Allí donde Yul Brynner aún fuma

Pasadas las 6:30 de la mañana, con el cuerpo bastante molido por las tres noches en el tren y las pocas horas de sueño de la última, deseando darme una ducha y coger una cama blanda y limpia, llego a Vladivostok. El Hotel Primorye está a un par de manzanas de la estación, pero aún es de noche y procuro andar con ojo en lo que se refiere a la fauna poco fiable que puebla las estaciones de tren rusas. A doscientos metros del hotel me para alguien con una capucha. Una señora, que me advierte—en un correcto inglés—que andar por esas calles de noche con el equipaje es peligroso, que me pueden robar. Le agradezco a la buena señora la intención, pero me quedo con ganas de decirle que pierda cuidado, que vengo del país que inventó el choriceo y, además, le puso corbata. Creo que no lo entendería.

Lenin todavía domina Vladivostok desde su pedestal frente a la estación de tren

Llego al hotel y una amable recepcionista con escasos conocimientos de inglés me dice que no podré usar mi habitación hasta, por lo menos, las 11:30. Bien, es justo lo que me hacía falta: descubrir Vladivostok en las primeras horas de la mañana sin apenas dormir. Desayuno y en poco tiempo estoy recorriendo la ciudad mientras las luces que anteceden a la salida del sol ya se dejan ver. La actividad en el puerto—con una vista de la estrecha bahía que me recuerda a la ría de Bilbao, llena de chimeneas, grúas y bruma—es frenética. Por fin, al término de una calle en cuesta veo el paseo marítimo: el Océano Pacífico. El viento frío sopla con fuerza desde el Sudoeste en esa hora que precede al amanecer. Decido cumplir un pequeño ritual y me enjuago la cara con algo de agua del mar, para despertar y a modo de “bautismo oceánico”. Es todo lo que pienso tocar de ese mar grisáceo y que, paradójicamente, parece poco pacífico.

Estación de Vladivostok: Locomotora cedida por USA a la URSS en el año 1942

Allí veo amanecer y, al regresar, el ritmo de la ciudad que comienza a despertarse. Los comercios comienzan a levantar las persianas y de todas las calles la gente desagua en las avenidas principales de camino hacia su trabajo. Cada vez más coches insuflan vida a su circulación. Vladivostok se despereza.

Por cierto que la cercanía de Japón se nota ya en las propias calles de la ciudad. Casi la práctica totalidad de los coches que circulan en ella son importados desde Japón… con el volante a la derecha. Pero como en Rusia se conduce igualmente por la derecha, el lío con el resto del país—aunque desde Tomsk o Irkutsk venía ya viendo coches con el volante a la derecha, sobre todo taxis—no es pequeño. El presidente Putin trató de poner orden en ese caos proponiendo la prohibición de los coches con el volante a la derecha y Vladivostok se puso al borde de la revuelta. Hasta un punto que obligó al antiguo agente del KGB a dar marcha atrás.

La de la Flota del Pacífico es otra presencia notoria en las calles de Vladivostok. No sólo por su museo, con el que me topo no lejos de la estación, o por la estatua de un almirante con aspecto de morsa (Stepan O. Makarov), sino por la cantidad de jóvenes rusos que, con sus camisetas a rayas, sirven en la Armada.

Después de hacer tiempo en un parque donde termino dando una cabezada tras otra, me dirijo ya al hotel. En él me espera alguna que otra sorpresa. El agua caliente no funciona. Después de tres días en el tren, una ducha era de lo poco que podía esperar. Llamo a recepción y me dicen que están de obras y que no habrá agua caliente hasta mañana. En un arranque de furia, Matías Prats toma posesión de mí: “¡¡¿Pero esto qué es?!!”. Resulta increíble que un hotel no pueda proporcionar agua caliente a sus clientes para una simple ducha. No pasa nada. Un español de verdad no se arredra por una ducha fría en el Extremo Oriente Ruso. Los hijos del Cid tenemos una piel que nos protege bravamente de todas esas cosas que los guiris no aguantarían ni diez segundos. Total, que decido no ducharme y me lavo la cabeza, usando agua y jabón como los gorriones por las mañanas en las partes más necesitadas. Triste es de pedir, pero más triste es de robar.

La otra sorpresa es que el uso de la red Wi-Fi es de pago y, para colmo, va rematadamente mal. Hasta el punto de que no puedo publicar en el blog la entrada que tenía preparada. Y 5 € por dos horas de conexión, menudo chollazo.

Tras descansar un poco en el hotel, por la tarde le echo un vistazo con más detalle a la ciudad. La preceptiva estatua de Lenin preside la plaza justo enfrente de la estación, aunque a diferencia de otras que he visto en el resto de Rusia, en ésta el líder bolchevique tiene una expresión exenta de idealización y aparece especialmente vehemente. Junto a la estatua, en el restaurante Republic, puedo reponer fuerzas y tomar una estupenda cerveza negra elaborada por ellos mismos.  No lejos de allí, una réplica de los almacenes GUM de Moscú con el mismo nombre vende todo tipo de souvenirs a los turistas, desde petacas con el escudo de la URSS hasta matrioshkas con los presidentes japoneses. Una camiseta muestra a Lenin haciendo una peineta con el lema “Fuck the revolution!”. Al lado, camisetas con la efigie de Stalin.

Grupo escultórico conmemorando a los luchadores soviéticos en el Extremo Oriente

En otra plaza, varios grupos escultóricos en bronce conmemoran la resistencia soviética en el Extremo Oriente durante la guerra civil. La misma grandilocuencia que en toda la estatuaria del realismo soviético o en el arte fascista.

