El largo camino a Irkutsk

Casi treinta y dos horas de tren, entre Tomsk e Irkutsk, me esperan en un convoy que supera el número 600, cuyo segmento principal lleva hasta Barnaul, en tanto algunos vagones—entre los que se encuentra el mío—engancharán otra locomotora hasta su destino final en Chita. En la estación, algunas caras conocidas ya de otras etapas. Pero, sobre todo, mucho militar. Un montón de chavales jóvenes—y algunos ya veteranos, sus oficiales—uniformados se agolpan en los andenes de la estación esperando que el tren les lleve a algún punto del Cáucaso. La banda de música les despide tocando El adiós de la mujer eslava, una de las marchas militares rusas más conocidas e inspiradas. Las familias les despiden y hay las compresibles lágrimas: es un destino difícil, arriesgado, para un chaval. Pero permite abreviar el tiempo de servicio en el ejército hasta menos de la mitad, así que no faltan los voluntarios. Por ahí andará algún príncipe Vronsky yendo a tomar el tren para luchar contra los turcos y pagar su culpa en la muerte de Ana Karenina. Aunque si Tolstoy escribiera hoy día seguro que hablaría de la princesa Vronsky. Un verano con Vronsky.

Llego el primero a mi compartimento y me estiro cual Godoy en el retrato goyesco, cruzando los dedos para ver qué compañía me cae en suerte, si es que viajo acompañado. Pues va a ser que sí. No ha pasado un minuto desde que mis posaderas se han acomodado al asiento y entra por la puerta una pareja joven con una niña de no más de un año, superlativamente rubia y con unos ojazos azules preciosos. Acto seguido entra otra tipa con mochila en el compartimento. Vaya, pues esta vez vamos a viajar cinco personas. Hacemos las inevitables presentaciones: la mochilera es una treintañera suiza echada a la aventura transiberiana. La pareja la componen Pavel, un ingeniero industrial de 30 años, de Tomsk, que trabaja en una central eléctrica de Kranoyarsk, y su mujer. Pavel agradece la oportunidad de poder hablar inglés y se muestra abierto y locuaz. Aunque su inglés es tan malo que no termina una sola frase y es difícil oírle empalmar más de tres palabras seguidas. Pero aun así, la conversación es interesante. Le preguntamos por algunas curiosidades de Tomsk.

Un caza soviético derriba un Stuka alemán en un grafiti prosoviético en Tomsk

Pronto sale el tema de la época soviética, por el que la suiza está interesada. Sí, claro que Pavel se acuerda. Perfectamente. De hecho, Pavel constituye el contrapunto a la opinión mi amiga Nadia. Él también era pionero, pero el día que la URSS se disolvió sacó su pañuelo para destrozarlo. Su abuela había sido maestra en la época de Stalin y se las había apañado para dar catequesis a los niños. No de manera oficial, pero en general el régimen hacía la vista gorda con la Iglesia: ambas instituciones, comunistas y religiosos, habían llegado a un acuerdo de mutua ignorancia. Le pregunto si encuentra alguna contradicción entre los grafitis prosoviéticos, la estatua de Lenin en la rotonda y el Museo sobre la Represión, los monumentos a los masacrados en Katyn y las víctimas del stalinismo en Tomsk. “Bueno, Lenin era un terrorista. Un terrorista, sin más”. Entonces de Stalin ni hablamos, ¿no?  “¿Qué puede esperarse si el uno era amigo del otro?” Estoy de acuerdo con él, pero sólo parcialmente. Claro que Lenin era un terrorista: de hecho había reconocido el terror como arma política utilísima. Aunque no sólo él, claro. Intento discutir con Pavel sobre los aspectos contradictorios de las dictaduras, incluida la soviética: “¿no crees que resulta muy decepcionante para la ética individual que las dictaduras hayan mostrado aspectos positivos y útiles, que hayan sido decisivas en el curso de una nación? Por ejemplo: que sin el primer Plan Quinquenal de Stalin, que tantas víctimas causó, pero que supuso una verdadera revolución industrial acelerada para la URSS—a costa de un inmenso sufrimiento del pueblo ruso—jamás el país podría haberse convertido en esa potencia industrial y armamentística que, desde los Urales y Siberia, escupía tanques y aviones a millares con los que pudo derrotar a la Alemania nazi?” Pavel duda, pero responde: “Ya, pero la guerra no la ganó él solo. También estuvieron Zhukov, Koniev, Rossokovsky, etc.” La suiza asiente en silencio.

