Anastasia screamed in vain…

Las últimas horas en Kazán fueron para un paseo ligero y para disfrutar del sol al atardecer bajo los muros del Kremlin (cual lagartos al sol, que diría Franco). Pero ya estaba pensando en lo que me esperaba a las 19:45 en la estación de tren: un convoy por encima del número 300 con destino a Ekaterimburgo. Podía imaginarme ya ese vagón de ganado con paja por el suelo y a Klaus Kinski esposado a una litera espetándonos a todos que somos unos esclavos cuando el expreso procedente el Volgogrado—Stalingrado para los amigos—vino a poner coto a mi imaginación. Pero no tanto. Éste ya no era el tren de Moscú a Kazán. Con 21º en calle y sin aire acondicionado. Colchones, botellas, tuppers y ropas se agolpaban contra las cortinas de las ventanas. Pregunto a una provodnitsa si éste es el tren a Ekaterimburgo y me mira con cara de “son nuestras costumbres y hay que respetarlas”. Y es que los rusos se empeñan en seguir llamando a la ciudad por su antiguo nombre soviético: Sverdlosk, en honor al líder bolchevique de los Urales. De hecho, la región—u óblast—de la cual es capital aún conserva su nombre. La buena señora me manda unos cuantos vagones más allá y he aquí que me recibe para picar el billete no otra provodnitsa, sino un provodniki: un tío. Sospecho que se ha filtrado—y malentendido—lo del Sultán.

El compartimento del tren a Ekaterimburgo: a la izquierda, la cama de Olga. A la derecha, arriba, la mía.

Sin embargo, una vez dentro del compartimento mis sospechas se disipan. Mi compañera es una simpática rusa que no para de hablar por el móvil. No, no es un ser de luz, sino un ama de casa de entre treinta y cinco y cuarenta años pero con un aspecto de lo más simpático. Tiene los papos de una matrioshka, el pelo teñido de caoba, flequillo y unos expresivos ojos azules que me recuerdan a alguien. También tiene un pantalón azul visiblemente pequeño para su talla y una camisa con la tela muy tensa por los pectorales. Nada bueno para un vagón sin aire acondicionado, desde luego. La voz al otro lado del teléfono es masculina, así que compruebo el anillo en su mano derecha y deduzco que habla con su marido. Casi después de media hora de abandonar Kazán termina su conferencia. Inmediatamente intenta empezar otra conmigo. Pazhalsta, ya nie gavariú pa ruski. En un principio se queda decepcionada, pero no desiste de su empeño. Ante su inaplazable necesidad de comunicarse le enseño el diccionario ruso-español, español-ruso y lo coge inmediatamente con una sonrisa. Gracias a ello podemos iniciar una precaria conversación. Se llama Olga y vive en Siberia, concretamente en la ciudad de Nizhnevartovsk. Allí ha debido dejar a su marido para ir a pasar las vacaciones a casa de su madre en Cherborksary, cerca de Kazán. Inmediatamente se me pasa por la cabeza cómo se dirá Rodríguez en ruso…

Olga es la típica campesina rusa—aunque sea de ciudad—que todos imaginamos. Regordeta, simpática y hospitalaria. En seguida me ofrece de su comida y se ofende cuando la rechazo. Imposible, vuelve a la carga y me abre todos sus tuppers. ¡Vaya, filetes rusos! No se me ocurre otra cosa que decirle “ruski bistek” y se ríe con ganas. “Da, da, da”. Efectivamente es lo que nosotros llamamos un filete ruso y aunque su preparación es la misma, su composición no. Según me comenta Olga, está hecho con hígado. Está buenísimo. Luego me ofrece una porción de una especie de empanada que lleva en otro tupper: “yabloko”, me dice. Lo que son las tontunas de la política y los media: me acuerdo inmediatamente de aquel partido de los liberales rusos de primera hora que encabezaba Yegor Gaidar—los autores de la “terapia de choque” para la economía postsoviética—y que se llamaba “Yabloko”, con una manzana por logotipo. Es tarta de manzana lo que me ofrece Olga. Está también muy rica e intento felicitarla, pero ella me aclara: “Niet, mamushka”. Si es que una madre es una madre, en Ispaniya y aquí.

