Transiberíada

Cuando llegué a la estación de tren de Irkutsk, a las 6:00 de la mañana, el termómetro marcaba 0º. Caía una copiosa nevada. Los trapos de nieve, sin apenas darme cuenta, se colaban por el cuello de la camisa. En unos pocos minutos estás empapado y no te has dado ni cuenta. Me equivoco de andén y me quedo esperando a un tren correo que no llega, solo, bajo la nieve. Ya hay una buena capa cubriendo el pavimento. Cuando por fin encuentro mi andén queda sólo un minuto para que haga entrada el convoy: un número 8 que, supuestamente, debería ser un tren con grandes prestaciones.

Ni por asomo. Cuando llega me encuentro con la típica cafetera de la RZD atestada de gente y con esos asientos granates y mates de polipiel que me recuerdan a los viejos trenes de Reinosa. Nada más abrir la puerta del compartimento una peste a zorruno me noquea. Una señora de unos sesenta años ocupa la litera inferior del lado derecho. Encima de ella, un tipo calvo con una edad indefinida. Todo está oscuro y procuro hacer mi cama con la sola luz del pasillo que penetra por la puerta entreabierta. En unos minutos ya estoy mirando al techo del vagón, en la litera inferior izquierda. Me espera un largo viaje, a ver qué se tercia.

A la mañana siguiente—o esa misma mañana, más bien—me despierto ya sobre el medio día. Estamos en la estación de Ulán Udé, donde la línea principal transiberiana toma su desvío hacia Mongolia, Ulán Bator y, después, Pekín. La señora se baja y entran dos nuevos compañeros: un militar ruso de escasa marcialidad y un turista alemán sesentón. El alemán se sube sobre la cama del ruso en el lado superior derecho—en esos momentos el ruso había salido a estirar las piernas—para colocar su equipaje en los compartimentos superiores. Yo sigo sentado en mi litera. En ese momento se oye una voz en ruso dirigirse al alemán. No puedo verle la cara. El alemán ni le mira y le contesta en alemán: olé tus kartoffeln, Mein Herr. Le indico a la voz en ruso, a la que sigo sin ver la cara, que esa litera está ocupada. Cuando se agacha su dueño veo precisamente… al calvo que la ocupaba. Un tío con un inquietante parecido a Pepe Viyuela pasado de ciclos. Mejor no meterse con él. Pero he aquí que el sujeto cree que he sido yo quien le ha dejado la cama hecha unos zorros y se dirige a mí en tono amenazante. Yo le digo que no, que, como siempre, han sido los alemanes los que han invadido su lebensraum, que yo ni siquiera tuve familia en la División Azul. El alemán se hace el sueco. El ruso empieza a engorilarse y allí no veo forma de salir del embrollo, así que le digo sencillamente que no hablo ruso… en ruso. Craso error, porque resulta ser esto demasiado contradictorio para el interfecto, que se piensa que le estoy vacilando. Con las venas del cuello hinchadas y la cara roja se me acerca apretando los dientes. Puedo ver la punta de mi nariz reflejada en sus fundas de oro. Se da un golpe en el pecho y dice: “¡¡YO SÍ HABLO RUSO!!”. Bueno, vale, y yo catalán en la intimidad, pero tampoco es para ponerse así. El tío sigue gritando, así que me cruzo de brazos y un perfecto castellano le digo: “Pos fale” (total, no me va a entender le diga lo que le diga…) El menda pone cara de “gñe” y sale vociferando por el pasillo. Creo que va a llamar a la provodnitsa.

El Andrey antes de ponerse mazas.

Pero no, ha debido ir a relajarse al restaurante. Al cabo de unos cuarenta minutos vuelve. Durante el resto de la tarde la tensión se corta en el vagón. Nadie habla. De vez en cuando, los dos rusos cruzan alguna palabra suelta y el milico deja ver también sus piños de oro. Menuda plaga. Pues vaya con “los placeres comunitarios de los trenes rusos” que anunciaba la guía. No es que esperara una orgía con tres rusas tremendas, pero tampoco esto.

