Paréntesis en Tomsk

Tomsk está considerada como una de las ciudades más bonitas de toda Siberia, especialmente por su arquitectura en madera, que aquí conserva un buen número de edificios.  En previsión de que, pasado el ecuador del viaje, el cansancio empezara a hacer mella reservé dos días más o menos tranquilos en Tomsk, una ciudad hecha para pasear.

La tranquilidad empieza desde el mismo tren, que cojo en una atestada estación de Novosibirsk a las 4:00 AM. No queda ni un sitio libre para poder sentarse en la sala de espera. Muchos se han tumbado y estirado en varios asientos para poder dormir. Cuando me dirijo a toda prisa a tres asientos que quedan libres me doy cuenta de que un gran charco de orina se extiende debajo de ellos. Toca esperar de pie. A las 3:13 llega el tren procedente de Moscú y me acomodan en uno de los compartimentos individuales que suelen usar las provodnitsas. Esto sí que es lujo: toda una dependencia sólo para mí. Así que duermo a pierna suelta y me quito incluso los calcetines, sin miedo ya de gasear el ocasional vecino. El viaje es rápido y cómodo. A las 10:37 estoy ya en Tomsk. Como la entrada al hotel no se permite—salvo pago de recargo—hasta las 12, decido acercarme tranquilamente a pie con mi maleta y doy un buen rodeo por toda la ciudad.

En efecto, la arquitectura en madera está presente en toda la ciudad, desde sus ejemplos más toscos con fachada de troncos hasta los más refinados con madera desbastada y pintada. Pero, en general, casi todas las casas están pésimamente cuidadas y, en distinto grado, amenazan ruina. En muchas partes de la ciudad se mantienen como nuestras viejas casas-tapón y detrás de sus ventanas sucias y sus visillos pasados de moda tres veces se adivina a uno de esos viejos que será sin dudarlo el último habitante de la casa.

La vieja arquitectura tradicional en madera, amenazada detrás por el cristal y el ladrillo caravista.

Junto a estos restos de la arquitectura tradicional siberiana, la avenida principal de Tomsk—prospekt Lenin—es una exposición de suntuosos edificios decimonónicos en su mayor parte bien conservados, pues albergan dependencias oficiales, bancos o galerías comerciales. En prospekt Lenin está también el bien nutrido campus universitario—tanto en centros como en alumnos—lo que da a la ciudad una vida juvenil e intelectual por delante de otras de Siberia. Como Novosibirsk, sin ir más lejos.

Tomsk fue fundada en 1604 por una avanzadilla cosaca que se estableció en la Colina de la Resurrección, levantando un fuerte que se convirtió en el centro administrativo y militar de la Siberia de entonces. Con motivo del cuarto centenario de la ciudad el Museo de Historia de Tomsk ha construido una réplica de la torre de observación de aquel primer fuerte. Este punto es el más alto de Tomsk, que se extiende en la ribera del río Tom. Una visita al museo no está mal, aunque mucha de la cartelería está en ruso. Entre otras cosas me llama la atención una silla de montar de los expedicionarios cosacos ¡realizada en madera! Esa gente debía tener los huevos de piedra pómez. Desde la torre hay una vista inmejorable de la ciudad.

El primer día en la ciudad es casi exclusivamente de descanso. El Hotel Bon Apart se presta a ello: instalaciones confortables, limpias y nuevas.  El único “pero” es el agua caliente de la ducha, que se estropea cuando acabo de enjabonarme. Será muy sano, pero aclararme con agua fría de Siberia no lo había contemplado como un método de muerte posible y es, sin duda, una forma muy a tener en cuenta para aplicárselo a tu peor enemigo. Aun así, el hotel permite a uno puede demorarse por la mañana o en una buena siesta después de deambular por la ciudad. Así que paseos y gastronomía me ocupan el primer día.