Por la mañana, ya una vez aseados, le pido una foto como recuerdo del viaje y accede, antes de peinarse hasta el último pelo, que la coquetería es también universal. Ella me toma a su vez otra foto con su móvil y me saca al pasillo a enseñarme no sé qué por la ventanilla: un río, un lago o algo. Me hace el signo de aprobación con la mano y sonríe. Sí, Rusia mola. Los rusos son bastante críticos con su país y arrastran una serie de complejos históricos que, naturalmente, un extranjero no debería señalar. Pero de las bellezas naturales de su país—cuando no se las han cargado una industria voraz o unos políticos desaprensivos—sí se sienten muy orgullosos.

Ekaterimburgo: monumento conmemorativo del asesinato de la última familia imperial rusa frente a la Iglesia de la Sangre Derramada.

Me despido de Olga y llego a Ekaterimburgo a media mañana. Aquí comienza ya el baile de husos horarios, pues ya son dos horas más sobre la de Moscú (es decir, cuatro más que en España). Pese al aspecto tristón de la ciudad bajo la lluvia se notan una actividad y una vitalidad indiscutibles. Grúas, torres acristaladas, intensa vida comercial y unas calles atestadas de gente. A partir de ahora las ciudades comienzan a ser muy asequibles para un provinciano como yo y fácilmente abarcables a pie. Y así me voy para el Hotel Central de Ekaterimburgo, un edificio de estilo modernista inaugurado en 1928 y que alberga un comodísimo hotel de tres estrellas elegantemente adaptado a los estándares occidentales: paredes tapizadas, suave moqueta en el suelo, mobiliario renovado pero lujoso. En fin, muchos tres estrellas españoles no llegarían a ese nivel.

Nada más abrir el grifo de la bañera para darme una ducha entiendo por qué surgió la ciudad de Ekaterimburgo en el siglo XVIII: la minería. Su fundación, debida a Pedro I—y en honor de cuya segunda esposa Catalina recibió el nombre—fue un paso esencial en la protoindustrialización del país y pronto se instaló aquí una de las factorías del hierro más importantes del mundo. El caso es que ducharse con ese agua es como hacerlo con Corconte, agua tan mineralizada que no sólo golpea el gusto, sino también el olfato. El hotel, consciente de esto, ha colocado en el pasillo dispensadores de agua natural fría y caliente.

Detalle del monumento al zar Nicolás II y su familia

Pero para la mayoría de la gente hablar de Ekaterimburgo no es hacerlo sobre mineralogía, gemas preciosas, hierro y demás. Es hacerlo sobre la ejecución del último monarca Romanov y su familia la noche del 16 de julio de 1918. La casa donde fueron fusilados los Romanov—conocida como Dom Ipatyeva por su propietario, Nikolay Ipatiev—dejó de existir en 1977, derribada por un entonces convencido miembro del Partido Comunista local llamado Boris Yeltsin, deseoso de hacer méritos ante Moscú evitando la creación de un informal santuario dedicado a los Romanov. Lo cierto es que cuando él mismo se bebió la URSS en 1991 abrió la puerta a la canonización de los últimos miembros de la familia imperial por la Iglesia Ortodoxa y a la construcción de la Iglesia sobre la Sangre, que hoy se levanta en el solar dejado por aquella casa testigo de la ejecución. La iglesia, concluida recientemente, es todo un centro de peregrinación para los monárquicos rusos y está tratada casi como si de un centro de interpretación de los Romanov fuera. En el exterior de la iglesia pueden verse enormes fotos de la última familia imperial, una tienda de souvenirs sobre el mismo tema y un par de cruces dedicadas a su memoria, además de una enorme escultura en bronce junto a la mayor de ellas representando a todos los miembros de la familia masacrados. Junto a la iglesia hay una vieja capilla de madera perteneciente a una tía abuela del zar, la monja y Gran Duquesa Yelizaveta Fiodorovna, a la que los bolcheviques también dedicaron un poco de su atención: la tiraron a un pozo, la gasearon y la enterraron allí. El lugar de enterramiento de los últimos Romanov queda como a unos 17 kmts. de la ciudad, en el bosque de Ganina Yama, donde desde una plataforma dispuesta para el público puede verse el pozo donde fueron sepultados los cuerpos. Por muy lugar santo que haya sido declarado por la Iglesia Ortodoxa decido prescindir de la visita.

