La cabaña del fin del mundo

Cuando pongo el pie del andén de la estación de Irkutsk estoy tan cansado que la sola idea de esperar varias horas cargado con el equipaje a que salga el primer autobús hacia Listvyanska, a 65 kilómetros de la ciudad en la orilla occidental del Lago Baikal, hace que se me dispare automáticamente el “modo hibernación”. Así que no me lo pienso mucho cuando un viejuno con un sorprendente parecido al “búfalo” Spasic se ofrece a llevarme al pueblo ribereño por un precio ajustado. Vamos para allá, que no tengo el cuerpo para fiestas.

A medida que el coche—otro trasto soviético—abandona la ciudad, la taiga se nos va echando encima, a ambos lados de la carretera. Hay grandes rectas con pronunciados cambios de rasante, pero a los conductores que vienen en sentido contrario eso no parece importarles mucho: apenas unos pocos cambian las luces largas por las cortas y el viejo se me deslumbra. El coche empieza a sonar como si estuviera a punto de entrar en ignición y ya estoy por decirle que vaya más despacio cuando me fijo que la aguja de la velocidad marca 80 kilómetros por hora. Me vuelvo a reclinar en el asiento de atrás. Para amenizar un poco la espera el tipo pone a todo trapo un CD de un cantante melódico ruso tipo “trolololo”. En ese preciso instante me viene una ráfaga de lucidez: ¿qué cojones hago en medio de Siberia a las 6:30 de la mañana con Spasic en un coche destartalado oyendo a un friki cantante ruso?

Afortunadamente, recupero pronto mi enajenación mental habitual: en cuanto, al doblar una curva, veo por primera vez el Lago Baikal. Es realmente impresionante. Diría que hasta acojona un poco. En el horizonte ya se están empezando a colorear de naranja las nubes más cercanas y el efecto sobre el lago es sobrecogedor. Es un mar inmenso y oscuro. Basta con saber que, pese a los caudalosos ríos rusos, el Baikal supone el 80% del agua dulce de Rusia para hacerse una idea de su entidad. Los rusos se sienten orgullosos del que es llamado el lago más profundo del planeta.

El Lago Baikal desde las escaleras de mi chamizo.

Spasic se lía un poco buscando el hotel familiar en el que he reservado: el Deverenka, un conjunto de cabañas de madera al estilo siberiano que se sitúan justo sobre el lago. No obstante, el hombre pone buena voluntad preguntando aquí y allá y, finalmente, me planto en la puerta de la finca Deverenka, donde dudo mucho que a esas horas vaya nadie a recibirme aún. Al menos podrán recoger mi equipaje. Pero me equivoco. Ésta es una de esas veces en las que las guías aciertan de pleno, y Andrew, el dueño del negocio, es un tipo amable y simpático que no duda en coger mi maleta, acomodarme en mi cabaña y ofrecerme un café. El cansancio se me debe notar en la cara más de lo que creo.

La cabaña en el Deverenka es mucho más de lo que uno puede esperar por 37,5 € la noche. La vista del lago desde la ventana es fantástica. Y el interior, de sobria madera siberiana, donde ya me está esperando una estufa eléctrica encendida, es de lo más acogedor. Lógicamente, no tiene ningún lujo, la ropa de cama y el mobiliario son modestísimos, pero es lo que uno espera de una cabaña. Incluso tiene una pequeña chimenea con la que combatir el frío de las severas noches siberianas. Es el sitio ideal para pasar un fin de semana en plena nevada con la Svetlana de turno y me recuerda a la habitación de madera donde tienen ayuntamiento John Gilbert y Greta Garbo en La reina Cristina de Suecia.

A mí, que soy bastante más austero y menos romántico, me sirve para roncar sin límite de decibelios ni rusas incordiantes hasta las 12 del mediodía. Lástima: cuando despierto, está lloviendo. El día está muy crudo, con un cielo plomizo de nubes bajas que casi puedes tocar con los dedos. Mi idea de fotografiar la luna llena sobre el Baikal se ha ido al traste. Otra vez será.

El interior de la cabaña en "Deverienka"

Cuando salgo a cambiar dinero—otro consejo: ni se les ocurra cambiar en España. El cambio en Rusia es bastante más favorable con euros en el bolsillo—bajo la lluvia el pueblo me recuerda a esa desolación de los centros de veraneo en invierno, como Somo. Apenas se ve gente por la calle. Tal vez alguna babushka que viene de hacer la compra en el súper cercano o algún otro despistado.

