Kyoto: un torrente de “sabidurida”

Llegados a este punto del viaje debo aclarar que la visita a Japón me la planteé desde un principio como algo residual, aprovechando la llegada hasta Vladivostok. Mis conocimientos sobre la cultura, la historia o la sociedad japonesa son muy, muy limitados, así que seguramente el lector no encuentre demasiadas cosas útiles en lo que voy a escribir, salvo un puñado de apreciaciones muy subjetivas y seguramente ya repetidas por otros hasta la saciedad. Hay excelentes blogs y páginas dedicadas a Japón en la red: los admiradores del país nipón son legión y las referencias sobre sus caras más tradicionales o futuristas son fáciles de encontrar. También debo decir que yo no me encuentro entre esos admiradores incondicionales, por razones que después diré, aunque sí realmente fascinado por algunas de sus maravillas. Vaya por delante que la actual sociedad japonesa y sus excentricidades no son algo que me interese especialmente.

"Me congratulaaaa... que visiten mi templo de sabidurida"

Y dicho esto debo confesar que con sólo poner el pie en el aeropuerto de Narita uno tiene la impresión de haber traspasado un umbral entre diferentes dimensiones. Adiós a la caspa y el cutrerío ruso, a esos asientos de skay granate resquebrajado por el sudor, ese mobiliario de formica setentero imitando madera, esa sospecha de poder encontrarte al doblar cualquier esquina con el osito Misha convertido en fumador de crack con barba de una semana. Todo en Narita es nuevo, reluciente, limpio, luminoso y ultramoderno. Hasta Picachu nos recibe en unos grandes carteles instalados en la estación de tren JR. También el control aduanero contrasta con la desidia rusa: pese a no necesitarse visado hay que rellenar varios formularios y garantizar que no se transportan mercancías prohibidas. Un amable agente de aduanas me requiere para abrir mi maleta y la registra concienzudamente.

Picachu nos saluda en Narita. Ya empezamos...

Más contrastes: los japoneses, como es bien sabido, son extremadamente amables. Ceremoniosos, diría yo. Por poner un ejemplo: los revisores de los trenes hacen una reverencia a los pasajeros al entrar y salir del vagón. Otro tanto sucede con las azafatas que transportan el carrito con comidas y bebidas: cuando ya han pasado el carro al siguiente vagón se vuelven y hacen una reverencia a los pasajeros del vagón que abandonan. La amabilidad del japonés se encuentra en todas partes y es raro obtener una mala respuesta o ver una mala cara ante cualquier petición de ayuda o información. Muy al contrario.

En el aspecto práctico debo decir que una herramienta utilísima para el turista extranjero es el Japan Rail Pass, un pase de la compañía Japan Railways que nos permite viajar en todos los trenes de la misma—salvo los ultrarrápidos Nozomi—por un precio fijo que ronda los 250 € para siete días (aunque hay pases para más días).  Con este pase podremos usar los famosos shinkansen o trenes bala japoneses—que, entre otros muchos destinos, unen Tokyo con Kyoto—además de una multitud de líneas de trenes expreso y locales. Esto último es importante, porque nos permitirá usar el transporte ferroviario local de Tokyo y su línea circular JR Yamanote, que a lo largo de sus 35 kilómetros nos lleva a los lugares más interesantes de la ciudad. Además, nos permite elegir un hotel en las zonas menos caras de Tokyo—como Ueno, donde me alojo—y movernos hasta otros destinos usando gratuitamente el tren, sin tener que recurrir al metro.

Embarcaciones para turistas en Arashiyama

Desde el aeropuerto de Tokyo tomo el Narita Express hasta la estación de Shinagawa, donde hago transbordo a un shinkansen Hikari que me llevará a Kyoto. Resulta impresionante la organización de los transportes japoneses: en el andén de la estación de Shinagawa, unos indicadores electrónicos nos señalan exactamente en qué punto se detendrá nuestro vagón y una marca en el suelo, debajo del indicador, nos muestra el lugar en el que hacer cola para subir a bordo. Cuando el tren llega, puntualísimo, el ajuste a las marcas e indicadores se realiza por centímetros: no exagero.  A diferencia de Rusia, toda la red de transportes japonesa cuenta con señalizaciones en inglés, tanto en las estaciones como en el interior de los propios vehículos—incluidos los autobuses.  La organización y la eficiencia se respiran en cada detalle.

El tren tarda casi tres horas en llegar hasta Kyoto, la antigua capital imperial y corazón cultural del Japón más tradicional. Sin embargo, tras salir de la estación de metro más cercana a mi hotel, la impresión es que me he equivocado de ciudad: neones, rascacielos, carteles luminosos, grandes avenidas atestadas de coches… Pero no, ésa es la otra cara de Kyoto, la ciudad moderna, absorta en sus negocios y en el dinero. Un poco decepcionado, me dirijo al Hotel Oaks, un buen alojamiento de estilo occidental de precio moderado, confortable, limpio, nuevo y con una buena y gratuita conexión a internet. La exploración de la ciudad habrá de esperar a mañana. Desde la ventana de la habitación la multitud de luce rojas y blancas de los coches, los neones y letreros luminosos se reflejan en el cristal.