El segundo día decido hacer un poco más de caso a la guía y preparar una visita algo más sistemática. Así que planifico el recorrido para ver los mejores ejemplos de arquitectura de madera de la ciudad. Nada más empezar, la primera en la frente. Llego a la ulitsa Tatarskaya, la calle indicada en la guía—que es de 2007—y la voz de Carlos Sáiz se deja oír en mi interior: “la cagamos”. “No, no la cagamos. ¡Trata de arrancarlo!”. Pero aquello no arranca ya ni a la de tres. La mayoría de las casas han sido demolidas y en su lugar se levantan flamantes y esplendorosos bloques de pisos y apartamentos. Sólo sobreviven un par de edificios con una más bien deficiente conservación. Como puedo comprobar, también los rusos han sucumbido a la fiebre inmobiliaria y a la sana costumbre hispánica de arrasar el patrimonio natural o histórico para apilar ladrillos. ¡Para qué conservar tradicionales mansiones en madera tallada si podemos tener adobaos con ladrillo caravista! En ulitsa Gagarina y Krasnoarmeyskaya todavía sobreviven buenos ejemplares de estas viviendas siberianas. En esta última calle están las mejores y más famosas: la Casa Germano-Rusa (1906), pintada de color turquesa y con chapiteles,

Pórtico de la a Casa Germano-Rusa desde el jardín adyacente

la Casa del Dragón y la Casa del Pavo Real, que luce de un esplendoroso amarillo gracias a su restauración. Lástima que las tejas colocadas en abanico, como la cola del pavo real, hayan sido suprimidas por una más funcional cubierta metálica roja…

Personajes célebres relacionados con Tomsk fueron Nikolay Gogol, que vivió una temporada la ciudad, y Míjail Bakunin, que estudió en su universidad. Por ello le han dedicado una calle que no se conserva en muy buen estado: recuerda más al pueblo de Borat que a la calle de una ciudad principal como Tomsk. Ahí es donde me topo al gato tuerto y negro de Poe que les enseñé en la entrada anterior. Hicimos buenas migas, aunque tenía más mierda que el rabo de un oso. Una cosa sí he observado de los gatos siberianos y es que no son como nuestros callejeros de toda la vida: no son europeos de pelo corto, sino que tienen pelo largo y orejas redondeadas, para protegerse mejor del frío (pues las orejas, como bien sabemos los humanos, es de lo primero que se queda frío como la porcelana). Todos los que he visto por aquí son de ese estilo.

Decoración en madera y nueva cubierta metálica de la Casa del Pavo Real. Se aprecia la ornamentación con la forma de estas aves, convertidas casi en símbolo de Tomsk.

Al otro lado de ulitsa Bakunina está la iglesia de Voznesenskaya. La guía dice que no desentonaría en una película de Drácula. A mí, en cambio, me recuerda a esa genial película de John Carpenter que es En la boca del miedo. Allí podría estarse desarrollando todo un culto a Cthulhu—que tenía un tentáculo azul—para traer de nuevo a nuestro mundo a los dioses primigenios y no nos sorprenderíamos.

Volviendo de nuevo hacia prospekt Lenina nos encontramos con la plaza del mismo nombre y a Don Vladimir Ilich en una rotonda, como si estuviera dirigiendo el tráfico, señalando al Teatro Dramático de Tomsk. En Tomsk vuelvo a percibir esa misma ambivalencia del ruso para asumir de manera práctica aspectos ideológicamente opuestos de su pasado. Un poco más arriba de la estatua de Lenin está el Museo sobre la Opresión, dedicado a los horrores de la represión estalinista. En el jardín del edificio hay un monumento a las víctimas locales del stalinismo y otro a los polacos masacrados en Katyn. En una calle paralela, no lejos de ese punto, unos grafiteros pro-soviéticos (¡!) han decorado espléndidamente varios muros de hormigón que vallan una propiedad ruinosa con muy trabajadas ilustraciones sobre el poder soviético y la victoria en la Gran Guerra Patriótica.

Grafiti pro-soviético en Tomsk. Cultura juvenil urbana y nostalgia de lo no vivido.