Una mendiga ilustra otra parte del grafiti prosoviético de Tomsk con la palabra "victoria". Espero que no hayan abusado de la ironía con un "Hasta la victoria siempre"

Decido no insistir más en el tema. Pero el argumento de Pavel es el asumido con entusiasmo por todas las sociedades que han experimentado dictaduras sangrientas: lo negativo de las dictaduras se debe exclusivamente a la maldad intrínseca, a la monstruosidad moral del dictador, mientras que lo positivo es una obra colectiva donde “el pueblo” sí participa activamente. Lo que implica que las dictaduras se deben, en última instancia, a que Hitler estaba loco, Stalin era un paranoico sociópata y Franco un enano barrigón sádico y acomplejado. Porque, como es bien sabido, ningún alemán votó a Hitler en 1933, no hubo tumultos con decenas de muertos en el velatorio de Stalin, deseando dar el último adiós al Padrecito de todas las Rusias, ni nunca estuvo la Plaza de Oriente atestada de gente.

Reducir un análisis histórico a una dimensión moral es una trampa de la peor especie. El análisis de las sociedades y grupos humanos nunca—y menos retrospectivamente—puede hacerse sobre el criterio de la ética individual, porque ese tipo de procesos se mueven en su propia esfera moral—o amoral, si se quiere—y corremos el riesgo altísimo de falsear los resultados. Sería como si en un laboratorio de análisis clínicos dieran negativo a todos los que les caen bien y positivo a los que se les cruzan. Si adoptamos un criterio moral nunca vamos a entender por qué surgió determinada dictadura, a quién benefició, a quién perjudicó, en qué triunfó y fracasó y qué papel tuvo en la historia de ese país o del mundo. Reconozco que al principio, cada vez que discutía estos temas desde mi óptica profesional me quedaba un regusto amargo muy parecido al de a quien acusan de cinismo. Pero por mucho que después lo he pensado sigo creyendo que es la forma correcta de analizarlo y no es precisamente la que peca de hipócrita o políticamente correcta. Espero equivocarme, pero no creo que tardemos mucho en comprobar los peligros del análisis idealista en un avispero como Afganistán.

Cierro el paréntesis histórico-filosófico que el lector puede saltarse perfectamente—sí, lo sé: eso debería avisarse antes—con la confirmación de Pavel de que, efectivamente, en Siberia se ha conservado hasta fechas muy recientes la costumbre de fotografiar a los muertos. Por mucho que intento afinar mi oído no logro entender mucho más de su explicación en russinglish. Me quedo con la indicación de que la colección fotográfica descubierta en Novosibirsk no es una excentricidad.

Pasadas las 6 de la tarde el convoy llega a Taiga, donde nuestros vagones se desenganchan esperando una nueva locomotora. Nada más y nada menos que cuatro horas de espera. Pavel nos confiesa que su gran sueño como ingeniero sería construir una carretera que enlazara Tomsk, la antigua capital de Siberia, con el extremo oriente ruso, con Vladivostok. Le pregunto si no cree que modernizar la red ferroviaria con líneas de alta velocidad sería también interesante. Me contesta que la red ferroviaria rusa es en general muy buena—decido callarme, pero seis horas para recorrer los apenas 200 kmts. entre Novosibirsk y Tomsk no me parecen un ejemplo de eficacia y rapidez; ni las cuatro horas que nos estamos chupando en Taiga—y que aunque Putin está haciendo algunos esfuerzos por promocionar la alta velocidad, la gente lo ve como una iniciativa populista. Pavel no sabe por qué me río, pero Revilla seguro que sí.