Ciertamente, Vladivostok no cuenta con grandes obras arquitectónicas, ni museos destacados o bellezas naturales dignas de mención si olvidamos el océano, desde luego. Y aun así, sus playas y paseos marítimos no están especialmente cuidados. La ciudad no pasa de ser un bastión ruso de creación reciente (1863) más bien gris y poco atractivo, pese a que es una ciudad con bastante vitalidad y que crece a buen ritmo con torres acristaladas y bloques de nueva construcción y esmerado diseño.

Sin embargo, para los cinéfilos hay un rincón de la ciudad especialmente curioso: la casa natal de Yul Brynner, aquel calvorota que encarnó en el cine al orgulloso Tarás Bulba, además de otros papeles—incluido el western—en los que su peculiar físico y ladina sonrisa le hicieron inolvidable. Y es que Brynner pertenecía a una familia cosaca de las que se estableció aquí con la fundación de la ciudad. Desde luego, la casa en la que nació no es para nada una chabola, sino más bien un palacete de tres plantas. Sin embargo, no sé si sus paisanos han querido ser especialmente irónicos con su memoria: la placa que conmemora el nacimiento de Brynner en una esquina de la casa le muestra fumando un cigarrillo. Teniendo en cuenta que murió en 1985 de un cáncer de pulmón es, cuando menos, curioso. Pero es que, además, ¿a que no adivinan qué negocio hay instalado en la planta baja de la finca? Sí, una peluquería. Cachondos son…

Yul Brynner echándose un piti en la placa situada en la fachada de su casa natal

De regreso al hotel visito de nuevo la estación ferroviaria, que, además del monolito señalando el fin de la ruta transiberiana, exhibe una locomotora fabricada en USA y cedida a la URSS en 1942 en virtud de los acuerdos de préstamo y arriendo durante la Segunda Guerra Mundial. Parece una iniciativa típica de la era Yeltsin que no sé si hoy habría llegado a materializarse.

Y poco más queda por hacer en Vladivostok. Las horas que restan son casi una despedida de Rusia y la sensación de estar en tiempo de descuento lo invade todo. Al día siguiente, de mañana, un taxi me lleva al aeropuerto de Vladivostok, a una buena distancia de la ciudad. Cuando paso el control de pasaportes me recibe una guapa agente de fronteras rusa. Apenas presta atención al pasaporte y se dedica a comentar, intercalando algunas risas—jijiji—a una azafata algo relativo a un compañero que está en otro mostrador y con el que no para de cruzar miradas. Tanto temer la aduana rusa y no es más que otro ejemplo de su gusto por la burocracia y desinterés por la eficiencia. Tengo la sensación de que—como en Aterriza como puedas—si llego a pasar con un bazooka hubiera embarcado igual.

A punto de despegar, miro por la ventanilla y me despido con los ojos de Rusia y de un sueño viajero cumplido. Querría dejarlo en un hasta luego. El tiempo dirá.

Próximo destino: Japón. Vamos para allá a ver qué se cuece. De momento, un adelanto que les recomiendo no perderse.

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4 respuestas a Allí donde Yul Brynner aún fuma

  1. Capitán Trueno dijo:

    Ya me gustaría saber qué coño anuncia la caperucita del sol naciente porque la cosa tiene tela.

    Espero con mucho interés tus impresiones sobre Japón ya que ese pequeño salto geográfico me temo que es un enorme salto cultural. Lo suficientemente grande como para hacer unas buenas risas.

    No te perdonaremos que dejes de ir a una cafetería de esas atendidas por Lolitas en traje de época, ya que debe ser una experiencia friki de cojones. Los japos están realmente mal de la chota, lo que, sin duda, debe garantizar situaciones espectaculares.

    Hasta ahora tu viaje me causa mucha curiosidad, pero reconozco que lo de Japón me da auténtica e insana envidia. Sólo me queda esperar que dejes bien alto el pabellón español en algún karaoke. Ahí tienes que ir a por todas.

  2. Pues, aunque no te lo creas, Caperucita anuncia apartamentos. Eso sí, elegir para eso a unos bichos con tetas y a otro con elefantiasis (ni el caballo de Espartero se carga esa huevada) es una apuesta publicitaria arriesgada, sin duda 😛

    Te adelanto que ya me he colado (por error, desde luego) en una tienda de lencería japo… y sí, es para flipar. Mañana intentaré pasarme por Harajuku, la zona del frikerío lolita, a ver qué se cuece.

    Lo del karaoke sólo si me acompaña Scarlett con una peluca fucsia 😉

  3. Jumeana dijo:

    Pues pegamos un salto cultural de la hospe, a ver qué tal te va con la comida y con los hoteles en Japón.
    De repente me he acordado de “Humor Amarillo” o ” El Castillo de Takeshi”, donde te partías el eje viendo los tortazos que se pegaban aquellos orientales, haciendo pruebas ridículas que uno en su sano juicio nunca haría, jajaja.
    http://video.google.com/videoplay?docid=-2421412417067454375#

    Ya nos contarás, estoy en ascuas.
    Un abrazo.

  4. PS dijo:

    Gran final para tu aventura rusa. Nos queda Japón, ¡qué ansia! imagino que Kyoto sea espectacular, pero por lo que ‘mataría’ es por verte en harakuju rodeado de cosplayers. Y si son de Sailor Moon ni te cuento ;P. Te traerás un maneki neko de recuerdo, no?

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