Cosas que hacer un domingo por la tarde en Novosibirsk cuando no estás muerto

Decía ese filósofo rumano del absurdo vital, Émile M. Cioran, que los domingos por la tarde han matado más gente que la bomba atómica. Y, probablemente, no le faltaba razón. Con esta premisa, ¿qué se podía esperar de un domingo por la tarde en Novosibirsk cuando ni siquiera se puede ver Tele5?

Déjenme que les cuente, al menos, cómo fue la llegada a esta hipotética capital de Siberia. A las 12:45 el tren dejaba la estación de Ekaterimburgo—perdón, Sverdlovsk—y yo me preguntaba quién sería mi compañero de compartimento. Cuando llego, el pequeño espacio está vacío. Sólo un chaleco vaquero y una camisa cuelgan de una percha. Por el suelo veo un montón de plumón blanco y me imagino lo peor. Al cabo de unos minutos mis temores se confirman y entra por la puerta un viejuno con pantalón de chándal, zapatos y una camisa de cuadros. “Zdravsvuyte”, escupe por el colmillo. Lo mismo, buen hombre. Teniendo en cuenta que el expreso viene desde Minsk me imagino a un campesino bielorruso de la peor especie. Y, efectivamente, algo así debe ser. Levanta el asiento y saca dos bolsas deportivas enormes y repletas de embutidos que apestan todo el compartimento. Coge un cacho de algo de una de ellas, una navaja y empieza a tragar. El cabronías de él no ofrece ni la hora. Ya me tocará a mí sacar el Netbook Acer de última generación con Windows XP y te quedarás con las ganas, viejuno…

Lo cierto es que, pese a que el buen señor resulta poco comunicativo, no es en absoluto silencioso. Sonidos articulados no emite, pero sí guturales e incluso nasales con expulsión de fluidos. Vamos, que es un cerdaco de los que dejan la mucosidad variable colgando de cualquier saliente del mobiliario con tan sólo un resoplido. Intento evitarlo en la medida de lo posible y me instalo en el pasillo, viendo la variedad cromática del bosque de los Urales en otoño. Es realmente una delicia para los ojos: pese a la abundancia de árboles de hoja perenne, coníferas como el pino o el abeto, la hoja caduca pinta el paisaje de ocres y rojos con álamos y piceas. Entre los árboles, no pocos rusos buscan setas tranquilamente.

Pasillo del tren a Novosibirsk, desierto a la hora de la siesta

La incomodidad concluye poco antes del anochecer cuando el viejuno recoge su equipaje de fiambrera y se apea en Tyumen. En la misma estación sube Rykina—o algo así le entiendo—una pizpereta y minúscula rusita de apenas 20 años, morena como una andaluza. Inmediatamente quiere conversar conmigo, así que le muestro el diccionario y, tras unas risas de presentación, nos contamos lo esencial. Rykina va a Omsk, donde estudia Ingeniería Forestal. No es que le apasione, pero parece ser una elección laboral segura en Siberia. Viste con cierta elegancia, ropas prietas, medias y terciopelo negro. No logro imaginármela entre árboles o factorías de madera.

Mientras Rykina duerme en la litera de abajo les escribo la anterior entrada y me da tiempo a admirar el nocturno paisaje siberiano desde el tren. Tal vez no sea nada del otro mundo objetivamente visto, pero para quien ha convertido un imagen así en sueño viajero durante mucho tiempo no tiene precio. Y, al fin y al cabo, un viaje es lo que es por la dialéctica de imaginación y realidad: incluso muchas veces pesa más la primera que la segunda.