En la propia prospekt Lenin, una exposición de fotografías con la hoz y el martillo recuerdan la victoria de 1941-1945 y se dejan ver los rostros de Zhukov y Rosa Shanina, la francotiradora soviética, la toma de Berlín, etc. Lo curioso es que la exposición callejera está patrocinada por Rusia Unida, el partido de Putin.

Y es que en Rusia deben estar de elecciones, o preparando las parlamentarias de 2011, por lo que por todas partes se ve a voluntarios repartiendo publicidad electoral. Sobre todo de Rusia Unida. Incluso me he hecho con un carnet del partido del Putin que he encontrado tirado por el suelo, en un parque. Sobre la campaña política en Rusia, dos cosas a señalar. Primera y más importante: las voluntarias de Rusia Unida son las que más buenas están. Parten la pana. El resto a años luz y con una presencia más escasa, aunque algunos voluntarios del amigo Zhirinovsky he podido ver también. La segunda es el carácter transversal, como diríamos ahora, del partido Rusia Unida, que es capaz de montar una exposición con la hoz y el martillo en sus carteles, agitar el fantasma del nacionalismo y el anti-occidentalismo y al mismo tiempo hablar de apertura y condenar rotundamente los “viejos tiempos”.

La iglesia de Voznesenskaya o Iglesia del Culto a Cthulhu de Todos los Santos.

No es de extrañar que haya encontrado caladeros electorales en todos los nichos ideológicos habidos y por haber, desde los comunistas de Ziuganov a los ultranacionalistas de Zhirinovsky. Es un partido ideológicamente vertical, hecho de la síntesis de todo lo anterior, y por ello caben en él todos los referentes ideológicos y, a su vez, sus contrarios. Esa fórmula es la del éxito de Putin—pese a que ahora esté en sus momentos más bajos por todo lo relacionado con la gestión de los incendios veraniegos, la sequía y la presión al alcalde de Moscú, Luzhkov—y, al mismo tiempo, la de los propios rusos para asumir su pasado: una síntesis de lo mejor de su historia intentando pasar la página de lo peor sin olvidarlo. No me parece una mala receta.

Lenin señala al Teatro Dramático en la plaza que lleva su nombre.

Y poco más dio de sí la visita a Tomsk, pensada más como un descanso que como un maratón turístico. Con todo, me ha parecido una ciudad encantadora, donde puedes encontrar todavía los rasgos de lo tradicional—incluso de esos barrios de caserones en ruina, barro y maleza en los que jugábamos en nuestra infancia de los años 70—junto con el pijerío neorruso más a la moda (se siguen viendo unos cochazos de órdago). Merece la pena pasarse un par de día paseando por sus calles.

Mientras apuro el tiempo para coger el tren a las 14:28 hora española, termino esta entrada en la cafetería del hotel. Me esperan un convoy por encima del número 600 y casi dos días de viaje hacia el Este, hacia el lago más profundo del planeta—el Lago Baikal—y a la pequeña aldea de Listvyanka, donde he alquilado una cabaña de madera al borde del lago. Nada de internet, ni de electrónica ni de ese tipo de cosas. Así que el blog estará unos días sin actualizarse.

Les espero en Irkutsk, allí donde terminó su viaje Miguel Strogoff.

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3 respuestas a Paréntesis en Tomsk

  1. PS dijo:

    ¡Qué bien escoges los títulos! Estoy disfrutando un montón con tu viaje (esta última entrada ha sido verdaderamente el inicio de un paréntesis tras “Anastasis screamed in vain” y el popular “Na kazan!”), menos mal que lo registra internet y no la estilográfica.

    ¿Una cabaña al borde del lago? ¿vas a pescar?.

    Hasta Irkutsk pues, con ganas ya.

  2. Jumeana dijo:

    Pues si pescas “El Campanu” ya sabes que tienes que hacerte la foto, para que conste.., jeje.

    Buena suerte en Lago Baikal. Hasta pronto.

    Un abrazo.

  3. Capitán Trueno dijo:

    La verdad es que yo también estoy difrutando el relato, esperamos las aventuras del lago Baikal. Un saludo

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