Lo que me llama la atención es la ironía—consciente o no—de la estatuaria y el urbanismo de Ekaterimburgo. Justo enfrente de la Iglesia sobre la Sangre, con tal sólo cruzar la calle—de hecho, con sólo levantar la vista—encontramos un anodino y negruzco monumento de época soviética que representa a la juventud comunista (Komsomol) de los Urales con una bandera revolucionaria… avanzando hacia la Iglesia. ¿Ironía? ¿Desafío? ¿Reconciliación?

Ekaterimburgo: comunismo y zarismo frente a frente. Sospecho que la niña de abajo preferirá para su futuro una vida mejor en vez de tanto monumento

No sabría decir, pero si de algo estoy seguro es de que en nuestro hispánico suelo poder captar de una sola toma dos referentes opuestos tan abiertos y obvios a las luchas civiles e ideológicas—a las guerras de religión del siglo XX, como las llama Hobsbawn—sin que medio país mate al otro medio dialécticamente, sigue siendo imposible.

Satisfecho por la excursión marcho al hotel, a cenar en el Savoy, un más que decente restaurante decorado en estilo decadentista, donde puedes saborear un estupendo caviar rojo con vodka y naranja. Así da gusto ser zarista. Para dar el broche final a la cena decido pasarme por el “Alibi”, una especie de pub o cervecería en la planta baja del hotel. Pero cuando entro me doy cuenta de que no es una cervecería, sino un local de moda, de los que tanto abundan en Rusia. Unos tipos muy trajeados me obligan a dejar la cazadora en el guardarropa y, con una cerveza ya en la mano, me acodo en una esquina para observar el panorama. Realmente impresionante. Ellas, bellezones en su mayor parte, vestidas para matar. La música a máximo volumen. Una morena de piernas y melena interminables está sentada en la barra, mientras una rubia se acerca y le da un mordisco en una teta. La morena ríe como loca. El camarero aprovecha y deja caer un buen trozo de hielo por la espalda de la señorita… y más allá.

La noche de Ekaterimburgo: el skyline de su ciudad moderna.

Llegados a este punto, la situación me parece ya intolerable. El pequeño jesuita que anida en lo más profundo de quien les escribe se rebela contra tanto libertinaje, contra tanta amoralidad y concupiscencia. El Concilio de Trento bulle en mí y animado por el espíritu contrarreformista rumio para mis adentros… “Los rusos—y más específicamente las rusas—han confundido libertad con libertinaje, han convertido la patria de Lenin en una orgía… ¡y no me han invitado!” Antes de seguir torturando mis retinas con las tentaciones de San Antonio me termino mi cerveza y vuelvo a la habitación 403 del Hotel Central (sigh). Servidor es, precisamente, poco o nada indicado para escribir un post sobre la mujer rusa, ni creo que pueda reunir material para hacerlo, pero al menos el título ya me lo han servido en bandeja: “Memorias de un hombre invisible”.

Al día siguiente, con tan sólo un par de horas para explorar un poco la ciudad, me decido por algo cómodo y fácil: dos exposiciones sobre fotografía soviética dedicada a su industria y a Sverdlov. Las fotografías en blanco y negro sobre la industria soviética de los años 20 y 30 son realmente espectaculares. Yo, a quien los paisajes industriales encantan, disfruto como un enano con la exposición. Y con poco más, llega el momento de tomar el tren hacia el Este con parada en Novosibirsk, en tránsito hacia Tomsk, ya en plena Siberia.

Sólo señalar un detalle que sé me costará la bronca de cierto lector del blog. Y es que Ekaterimburgo tiene uno de los monumentos al kitsch más famosos del mundo mundial. Los gitanos de Ciriego han encontrado la horma de su zapato. Y es que en los años 1990, Ekaterimburgo fue el núcleo del crimen organizado ruso, convirtiéndose en una auténtica “Chicago años treinta” que dejó un crecido reguero de muertos en la lucha de bandas. Pero como horterilla se es, vivo o muerto, los mafiosos comenzaron a rivalizar en hacerse el monumento funerario más ostentoso… y de peor gusto. Lápidas enormes con las fotos de sus mafiosos propietarios grabadas, algunas de cuerpo entero. Llama la atención la de uno que se hizo pasar a la posteridad con las llaves de su Mercedes en la mano. Y otro que, directamente, mandó representar su cochazo en la lápida. Hay uno por ahí que me recuerda a Paul Sorvino en Uno de los nuestros. Tremebundo. Un auténtico monumento a la ostentación más casposa. Lamentablemente, el cementerio me queda un poco lejos—a unos 7 kilómetros—del centro y se me hizo complicado ir. Pero quiero compensar a mis lectores con un enlace donde pueden ver y disfrutar de estas toneladas de caspa en formato gráfico. http://englishrussia.com/index.php/2007/02/27/russian-mafia-grave-tombs/