A las dos de la mañana la provodnitsa avisa a Rykina de que Omsk está a la vista. Me desperezo y tomo conciencia de una sensación que hasta ahora no había vivido en Rusia: frío. ¿Quién lo habría pensado estando en Siberia? Tan sencillo y simple como eso, pero estoy tiritando. Con la entrada efectiva en ella, Siberia ha hecho honor a su fama y me tengo que cubrir con sábana y manta: la temperatura ha caído más de 15º en tan sólo unas horas. Cuando Rykina se apea tras despedirse veo las afueras de Omsk, todavía en la noche, y dan forma visible al frío que ese nombre siempre me ha inspirado: también los nombres excitan la imaginación—cosa muy proustiana—, tanto como las imágenes que asociamos a ellos. Y a mí Omsk siempre me ha sonado a frigorífico soviético envuelto en herrumbre. A tinieblas bajo cero con transformador de 125 V.  El aspecto de la estación por la noche no desmiente mis prejuicios.

Me envuelvo nuevamente en las mantas y despierto a las 9:00, hora local, solo en el compartimento. El paisaje boscoso de los Urales ha cambiado y ahora todo tiene un aspecto mucho más estepario, de llanura amarillenta con unos escasos y raquíticos árboles. Sólo esas ciénagas y lodos lacustres tan frecuentes en Rusia siguen siendo comunes al espacio anterior. Qué quieren que les diga, ver amanecer en la estepa tranquilamente estirado en tu compartimiento mientras suena la música de Borodin en el mp3—In the steppes of Central Asia—no tiene precio.  Vale, sí lo tiene, pero ya me lo dirá Mastercard más tarde.

Novosibirsk: trabajadores, soldados y campesinos miran orgullosos en Plaza Lenin

A las 13:37 el tren entra en Novosibirsk, la capital efectiva de Siberia con más de 1.500.000 habitantes. He llegado sin reservar siquiera hotel, muy difícil de hacer sin que en Hispanistán te claven un potosí. Tras cerciorarme de que en el alojamiento de la estación no tienen nada para mí me dirijo al Hotel Tsentralnaya. Buena elección: baño compartido, pero barato y tranquilo. Lo ideal para descansar hasta las 4:00 AM en que sale el tren con destino a Tomsk.

Pasillo en el Hotel Tsentralnaya: juro que aquí vi a las gemelas de "El Resplandor"

Me ducho y, tras engullir una calórica comida en el Sibirskaya Korona—hacía mucho que no probaba bocado: esta vez la RZD estuvo rácana—, me voy a dar un voltio por la ciudad. Todo tiene un toque provinciano característico, pero amable. En la plaza Lenin los rusos, jóvenes y mayores, bailan ingenuamente música de Glenn Miller, como en las fiestas de nuestros pueblos. Bajo un sol otoñal que apenas calienta—estamos a 8º—no deja de ser una estampa simpática.

Bailando un domingo por la tarde al sol en Novosibirsk

Sigo deambulando por la ciudad y llego a un barrio de la periferia donde apenas se tienen en pie las tradicionales casas siberianas de madera del siglo XIX. En varias de ellas se anuncia el cartel de una próxima construcción de viviendas adosadas. La valla está tirada. La puerta abierta. Es mucho más de lo que este felino puede soportar como tentación a su curiosidad y decido entrar.

Gato siberiano. A éste me lo encontré en el pórtico de una casa de madera. En la foto no se aprecia, pero le falta el ojo derecho. Como diría Martínez el Facha: si es que la Ilustración y E.A. Poe han hecho mucho daño.

Las casas en ruina son un paraíso para un fotógrafo: lástima que quien les escribe sea tan limitado en ese campo. Pero aun así, reconozco y me encanta esa mezcla peculiarísima de intervención humana, tiempo, caos, texturas, luces y sombras.

La casa lleva abandonada bastantes años. El suelo se ha hundido en gran parte del piso superior y hay que ir con cuidado. En alguna estancia de la casa una tubería rota arroja agua sin parar. Las paredes de esta casa llevan mucho tiempo siendo refugio para botelloneros, parejas, yonkis y pordioseros en general. Todo está lleno de cristales rotos, restos de botellas, heces y un desagradable olor a orín y a humedad. En sus tiempos, debió ser una casa hermosa, con su fachada de troncos, su galería y su madera tallada: toda una residencia señorial al estilo siberiano.