El pueblo es el más cercano a Irkutsk en la orilla del Baikal, así que en los meses veraniegos se convierte en un centro vacacional para media Rusia, especialmente los fines de semana. A partir de la segunda quincena de septiembre la actividad turística decae, sumiéndose en este letargo otoñal que ahora se vive. Por otro lado, el pueblo no es más que una breve línea de establecimientos hosteleros en la primera línea frente al lago y un pequeño núcleo de casas campesinas encajonadas en un breve valle perpendicular a la ribera. En total, 1.700 habitantes. No hay ni una oficina bancaria. Sólo puede cambiarse moneda en el Hotel Mayak, un establecimiento de tipo occidental hecho a la medida de los nuevos ricos siberianos y sus congresos. Decido quedarme—y equivocarme de nuevo—a comer en su restaurante, caro y nada especial. La camarera, una rubita impresionante con traje típico siberiano, minifalda rústica y dos trenzas, me urge a terminar la comida—viene incluso a servirme el té de la tetera que tengo encima de la mesa con tal de que acabe antes—para acomodar a los trajeados asistentes a un congreso o mandanga similar. No me doy mayor prisa, pero gracias a ello se queda sin propina.

Cuando la comida termina y salgo de nuevo a la calle ha dejado de llover. Eso me permite explorar un poco el pueblo y sacar un par de panorámicas del Lago Baikal que veremos cómo quedan cuando las procese en casa. Unos rayos de sol se cuelan por el blindaje de nubes e iluminan la superficie del lago, contra el que se ven las cumbres nevadas de los montes Kabar Daban. Del otro lado, arroyos, casas campesinas de madera y taiga.

Un ternero me observa, curioso, al lado de la iglesia de Listvyanka.

El viento comienza a arreciar de nuevo y decido volver a mi cabaña, donde me pongo cómodo. Me encuentro muy bien aquí. Una lástima no haber reservado un par de días más: habría sido el paréntesis ideal en medio del ajetreo del viaje. Queda anotado para cuando me haga la línea BAM (Transbaikal-Amur) en otra ocasión. Una de las cosas que más lamento del viaje es no haber podido disfrutar más de la naturaleza rusa, que es una verdadera maravilla. La estepa, la taiga o la tundra, la exuberante vegetación de la zona del río Ussuri, Kamchatka, la isla de Olkhon, etc. La BAM es, sin duda, la línea ideal para algo así, muy lejos del tránsito turístico de las principales secciones transiberianas.

Mientras tanto, tendré que conformarme con la naturaleza entrevista en Listvyanka. Por lo menos es un excelente anticipo. Ahora mismo son las 23:30 y no se oye ni un solo ruido, salvo el viento filtrándose por los cristales y enredando entre los árboles.

Listvyanka: un arroyo corre entre la taiga.

A la mañana siguiente tengo un invitado esperándome en la puerta de la cabaña: el invierno siberiano, que ha decidido no esperar a que el otoño levante el culo. Fuera hay una tormenta de nieve con muy mala pinta, sobre todo si tenemos en cuenta que el punto de salida del autobús está a más de veinte minutos andando, enfrente del Hotel Mayak. A unos doscientos metros del hotel paro en un punto de información que expone los horarios de los autobuses hacia Irkutsk en sus cristales: bien, son las 12:15 y el siguiente autobús no sale hasta las 15:00. Con todo el equipaje a cuestas y en medio de la tormenta no es cuestión de quedarse en la calle, así que entro en el Café Podlemore y pido un té. El sitio es tranquilo y sólo un matrimonio mayor pica algo en una mesa cercana. El estilo es el mismo de todos estos locales siberianos: todo realizado en madera pero con cierto toque desangelado en peuvecé. Como quedan casi tres horas para la salida de la marshrutka—un microbús bastante más rápido que sus congéneres de mayor tamaño—hacia Irkutsk decido quedarme a comer ahí. Un pájaro muerto, probablemente de frío, se ve en el felpudo, a través de los cristales de la puerta.

En medio de la tormenta irrumpe en el restaurante una alegre muchachada muy formalmente vestida que acaba con la tranquilidad del ambiente. Detrás de ellos entra un pavo con una cámara de vídeo y una tipa dispara fotos sin parar: es una boda siberiana. Es bien conocido el gusto de muchas mujeres por disfrazarse de princesas Walt Disney style o bolsita de garrapiñadas con gasas en “el día más importante de su vida”, con resultados generalmente dudosos, pero que en este caso tienen bastante de ciertos. El estilo de esta novia es exageradamente repollero, con una especie de miriñaque que casi le impide entrar por la puerta. Los hombros los lleva cubiertos con algo parecido a una estola que pretende ser de armiño pero que recuerda demasiado a la de los Reyes Magos de los grandes almacenes. Lo más chocante es que con el frío que hace el corpiño no impide que se congele… y se ha puesto una chupa negra debajo de la estola blanca. Ahí, ahí, marcando estilo. Lástima que para la sesión de fotos se quite la chupilla, porque sería un recuerdo imborrable de su particular “día D”.

