estupor del resto de japoneses de la barra. Con todo, los ingredientes y preparación de las comidas me resultan realmente repetitivos. Sí, un paraíso para vegetarianos y amantes de la comida alternativa, pero yo no nací para comer algas y bazofias semejantes. Demasiada morralla en el plato. O como diría mi difunto abuelo en justa expresión: el plato lleno de “cristos, vírgenes y hostias”. Llevo comiendo pescado crudo desde el Lago Baikal, con el famoso omul, y ahora mismo preferiría la inanición al maldito pescado. Las alternativas, en la preparación de carnes y pescados fritos, no son mucho más recomendables, con un abuso de grasas que hacen de la digestión un acto heroico. Tampoco las bebidas son mucho más destacadas: la cerveza japonesa me parece realmente mediocre.

Algún detalle más que me ha llamado la atención es la escasez—por no decir ausencia—de papeleras en las calles y espacios públicos, lo que resulta realmente sorprendente viendo su limpieza. O las escondieron todas a mi paso o ando más empanado de lo habitual, que todo podría ser. Como detalle curioso, señalar cómo la forma de conducir influye en Japón hasta en los peatones: en todas las escaleras mecánicas, los japoneses se reclinan contra la barandilla izquierda, dejando libre el lado derecho. Exactamente al contrario que en España, como corresponde a modos de conducir por carriles opuestos.

Pero, sin duda, el contraste más severo—e incluso doloroso, diría—con respecto a Rusia es que aquí los seres de luz han desaparecido sin dejar rastro. El poderío ruso quedó en Vladivostok con la Flota del Pacífico y aunque las comparaciones son odiosas—será por eso que todos es el primer impulso que sentimos—en su lugar han quedado… japonesas. Muy lejos de esos bellos animales de 1,90 con ojos de pantera, capaces de partir la vida de un hombre con una mirada siberiana, las japonesas son por lo general muy discretas físicamente. Es difícil encontrar una que sobresalga por una belleza natural. Sin embargo, lo compensan con dos cosas: la primera, con unos niveles de perversión y morbo sexual fuera de lo normal. Basta echar un vistazo a una tienda de lencería japonesa para darse cuenta. Modelos de mil colores chillones, llenos de adornos recargados y a medio camino entre la infancia y el sexo salvaje. Vicio puro, hoyga. Los japoneses transitan por una delgada línea que usa la inocencia como peligrosa expresión de su contrario. De momento les da buenos resultados.

Tienda de lencería en el distrito de Harajuku, Tokyo

La segunda vía es una preocupación casi obsesiva por la ropa, la moda y los cosméticos. Hay japonesas que llegan a resultar realmente atractivas a base de pestañas ultralargas y un aspecto de muñecas de porcelana sumamente perverso. La vestimenta es de lo más extravagante. En el metro pueden verse pamelas, sombreros imposibles, polainas de piel, vestidos de volantes, gasas y, en general, atuendos más propios de un disfraz que de una ropa funcionalmente concebida. El pelo también es objeto de la moda japonesa y rara es la mujer que lo lleva con el precioso y azabache negro natural del país: una mayoría opta por teñirlo de un castaño rojizo que resulta de lo más vulgar con las raíces negras al aire.

Muchos de los hombres, entre los jóvenes, son igualmente fashion victims del mismo calibre que sus congéneres femeninos. En Shibuya no era raro ver a los chicos en peluquerías tan entretenidos con sus mechas y peinados como las chicas. Y, de la misma forma, en las tiendas de cosméticos ellos abarrotan los mostradores casi en el mismo número que ellas. Aun cuando los grandes almacenes de la estación de Shibuya tengan un 95% de su superficie dedicada a la moda femenina y sólo un 5% a la masculina.

La localización de esa obsesión por la apariencia esta en Harajuku, desde luego. Esta tarde me pasé por ahí, a ver qué se cocía. El barrio, fuera de la zona más pija de Omotesando—donde están las tiendas de Dior, Gucci, Vuitton y demás—es un auténtico y colorido espectáculo de chavales compitiendo en extravagancia, especialmente en Takeshita-dori. Me cruzo con una tipa vestida de niña pequeña con volantes, supongo que en plan cosplay o algún tipo de lolita, pero ni idea del asunto. Parece Nathalie Dessay cantando la Olympia de Les contes d’Hoffmann. También me cruzo con un par de lolitas del estilo casual, bastante más discretas de lo que la fama de Harajuku hace pensar. Y un montón de mamarrachos inclasificables, eso sí. Aquí, la juventud se ha rebelado contra sus mayores—contra los que en Kyoto aún podías ver vistiendo ropas tradicionales y asistiendo al templo—pero como toda rebelión posmoderna es sólo una pataleta esteticista que pronto queda asimilada perfectamente a aquello contra la que supuestamente se rebelan. La generación más joven de japoneses, los hijos y nietos de los diez días de vacaciones, la racionalización de los actos más elementales de vida y la adoración de la eficiencia, se rebela… con una actitud hiperconsumista. Paso por Harajuku y me tengo que parar ante la aglomeración de chavales haciendo cola que invaden la acera: están esperando turno para entrar a una peluquería de moda.