La casa de Novosibirsk en ruina: la planta baja.

Hoy no es más que un cascarón vacío y ruinoso para que los niños jueguen y los mendigos echen una meada antes de dormir. Aun así, ese aspecto desolador me gusta. Tiene una capa de tiempo encima que le presta una dimensión más a las tres que todo objeto posee y eso lo da cierta forma de vida. Porque sólo se es en el tiempo y éste siempre deja un rastro de vida, aunque sea en forma de humus y descomposición. Y eso es ahora lo que parece haber en esa casa.

Bueno, eso y una fotografía en el suelo. Y otra. Y una tercera. Y más. Sigo el rastro con la vista y debe haber cientos de fotografías de la época soviética—puede que alguna anterior—por el suelo. Voy sorteando la basura y los desechos y recojo fotografías a puñados. Es un auténtico botín fotográfico: toda la historia gráfica de tres o cuatro generaciones de una familia siberiana desde tiempos prerrevolucionarios hasta una vez implosionada la URSS está ahí.

La casa de Novosibirsk en ruina: la primera planta.

Los botelloneros han roto algunas, han orinado en otras y muchas están destrozadas por la humedad. Decido rescatar todas las que puedo y las meto en la bolsa de plástico que suelo llevar en la mano para guardar la cámara y pasar por lo más ruso posible.

La más antigua de las fotografías parece de la segunda década del XX: tal vez anterior a la Revolución. Muestra el busto de una muchacha con lo que parece un atuendo tradicional siberiano. Hay otras similares que se pueden situar sin dudar en las décadas de 1940 y 1950. Algunas incluso están fechadas. Observadas con detalle permiten reconocer a algunos personajes—para mí desconocidos—casi desde la cuna, su juventud, la boda, las primeras fotos de sus hijos, el envejecimiento progresivo, el trabajo, los nietos… y la muerte. Y digo explícitamente la muerte porque hay toda una serie de fotografías de muertos en sus féretros, a la manera de “Los otros”. La fotografía mortuoria era una práctica frecuente en la Europa del siglo XIX, pero es que estas fotos siberianas de difuntos las dataría sin dudar en 1960 e incluso más tarde. Y no sólo una vez, lo que podría atribuirse a la casualidad: hay fotografías de por lo menos cuatro difuntos diferentes. No sabía que esta costumbre se hubiera conservado arraigada tanto tiempo en esta parte del mundo. Algunas fotos me recuerdan al velatorio de Deleitosa (Cáceres) tomado por W.E. Smith en 1950. Les incluyo dos fotos de la colección siberiana que he podido reproducir con mi cámara: la más antigua mencionada y una fotografía mortuoria.

Muchacha siberiana, ca. 1915-1920.

¿Quién podía haberles dicho a los moradores de esta siberiana casa de madera que sus recuerdos fotográficos familiares acabarían en manos de un españolito sin otra cosa mejor que hacer un domingo por la tarde en Novosibirsk? Así es la historia. Sean quienes sean, espero—por una pura y simple casualidad—conservar la memoria de sus imágenes. La colección fotográfica es hermosa, aunque tiene bastante de melancólica. Más que un souvenir para turistas en cualquier tienda de regalos éste sí es un auténtico recuerdo siberiano.

Velatorio siberiano, ca. 1960.

Poco más queda por hacer en la ciudad. Una cervecería con estilo occidental me sirve una Franziskaner y, nada más probarla, me siento como en casa. Cosas de la globalización. Me vuelvo a la habitación 331 del Tsentralnaya Gastinitsa y les escribo lo que antecede.

Esta vez, el domingo por la tarde no ha matado a nadie. Al contrario.