Ya por la noche, parece que el ruso se ha tranquilizado y dado cuenta de la jugada. Como particular modo de disculparse intenta iniciar una conversación. Lo típico: que de dónde soy, por qué sitios he pasado, adónde voy, etc. Como no me interesa tampoco mantener el ambiente encabronado durante tres días le voy explicando con mi poco ruso y la ayuda del diccionario mi plan de viaje. El tipo se llama Andrey. Y el milico, Vanya. El ruso le pregunta al alemán que cómo se llama, pero el otro ni papas de lo que le dice, así que hago de intérprete entre los dos y oficio las presentaciones. El alemán se llama Manfred, tiene 66 años y va hasta Vladivostok para pasar después a Korea. Para que digan de la diplomacia hispana: ni Chencho Arias. Al final, la cosa queda de medio buen rollo. Pues vale, vamos a llevarnos bien porque si no aquí van a caer hondanadas de hostias, como dijo ese gallego universal que no era Franco. Y Andrey, tío, la próxima vez que te pique algo le haces la caidita de Berlín a Manfred, pero a mí no me ralles.

Durante la noche, en Chita, la antigua capital de la Transbaikalia, Vanya abandona el convoy. Cuando me despierto por la mañana veo en su lugar a un chaval joven—no más de 22 años—que sigue durmiendo casi hasta las dos de la tarde. Cuando decide bajar a los asientos de abajo intercambia algunas palabras con Andrey. Es un chaval muy rubio, con escaso pelo ya, ojos azules de gato, bastante mazas y con su chándal Adidas impecable. Arreglao pero informal. Pese a que ni Manfred ni yo sabemos ruso se empeña en hacer las presentaciones y en hablar con nosotros. Parece un chaval majo. Se llama Sasha—diminutivo de Alexander—y va hasta Ussurisk, a un par de horas de Vladivostok. Viene de Ulán Bator, donde trabaja, y vuelve a su casa. Se pone a comer con un ansia canina y ofrece a todo el mundo. Le digo que “niet, spasiva” pero insiste. Me da unos “pirozhki”, especie de empanadillas rellenas de carne con cebolla. Después saca un pastel e insiste en darme un buen trozo. Y remata con una bebida especial que hacen en su pueblo y que parece agua con gas y un sabor un tanto particular. Dice que es muy sana. Pues vale, pero el caso es que me he puesto morado. Lo que se agradece, porque la RZD no da gratis ni agua en este convoy. Y en la estación de Jilok le compré a una babushka en el andén un bollo relleno con una salchicha, pero la cosa no dio para mucho.

Me quedo un poco incómodo por la generosidad del chaval, así que voy al vagón restaurante y traigo unas cervezas. Invito también a Andrey y Manfred, que lo agradecen y tratan de invitar a su vez. La tarde se anima y ya estamos hablando entre los cuatro, aunque no entendamos ni el 0,5% de lo que dicen los rusos. Fuera, la tormenta de nieve arrecia. Manfred tiene la teoría que la mejor forma para aprender ruso es el vodka: te tomas cuatro vasos de vodka y les entiendes todo. Los rusos parecen estar obsesionados con los coches, porque vuelven a preguntarme cuál es la marca española de automoción. Ganas me dan de decirles la Hispano-Suiza, pero no me queda más remedio que confesar que la SEAT. Pero esta vez, aleccionado por el Capitán Trueno, les digo que comparte patentes con los Lada y Fiat. Que si quieres arroz, Catalina: no han oído hablar de SEAT en su vida.

El tren, con origen en Novosibirsk, avanza hacia su destino en Vladivostok a través de la taiga

Nos animamos y empezamos a compartir las fotos del viaje. Sasha vacila a Andrey diciendo que es un “patriota siberiano”, lo que significa que no ha salido de Siberia en su vida. Efectivamente, no conoce Moscú ni San Petersburgo, así que mira con mucha atención las fotos que le enseñamos Manfred y yo. Sasha también saca su cámara y nos enseña: su novia, dice, una rusaca de 1,90, rubia y con minifalda que nos deja al alemán y a mí medio bizcos. Luego nos enseña su coche: un deportivo blanco tuneado del que se siente muy orgulloso. Nos cuenta que hace paracaidismo, parapente y submarinismo a gran profundidad. Es curioso: en España no dudaría en pensar que es un cani más, pero muy al contrario de nuestra fauna autóctona, Sasha es educado, cordial y parece un muy buen tipo.

Me enseña el solitario de oro que lleva en la mano izquierda y me dice que se va a casar con su Svetlana. Me pregunta si estoy casado. Niet, ni de coñosky. “¿Y eso?” me dice, “porque ya tienes muchos años para estar soltero”. Pues sí, de hecho debería haberme divorciado ya un par de veces. Me pregunta por qué no me caso.  Pues, Sasha, porque a mi gata le canta mucho el aliento como para casarme con ella. Se queda dubitativo y no se entera de que le vacilo hasta que ve a Manfred partiéndose el Eje.