La boda es más bien pequeña. No más de treinta personas. Y el menú no tiene nada que ver con los pantagruélicos banquetes españoles: mucha bebida, mucha ensaladita, pero no demasiada sustancia. Al menos en lo que tuve la oportunidad de ver. En mitad de la comida y después de varios “que se besen, que se besen”—esto parece ser universal—se reparten unas flores de cartulina de las que cada invitado arranca una hoja. Después, por turnos, se la leen al novio y él contesta, con lo que el personal se ríe bastante. Supongo que le plantean situaciones en su futura vida de casado y comprueban su hipotética reacción. Espero que no le pregunten qué haría si se encuentra a Scarlett Johansson en su casa, desnuda, tomando un baño de espuma. Porque de una pregunta así sólo se puede salir como un hipócrita o como un recién divorciado.

Termino mi comida dejando una pequeña propina a la camera por su ayuda para traducir la carta al inglés—no sé por qué la guía dice que el servicio del Podlemore es desconcertante: a mí me ha parecido muy atento y eficiente—y cojo por los pelos la marshrutka a Irkutsk. De hecho, me para en ruta. Costumbre curiosa en estos transportes: se paga al finalizar el viaje, no cuando se entra. A las 16:15 llego a Irkutsk y desde el taxi al “Hotel Angara” veo una ciudad bastante caótica, abigarrada y sucia. Había leído comentarios poco halagüeños de Irkutsk y veo que no mentían. No obstante, el hotel es curioso, sin lujos pero sin grandes deficiencias, y sirve para echar una buena siesta.

Mañana a las 6:45 empezará la última etapa del viaje transiberiano, que concluye en Vladivostok. Sesenta y nueve horas seguidas de viaje para abandonar Siberia, atravesar Transbaikalia—con capital en Chita—y llegar al Extremo Oriente ruso, la región del río Ussuri: la tierra de Dersu Uzala.

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4 respuestas a La cabaña del fin del mundo

  1. Usky dijo:

    Hola primo
    Que caña de viaje, que envidia (de la sana), espero que disfrutes de la tierra de los samurais tanto como de las de los escitas.

    • Ya estoy preparando las entradas correspondientes a Japón. Ahora mismo estoy en Tokyo, después de haber visto Kyoto y te puedo adelantar que lo he disfrutado mucho. Impresionante. Aunque reconozco que la tierra de los samurais me descoloca completamente. Por un lado fascina, por el otro repele… A ver si en las próximas entradas logro explicarme un poco.

      ¡Saludos, primo!

      P.D. He visto un montón de niños pequeños en el Transiberiano, así que coartada ya tienes… 😉

  2. Jumeana dijo:

    Pues la cabaña y su entorno me ha encantado, parecía muy acogedora y no necesitar más para estar cómodo, ahora.. eso de que empezase a nevar.., mira tú que ya has probado una “cellisca” siberiana, no está mal, tiene que haber de todo en un viaje, aunque yo en este caso hubiera durado medio segundo antes de la congelación…

    Interesante tu post gastronómico, quitando el garbanzo negro de la Viagra del Sultán, veo que hay cosas interesantes, aunque lo del oso…., pero tú de pequeño no viste Jacky y Nuca?, ni el osito Mischa?…, cómo pudiste!!, definitivamente tu curiosidad es mayor de la que pensaba, jaja.

    Me está gustando un montón el blog, hasta la próxima entrada entonces. Espero que tengas buen viaje, sesenta y nueve horas seguidas no son moco de pavo, a ver qué compañeros te tocan, lo de la Matanza de Texas me llegó…, jajaja.

    Un abrazo.

  3. Capitán Trueno dijo:

    Muy interesantes estas entradas (bueno, todas, pero estas son nuevas). Me temo que la gastronomía rusa la dejo para otra vida, que yo odio la sopa, como Mafalda.

    Si viste aquella añeja película -coproducción española de los setenta- pànico en el transiveriano”, entre los pasajeros había extraños zombies carnívoros o algo parecido. No pierdas la esperanza que te quedan kilómetros.

    Un abrazo. PD: No ronques mucho, la próxima vez puedes despertarte abandonado en la taiga, lo que debe ser un plan muy chungo.

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