Al día siguiente decido empezar por el distrito de Arashiyama, visitando el templo y jardines de Tenryu-Yi, de la escuela budista Rinzai y construido en el siglo XIV.

Linterna de piedra en los jardines zen de Tenryu-Yi

Ahí recibo el primer golpe del culto tradicional japonés por la belleza y debo decir que me deja casi noqueado. Si bellos son los pabellones y templos, mucho más los jardines zen, con su musgoso suelo, sus arroyos, fuentes, árboles y estatuas. Lo que veo me deja realmente sin aliento.

Templo budista de Tenryu-Yi

Ahora entiendo por qué Japón es y será un paraíso para los fotógrafos. A la entrada norte del templo paseo por el impresionante bosque de bambú, que filtra la luz del sol de una manera muy especial y donde el silencio es casi total. Garzas en medio de verdosos estanques con flores y nenúfares, vestidos tradicionales japoneses, sillas de mano y carros para llevar al visitante, jardines de arena. Llego a sentir que lo que veo me sobrepasa y lamento no haber preparado mejor el viaje a Japón, pues la sensación de quedarte sólo con el disfrute estético y superficial de algo tan impresionante llega a frustrar.

Por la tarde le toca el turno al distrito situado al pie de las montañas de Higashiyama. Todavía más espectacular que lo visto por la mañana, el templo de Nanzen-Ji, con sus monumentales puertas de acceso, te deja frente al budismo más grandilocuente y espectacular. Realmente curioso, que una religión basada en el dominio y la supresión de la voluntad y el deseo caiga de lleno en una grandilocuencia tan exagerada. De hecho, las interferencias en política de la cúpula religiosa budista han sido una constante en la historia de Japón, hasta el punto de forzar el traslado de la corte imperial desde Nara hasta Kyoto. Budistas afanosos del exceso, el lujo y el poder: parece otro ejemplo más de la máxima nietzscheana de que “quien lucha con dragones corre el riesgo de convertirse en dragón”.

La puerta de San-Mon, en el complejo budista de Nanzen-Ji

La sensación en Nanzen-Ji es de un esteticismo casi enfermizo, pero también de una masificación y comercialización totales. Apenas se puede dar un paso sin la turba de visitantes y las “aduanas” para ver hasta el último jardín se suceden una tras otra. Vamos, que mucha sabidurida, pero los yenes por delante siempre.

Mucho más seductor me pareció el templo de Honen-In, resguardado en el bosque de los montes de Higashiyama. Con el encanto de lo modesto, de lo solitario y recóndito, donde apenas un par de viejos se afanan en arreglar algunas partes del jardín y una estatua de Buda nos saluda al final de unas escaleras.

Para llegar hasta este apartado lugar hay que seguir el Sendero de la Filosofía, un precioso camino peatonal que transcurre junto a un canal, bordeado de árboles, setos y flores. Por lo visto, el camino ha llegado a llamarse así por ser el lugar favorito del filósofo japonés del siglo XX Kitaro Nishida para sus paseos. El camino es encantador, desde luego, aunque algunos tramos resultan demasiado transitados.

El Sendero de la Filosofía, a los pies del Higashiyama

Al final del camino, en dirección al Ginkaku-Ji o Pabellón de Plata—que encuentro ya cerrado—me topo con un pequeño santuario sintoísta. No es nada especial, ni siquiera figura en las guías y muy probablemente tiene una corta historia, pero me resulta especialmente atractivo. El concepto sintoísta del culto me resulta—paradójicamente—mucho más cercano que otras formas de religiosidad, más ampulosas y grandilocuentes. Así me pasa con las religiones monoteístas y también con los templos budistas: la grandilocuencia de una catedral gótica, una mezquita o un templo zen no están hechas para integrar al creyente en ellas, sino para ponerlo frente a la grandeza de la divinidad (y de la religión organizada, claro). El conjunto de libros sagrados es un corsé ideológico hecho para el control del pensamiento herético y, con ello, para garantizar el papel de los guardianes de la ortodoxia. Nada de eso existe en el sintoísmo. No hay apenas textos sagrados. Y los santuarios se integran en la naturaleza, buscando una fusión entre el creyente y ella, muy lejos de las imágenes de la grandiosidad de otras religiones. No hay un dios: hay una multitud de divinidades, millones de ellas. Todo es divinidad. Es decir, se trata de un panteísmo latente, que es la forma de religiosidad menos inaceptable para un agnóstico o un ateo. En ese rincón sintoísta—el Santuario de Hachi—donde estoy solo, un creyente puede sentarse y sentirse parte de cierta divinidad sin el recurso al dogma, al miedo, al proselitismo o a la imposición. Es realmente una religión curiosa: no en vano es la creencia natural y primitiva del Japón, antes de que el budismo penetrara desde china. Y también entiendo que Borges, en sus últimos años—seguramente influido por María Kodama—llegara a interesarse por el sintoísmo: él, un ateo atrapado en el solipsismo, la metafísica y los juegos con el infinito.