Después hablo con el alemán sobre su viaje, sobre su larga carrera como viajero—lleva 40 años viajando, el elemento: ha dado la vuelta al mundo varias veces y me anima a hacer lo mismo: ahora a por la ruta A-66, Hawai, Tahití y de nuevo Japón—y sobre la situación actual. Me pregunta qué está pasando en España. Pues que somos un país de chusma, Manfred. Del país sede del Patio de Monipodio sólo puede salir una industria fuerte: el pelotazo, la corrupción y el robo. Le parece increíble que España tenga unos niveles de paro juveniles del 40%. Cuando le digo que en España los jóvenes ingenieros ponen copas o cobran 800 € no puede creérselo.  Me explica un poco el Plan Merkel en Alemania para frenar la sangría del desempleo y cómo la economía alemana está repuntando con fuerza. Asiento, pero le explico que donde yo nací es tan sólo, en palabras de Gil de Biedma, ese viejo país ineficiente entre dos guerras civiles. Se ríe con la ocurrencia, pero confiesa que es muy triste y desesperanzador condenar a toda una generación, robarle su futuro. Me cuenta que él está recién jubilado y encantado de la vida. Le felicito, pero le digo que seguramente yo no vea mi jubilación a su edad. O, simplemente, ni la vea. Me da la razón. A él le encantan los USA. Y de hecho su sueño tras el retiro es trasladarse a California, donde tiene muchos amigos. Pero me aclara que por ahora ha renunciado a ese sueño, mientras mantenga de gobernador a “ese gángster”. No obstante, me informa que en USA las vacaciones suelen ser de doce días… quien las tiene. Le confieso que me parece una excelente media y estoy ansioso por ver cuándo salta el charco y nos la aplican. No sabe cuántos días de vacaciones disfrutamos en España. Treinta, Manfred. Se extraña: “¿y te da tiempo a hacer un viaje tan largo en sólo treinta días?” Es que al día siguiente de volver del viaje me reincorporo a mi trabajo. “You are a hero!”, me dice riéndose. Sí, a local hero. Heroicidades así me las haría todas las semanas, si me dejaran. Pero lo que vamos a dejar mejor es el tema, que me estoy deprimiendo, Manfred.

Cuando apagamos la luz del compartimento me sorprendo de lo que han cambiado las cosas en tan sólo 48 horas. Cómo lo que empezó casi como una bronca a tres bandas terminó en buena camaradería y risas en torno a unas cervezas. Pues, al final, va a ser verdad lo de los placeres comunitario de los trenes rusos. La persiana del compartimento sigue abierta mientras estoy tumbado en la litera y veo el cielo estrellado del Extremo Oriente ruso. Ha sido un buen día.

Al siguiente, con el cambio y la mejora del tiempo—la influencia del océano empieza a sentirse: ha desaparecido la nieve, sale el sol y el ambiente vuelve a ser tibio—comienza  el goteo de despedidas. Andrey se va de madrugada. Manfred en la  sobremesa, con parada en Khabarovsk. En lo que queda de día ocupan fugazmente el compartimento algunos personajes: un joven y silencioso miembro de las fuerzas aéreas rusas; una niñata con aires de princesa, de ésas que han asumido la extraña creencia de que mean Chanel nº 5: Sasha intenta hacer las presentaciones pero ella rehúsa con un gruñido; y Yurak, un curioso individuo de unos sesenta años que tiene dos habilidades peculiares: la primera es no callar. Ni idea de lo que dice, pero siempre está hablando con el mismo tono cansino, monótono e incesante. Su segunda cualidad es que ronca como una motosierra. Es todo un campeón del ronquido, el tío. Juraría que me deja tirado por goleada. Ni con los tapones en los oídos dejo de oír el serrucho de Yurak.

En la madrugada del tercer día, hacia las tres de la mañana, le toca el turno a Sasha. Me da su móvil y me dice que si tengo algún problema en Vladivostok, que le llame. Gracias, hombre. Se queda mirando unos segundos por el compartimento, como buscando algo. Abre sus bolsas y saca un tupper lleno hasta el borde de caviar. Me lo da. No jodas, Sasha, que esto vale una pasta. No acepta el rechazo: que me lo coma, que es del mejor. Se despide con un gesto como de “¡Viva Rusia, cabrones!” y le devuelvo el guiño. El Sasha: un tío Grande de todas las Rusias.