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5 respuestas a Cosas que hacer un domingo por la tarde en Novosibirsk cuando no estás muerto

  1. Jumeana dijo:

    Flipada me quedé, cuando estaba leyendo lo de las fotos por el suelo estaba pensando: no faltaría más que se encontrase alguna foto de algún muerto…, y justo después leo lo de “Los Otros”, inmediatamente se me vino a la cabeza las fotos del enlace que me mandaste en cierta ocasión, donde había una foto de un niño que casi nos mata del susto, te acuerdas??, además mira que lo hemos comentado a veces..
    Deduzco que en la ciudad no hay mucho que ver si lo que más te llamó la atención fue una casa en ruinas, aunque luego hayas encontrado dentro algo de interés.

    Deberías hacer un post dedicado a los hoteles, en ese pasillo verías a las niñas del Resplandor por duplicado no??

    Un abrazo.

    • Pues sí, Novosibirsk tampoco es la Meca del entretenimiento o la atracción turística. Es más bien una aburrida ciudad rusa de provincias. Da para un paseo y poco más. Pero es que a mí las casas y edificios en ruina me encantan: una buena casa en ruina cámara en mano da para más que diez museos juntos. Y eso pese a lo muñonazo que soy yo con la fotografía. Si a eso le sumamos una colección fotográfica por la patilla e incluso retratos de muertos con pelo, ¿qué más se puede pedir? Vamos, encantado de Novosibirsk. Como para no acordarme de los reportajes de fotografía mortuoria, uno de los ejemplos más logrados de lo frikis y gores que podían ser nuestros antepasados. Por cierto, que he sacado también fotos de una supuesta casa encantada (según la guía), que fue un colegio donde asesinaron a un niño y después se convirtió en cárcel del NKVD (el antecedente del KGB). Todavía no las he visto para comprobar si nos saludan desde las ventanas y eso 😉

      Bueno, todavía queda la segunda mitad del viaje, veremos qué sorpresas nos trae.

      Sobre los hoteles bien es cierto que sólo he colgado fotos de los más tenebrosos, pero tampoco sería justo que ésa fuera la imagen general. El resto han sido muy dignos y cómodos. Aunque eso sí, ninguno barato.

      Nos vemos en el Lago Baikal, mozuca. Un abrazo.

  2. PS dijo:

    Pues sí que vamos a tener que desterrar muchos prejuicios, lo que menos imaginaría yo es que los rusos, asín en general, fueran tan sociables, ¡menos en plena Siberia! Dios, qué frío solo pensarlo. No sé si ponerme el calefactor…
    Y mira que eres atrevido, te presentas en Novosibirsk sin reserva hotelera, te cuelas en una casa en ruinas, lamentas que el viejuno mucolítico no te ofrezca viandas… en tu descargo, que como buen archivero, rescataras ese album familiar. ¿Qué sería de ellos para abandonar las fotos? No me imagino a nadie que no las conservara, se fueran donde se fueran.
    Pero lo mejor, eso de que la bolsa de plástico te haga pasar por lo más ruso posible. Seguro que pareces el primo de Putin.
    No sé si yo podría hacerlo…

    • ¡Cómo no vas a pasar por rusa! Una buena bolsa de alguna exclusiva tienda de zapatos de las galerías GUM o de Versace y lista 😉

      No, si ya sé que en Novosibirsk me tiré sin red. Pero mereció la pena. Ya enseñaré alguna otra foto más de los cientos que he apañado. No sé si la curiosidad mató al gato (a alguno, al menos, le ha costado un ojo), pero espero que me queden vidas aún.

      Un saludo, mamushka.

  3. Alexandra dijo:

    Quien se aburra en Novosibirsk, no conoce o no le interesa conocer el centro universitario, la Akademgorodok, los bosques de la casa científica, el teatro más imponente de Rusia…y aunque todo eso no es´te al alcance de un viajero que con sólo cuatro horas cree haber visto la ciudad, al menos podría haber mirado y admirado la estación de trenes más grande y espctacular de toda la Siberia, que es desde donde, a su decir, partió a “ver la ciudad”.
    Solamente una cosa que agregar: es una pena que habiendo estado en Novosibirsk, no la hayas visto.

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