Los misteriosos faroles encendidos al anochecer en el santuario sintoista de Hachi

Se está bien, después de las masas de turistas, en la soledad del santuario sintoísta. Los faroles de papel están encendidos y en ellos se dibujan caracteres japoneses que supongo oraciones, dando al lugar un aura de misterio en medio del anochecer. En un corcho, los creyentes hacen peticiones al kami o divinidad a la que está consagrado el santuario (que no templo). Algunas en inglés: uno pidiendo suerte para los exámenes de ingreso en la Universidad de Columbia. Encuentro una petición en español: “Para que mi padre cure el maldito cáncer que padece”. La fe, desde luego, no entiende de fronteras.

En el santuario se me ha hecho de noche sin darme cuenta apenas. En Japón no siguen la costumbre del cambio de hora para el ahorro de energía y, además, tienen una hora menos que en Vladivostok, más al oeste, por lo que a las 18:00 ya es de noche. Vuelvo por el Sendero de la Filosofía, casi a oscuras—muy metafórico todo—y cientos de grillos cantan en las laderas del Higashiyama. Cuando llego al hotel estoy roto: muchas horas caminando se suman al cansancio ya no sólo físico que llevo acumulado a lo largo del viaje y me siento bloqueado por la experiencia de Japón. Creo que he llegado a un punto de saturación.

El día siguiente, aun cuando me quedan muchas cosas por ver en Kyoto, tengo por fuerza que dedicarlo a descansar, dormir y planificar las siguientes visitas. Ni la cabeza ni el cuerpo me dan ya para mucho más.

El Pabellón de Plata del Ginkaku-Ji, bajo la lluvia

El domingo termino la visita prevista al Ginkaku-Ji, el Pabellón de Plata. Y poco más puedo hacer, ya que la lluvia cae sin parar sobre Kyoto. Son muchas las cosas que me han quedado por ver en Kyoto: entre ellas, el famoso Pabellón de Oro, donde ya advierten que las visitas se acumulan en una marea humana, o Gion, el barrio de las geishas, o el santuario sintoísta de Fushimi-Inari. Pero me doy por conforme con no haber llegado hasta aquí hecho un completo zombie, sino sólo parcialmente. Quedará el resto, pues, para una posterior visita.

Sobre las 17:00 cojo de nuevo el shinkansen Hikari en dirección a Tokyo. Al poco se sienta a mi lado e inicia una conversación una chica japonesa. Se llama Masayo y ha trabajado tres años en el Reino Unido, por lo que maneja fluidamente el inglés. Me comenta que allí prefería la compañía de españoles e hispanos en general, porque le parecían mucho más amables y cálidos que el resto de europeos en general y británicos en particular. Es el efecto Nacho Vidal, sin duda. Le pregunto por Tokyo y me recomienda algunos lugares que visitar. Cuando le cuento mi viaje confiesa que le gustaría hacer algo parecido por Europa, pero sólo cuenta con diez días de  vacaciones al año. Y se considera afortunada. Vayamos tomando nota de cuál es el futuro que nos espera. Aprovechando la conversación con una nativa, le pregunto cuál es el significado de las linternas de papel en los santuarios sintoístas. Me confirma que tienen una función votiva: se compran.

El Sendero de Bambú, en Arashiyama

El santuario necesita donaciones de dinero y a quienes aportan cantidades suficientes les concede una linterna con su nombre, para que el kami les tenga presentes. Ello incluye, además, a empresas, corporaciones y demás. Extrañado, le enseño las fotos del santuario Hachi que visite y me lee lo que pone en las linternas: Banco de Japón, Japan Industrial Trust Company, Fuji Co. Ltd., etc… Me viene inmediatamente a la cabeza la expresión “esta misa ha sido patrocinada por Coca-Cola”.

Bien, está claro que la sabidurida tiene un precio. Pero seguramente salga más barata en un cómodo sofá de nuestra biblioteca.

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Una respuesta a Kyoto: un torrente de “sabidurida”

  1. PS dijo:

    Por lo que veo casi te da el sídrome de Stendhal (te perdonaré lo de considerar el viaje a Japón como algo residual… ya te vale, como si no supieras qué hacer con los días libres…). Que pena que no pudieras contarnos como es el Pabellón de Oro (claro, que si está tan masificado como la Alhambra perderá algo de encanto) o mejor, el barrio de Gion. Aunque es una buena excusa para volver (mejor en primavera, cuando florecen los cerezos). Los japoneses son ceremoniosos para todo sí, tienen la ceremonia del té, el ikebana, el seppuku… muy completos.

    Sé que te has quejado algunas veces de tu pericia con la cámara, pero tranquila, como dices Japón es el paraiso de los fotografos y las que nos muestras son estupendas. A ver que tal en Tokyo sensei.

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