Se mire como se mire, algo no está bien en una sociedad en la que hay quedadas masivas por internet para suicidarse en grupo o los hikikomori son una alternativa social al simple hecho de vivir la realidad. En el metro, raros son los que van leyendo algún libro, aunque sea de Dan Brown. El entretenimiento masivo de los japoneses en el metro es el uso de su móvil u otro dispositivo electrónico: los más, para jugar; otros, para mandar mensajes. De los que llevan papel entre las manos, la mayoría lee comics manga o animes. Debo confesar que es algo que me resulta incomprensible: ¿qué hace un tío que peina canas en los huevos leyendo tebeos de colegialas con coletas o niñatos con superpoderes? Y es que no me refiero sólo a tíos de treinta y pico años: es que he visto a cincuentones abstraídos leyendo estos animes ¡e incluso a una viejuna de más de ochenta tacos con su anime pegado a la nariz!

En cierta medida, la sociedad japonesa ha abrazado con entusiasmo las formas de organización social de los insectos. Sobre todo, su especialización. Y por eso no es raro ver en el metro ejecutivos—que serán brillantes en su cometido—jugando a los videojuegos o leyendo mangas. Es el triunfo de la superespecialización. Y el fin del modelo occidental humanista desde Leonardo da Vinci o Goethe: aquél para el que humani nihil a me alienum puto (nada de lo humano me es ajeno). Aquí sólo importan mi trabajo y mi anime. Y da miedo pensar que ellos puedan ser un espejo de nuestro futuro (¿… o de nuestro presente?)

Siento ponerme refunfuñón e incluso moralista en esta última entrada del viaje, pero la actual sociedad japonesa me es profundamente antipática. Algo no funciona en ella y se manifiesta como una tribu minada por la histeria y la neurosis. Sinceramente: no querría nada así para mí. Me ha sido mucho más fácil simpatizar con los rusos, desastrosos, dejados, escépticos e individualistas. Pero bastante más sanos que lo que he encontrado en Japón.

No me cabe duda de que Japón es algo más que Tokyo y Kyoto. Que hay un montón de sitios en el país que merecen una visita (o más de una). Que el Japón tradicional, el de los Ugetsu monogatari, es de lo más apasionante que conozco. Que su cultura, sus tradiciones y creencias son una de las mitologías más útiles y complejas para tener una imagen del mundo alternativa a la de nuestro logos occidental.

Y espero encontrar eso algún día: en el fondo de mi biblioteca o en un rincón perdido de Japón.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Están locos estos japoneses

  1. PS dijo:

    Sí, es una sociedad enferma, será por eso que produce tanta fascinación? como si la confesión de la condición humana de su emperador les hubiera noqueado tanto que emprendieron una loca fuga hacia delante.
    Un apunte: cuando pinchaste la comida con los palillos es lógico que te miraran sorprendidos, ¡no se debe hacer!, son muy supersticiosos y el gesto les recuerda a las ofrendas mortuorias. Evitan también por ejemplo hacer uso del número cuatro, porque fonéticamente suena igual que muerte (en China, idem).

    • ¡Estás hecha una experta en Japón! Pues, como podrás comprobar, yo no 😛 Así que ya me pondrás al día. Ni idea de lo de las ofrendas mortuorias: pero bueno, al fin y al cabo el pollo estaba muerto. Lo que dices sobre los números me llamó la atención en algún hotel, donde no había habitación nº 19. No sé la razón. En Venecia me encontré uno donde no había la 13, creo, por razones bien conocidas. Pero ni idea de qué se traen los japoneses con los números. A mí eso de que falte una habitación me suena a un relato de fantasmas de M.R. James donde una habitación aparecía y desparecía por las noches con un ente fantasmal dentro.

      Bueno, pes a lo que puede parecer por la última entrada, Japón me ha gustado mucho. Algunas cosas como curiosidad o espectáculo visual (Tokyo) y otras por la historia y arte que tienen detrás (Kyoto). Pero ha sido suficiente para saber que me queda mucho por ver de ese país. Y que es fascinante. A ver si algún día puedo volver cuando florezcan los cerezos.

      Saludos desde Sheremetievo (Moscú). Estoy esperando el avión para España con el que voy a completar 17 horas volando. No siento ni el culo ya…

  2. Sierpes dijo:

    El mal romántico de fascinarse por los perdedores, las tragedias, el desorden, el caos, los individuos. El romántico no puede asimilar como humanas formas organizadas de proceder y los japoneses no nos engañan, por más que cada uno viva aislado en su mismidad no son descendientes de los primates, como nosotros, sino de las hormigas. A mí no me engañan, hace años que lo deduje.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s