Con cuatro horas de espera decido salir a estirar las piernas por la estación. La noche está hermosa. Hay una luna llena espectacular que recorta el perfil de la taiga en el horizonte. Pero la temperatura está bajando rápidamente, así que vuelvo al tren y decido cerrar las persianas por ese día. El sueño, sin embargo, no es bueno. Cada cierto tiempo mi rodilla se da contra algún hierro o similar de la litera baja, donde me acuesto. Miro bien todos los componentes de la litera pero todo está en su sitio. Una de las veces, cuando siento el golpe, me apresuro a mirar y veo algo moverse: ¡es el brazo de la rusa! ¿Estará intentando meter mano o algo? Va a ser que no: simplemente, algunos oídos demasiado sensibles no están acostumbrados a mis dodecafónicos ronquidos, inspirados—y expirados—en la música de Arnold Schönberg y la Segunda Escuela de Viena y de vez en cuando me arrea un viaje cual mula vieja a ver si despierto. Esta gente a la que no le gusta la música contemporánea es lo que tiene, que son todos unos raros y unos intransigentes.

Supongo que mis habilidades para la pequeña música nocturna mozartiana no me han convertido en el más popular del compartimento, porque al día siguiente la suiza apenas me habla. Eso te pasa por viajar sin tapones para los oídos, guapa. Yo siempre los llevo, para que no me despierte uno que ronque más fuerte que yo. Tontunas aparte, el resto del viaje cae rápidamente hacia lo tedioso. Unos minutos después de apearse Pavel y su familia en Krasnoyarsk cruzamos el impresionante río Yenisei, donde algunos madrugadores ya echan sus cañas de pescar. En Uyar se sube una réplica siberiana de la familia de La matanza de Texas. Son cinco miembros, al menos. La madre, de quien prefiero no decir nada, queda en otro compartimento. Y junto con dos hijos—dos gañanes como jabalíes de grandes—se cuela en nuestro compartimiento el padre. Un tipo con el pelo corto, casi cortado a cepillo, bigote y cara enrojecida, nariz aplastada y rasgos de boxeador. No es especialmente alto, pero tiene unas espaldas como un hipopótamo y una de las barrigas más grandes que he visto en mi vida. Es de una semi-esfericidad casi perfecta, como el caparazón de una tortuga gigante dado la vuelta y pegado debajo del pecho. El tipo se sienta justo enfrente de mí con las piernas abiertas y sus dos retoños—de unos 25 años cada uno, si no más—junto a él, jugando a la Play o lo que sea eso. Vuelve a haber cinco personas en un compartimento de cuatro. Y qué cinco. Cuál gritan esos malditos, como decía Zorrilla. La familia de marras no deja de entrar y salir, berrear y pisar a todo el mundo. Es como si los cinco o seis miembros no pudieran estar en distintos compartimentos, sino siempre juntos, dando por saco.

La taiga vista desde el tren, poco antes de llegar a Taishet, cabecera de la línea BAM

Decido levantarme e irme al vagón restaurante, a ver si me quitan un poco el hambre. Craso error. El vagón restaurante de un convoy transiberiano—al menos según mi experiencia—es la mejor manera de pagar una comida mediocre a precio de oro. Hasta yo cocino mejor: con eso lo digo todo. Pero al menos, al regresar a mi compartimento, la familia Monster ha desaparecido sin dejar rastro, de lo que me congratulo enormemente. El resto del día pasa entre Tolstoy y largas cabezadas. No tardo en cerrar el libro e irme a dormir definitivamente.

A eso de las 3 de la mañana me despierto y por la ventanilla veo pasar la taiga a toda velocidad. Una masa enorme de abetos y pinos iluminados de tal manera por la luna que parece un paisaje irreal, como de un cercano amanecer de luz blanca. No recuerdo haber visto una noche tan clara hace muchísimo tiempo. Venus, a la carrera, parece seguir a la propia luna, un poco por debajo de ella. Faltan sólo unos minutos para las 6:09 de la mañana y que el tren entre en la estación de Irkutsk.

P.D: Me he pensado si titular esta entrada como “Pánico en el Transiberiano”. Y no sólo en homenaje a la clásica cinta del terror serie B setentero español.

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