Y así, las últimas horas antes de llegar a Vladivostok las paso en silencio, mirando por la ventana. Fuera es de noche cerrada aún. Se adivina el Océano Pacífico por la espuma blanca de las olas que casi lamen las ruedas del tren. Debemos marchar a no más de 20 metros del mar y casi a su mismo nivel. La luna está en cuarto menguante, pero aun así se aprecia el cinturón de Orión perfectamente. Y Venus, de nuevo, el lucero del alba.

El símbolo del "jubileo" transiberiano: la columna en la estación de Vladivostok indicando los 9.288 kilómetros desde Moscú.

Se acaba mi aventura transiberiana. Voy a llegar al kilómetro 9.288 desde Moscú, al famoso monolito con el que uno siente haber ganado este particular jubileo transiberiano. Confieso que pese a las ganas de pisar tierra, de llegar al hotel, de darme una ducha, de descansar…  siento cierta tristeza al pensar en apearme del tren, en dar por terminado esto. Pienso en mis compañeros de viaje, desde el viejo aficionado a la pintura de Durero hasta Sasha, pasando por un montón de gente, mejor o peor. Esos minutos antes de que la provodnitsa abra la puerta del compartimiento y anuncie el fin del trayecto me hacen pensar en por qué una de las primeras creaciones literarias que el hombre compuso fue sobre un viaje: la Odisea. Y como el viaje nos parecerá siempre la metáfora más obvia de la vida. Escucho de nuevo a Borodin y su In the steppes of Central Asia. Sin darme cuenta, se ha convertido para mí en la banda sonora de Rusia pasando por delante de mi ventanilla durante miles de kilómetros.

Son las seis y media de la mañana. En Vladivostok ya se empieza a ver el horizonte ligeramente coloreado. Salgo a echar una ojeada al vagón. Está prácticamente vacío, aparte de la provodnitsa.

Me he quedado solo en el compartimiento. Pero yo sigo hacia el Este.

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4 respuestas a Transiberíada

  1. Sierpes dijo:

    Te voy siguiendo, aunque hace unos días que estoy muy liada con los últimos preparativos de la exposición y algunos percances familiares de escasa gravedad pero de gran nivel de tocadura de ovarios.

    No tengo muchas palabras. Supongo que el alemán debía estar flipando con lo que le contabas de España. No sé si desde fuera se tiene la misma perspectiva que desde dentro o creen realmente que ha existido un “milagro” español.

    Bravo por Sasha y su rusa. Parece un buen tipo.

    • Pues ya siento lo del percance familiar: por leve que sea, espero que la tocada de ovarios cese pronto. Y que la exposición fotográfica salga estupendamente. Que saldrá: de lo que he visto de tus fotografías no cabe esperar otra cosa.

      Ya me gustaría haber tenido a mi disposición tus conocimientos en fotografía para haber podido sacar mejor partido a todo lo que he visto. Si de algo no estoy satisfecho en el viaje es de mis limitaciones con la cámara: cada vez las veo más y me dan más rabia. Rangos dinámicos muy amplios, que me queman los blancos o subexponen los negros, las malditas paralelas de la fotografía de edificios, deformados por la lente, composiciones que no terminan de gustarme… En fin, cada vez me disgusta más ver mis fotografías. Voy a tener que ponerme las pilas.
      En cuanto a la percepción que de España se tiene fuera, en lo que yo he percibido, pocos extranjeros son conscientes de la profundidad de la crisis española y sus efectos dramáticos especialmente en los jóvenes. Les llegan pinceladas, datos sueltos, pero no se hacen una idea global que responda al “qué, cómo y por qué”.
      Eso sí, lo del milagro ya no se lo creen ni en Zimbabwe. De hecho, Volodya me preguntaba cómo es que con los datos macro de la economía española no nos habían echado aun del euro. Lo que nos/les queda por ver aún…

  2. PS dijo:

    Desde luego los compañeros de vagón son de lo mejor de la ruta. Ole por Manfred y sus kartoffeln, y por Sasha, claro. (Cerveza y caviar gratis! Ah, que son las 12.30 y saliveo!).

  3. Jumeana dijo:

    Tú lo que estás haciendo es papear que da gusto en ese tren, vas de tupper en tupper, hay que ver…., un tupper de caviar!!!!!

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