Son las 20:19 hora de Moscú y es de noche en algún lugar pasado Tyumen. Miro por la ventanilla y la luna marca el perfil, oscuro, del bosque siberiano. Próximas paradas: Novosibirsk y Tomsk.

Por ahora les dejo con sus Satánicas Majestades cantando su simpatía por un diablo involucrado en la masacre de Ekaterimburgo. I stuck around St. Petersberg/ When I saw it was a time for a change/ Killed the Czar and his ministers/ Anastasia screamed in vain.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Viajes. Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a Anastasia screamed in vain…

  1. Capitán Trueno dijo:

    Me ha gustado mucho el cementerio mafioso, ojalá se extienda la moda por aquí, porque donde hay que se vea, que menuda putada es gastarte la pasta adquirida, honradamente o no, en un rolex, y que te maten y no puedas fardar todo lo que algo así se merece. Imagínate comprarte ese peaso de Volvo y que vanga la banda rival y te liquide justo cuando lo has tuneado entero, con sus llantas de aleación, los alerones, y las fundas de imitación tigre siberiano en polipiel.

    Lamento mucho que pases tanto calor en Rusia, viendo como te crees el hombre sin sombra. ¿No te has dado cuenta que esas rusas de 1,85 pasan de tí porque creen que eres un ruso solitario mamándose a cervezas? Tienes que hablar con ellas, para que vean que eres un hermosos latino, español, para más señas. Aprovecha ese acento. En cuanto descubran que eres un macho exótico de sangre caliente y seguidor de “la roja”, caerán a tus pies de dos en dos (o más). ¿No ves que Nacho Vidal es el español más internacional?. Si a Alfredo Landa le funcionaba y se tenía que quitar las suecas a manotazos, ¿cómo no va a funcionarte a tí, que eres más moderno y apuesto? (y eso sin contar que las rusas son muchísimos más putas que las suecas de los sesenta, vamos, digo yo).

    De momento tu natural sexapil ya te ha procurado filetes rusos y empanada de manzana. ¿A qué esperas para probar otras calnes?.

    • Quedamos en que no se sabría que doblo a Nacho Vidal en las escenas con riesgo cardiovascular, pero es que no me dejáis otra opción. La única diferencia entre él y yo, es cierto, es que no me follaría a Miguel Bosé ni harto de “viagra del Sultán”.

  2. Jumeana dijo:

    Pues verdaderamente el cementerio es de lo que no hay por dónde coger, les falta enterrar el coche y demás bienes allí al modo egipcio.

    Gastronómicamente tuviste suerte: has probado comida casera rusa en tupper, con eso te habrás quitado algo de la espinita del postre de Kazán…, y en cuanto al alojamiento, por fin un hotel en condiciones!!!!, creí que no iba a leer esto…

    Sobre las mujeres, pues viendo el cementerio y con los antecedentes de la ciudad en cuanto al crimen organizado…, ten cuidado no vayas a fijarte en la colega de algún primo ruso de Lucky Luciano.

    Muchos saludos… “Sultán”

    • Siberia es un sitio un poco friki, la verdad, pero una pasada. En cuanto a la comida, aquí he probado la primera pizza marinara de mi vida sin un sólo ingrediente del mar: prosciuto, pepperoni, tomate, queso… Ni rastro siquiera de una almeja (de comer digo; mejor dicho: de tragar). Pero son sus costumbres y hay que respetarlas.
      Dice mi amiga Nadia que las siberianas tienen fama de muy guapas y de estar forradas. De lo primero doy fe. Lo segundo no puedo saberlo. Pero si dejo de escribir el blog y no vuelvo para las Españas pueden suceder dos cosas: o me casé aquí y que le den por el bujero al trabajo; o, efectivamente, me hice visible a la novia del mafioso. Mala suerte.
      Un abrazo, mozuca.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s