“Na Kazan!”



“¡A Kazán!” Así gritaba Nikolay Cherkasov interpretando a Iván el Terrible en la película de Eisenstein, inflamando al pueblo de ardor guerrero contra la capital de kanato tártaro. Y yo, para que no se nos engorile más, le hago caso y voy hacia la estación de tren de Kazán, en la parada de metro de Komsomolskaya.

Nikolay Cherkasov como Iván el Terrible

Llegar a una estación moscovita a las diez de la noche es un espectáculo. Además de los borrachos, mendigos y gente de diverso pelaje que se acumula en sus andenes, hay toda una baraúnda de pasajeros cargada con los equipajes más voluminosos y pintorescos que nos podamos imaginar. No quiero decir que vayan con la jaula de las gallinas y demás, pero algunos es evidente que están acostumbrados a cargar con su casa periódicamente.

El Volga a su paso por Kazán, visto (o casi adivinado) desde la habitación del hotel

Como no tengo demasiado tiempo que perder, me dirijo al andén nº 3 y allí veo el Expreso de Kazán. Según me voy acercando a mi vagón, el nº 4, me fijo en la escena: sólo las puertas posteriores de los vagones están abiertas y de ellas sale una luz amarillenta que ilumina a las provodnitsas que están de pie junto a la puerta. Todas permanecen en formación junto a la línea pintada en el andén, con su impecable uniforme azul marino, sus guantes de cuero negro y su sombrero, en posición de firmes. Lejos de encontrarme con señoras de imposibles peinados formadas en la vieja escuela soviética, las provodnitsas de este convoy son jóvenes y bien majucas. Después de entregarle a una mi pasaporte y billete electrónico me acomoda en el compartimiento nº 1, clase 2  “kupe”, y comienza el baile de actividad en el vagón. Los medios empleados para la comodidad del viajero son considerables: aparte del juego de sábanas para hacerte tu propia litera, la provodnitsa te entrega unas pantuflas, toalla, cepillo de dientes, pasta, calzador y una infinidad de menudencias para comer. Lo más destacado es la ración de ensaladilla rusa—¡por fin!—y unos macarrones con carne y salsa recién calentados. Además, un botellín de agua, un trozo de pastel, mermelada, leche, un sobre de Nescafé instantáneo y galletas para mojar en la bebida. Junto a la guarida de la provodnitsa, cerca de la puerta, tenemos un moderno samovar donde podemos servirnos agua caliente para un té o café.  Y a las 22:08, tal y como indica el billete electrónico, el convoy arranca rumbo a Kazán. Todo eso por unos 61 euros que en España dan para que RENFE te deje ir corriendo detrás del tren. Increíble.  Ah, pero es que mi tren es el nº 2.

Ahora me toca hablar un poco de los trenes rusos, lo que para cualquiera interesado en el Transiberiano es fundamental. Rusia tiene más de 85.000 kmts. de vía férrea, lo que convierte el tren en un excelente medio para conocer el país. Además, el tren, gestionado por la compañía estatal RZD, es mucho más barato y cómodo que en Occidente, con lo que la elección es redonda. Cierto es que pecan de bastante lentitud—aquí lo de la alta velocidad, res de res—pero en convoyes nocturnos eso tampoco debería ser mayor problema. A cambio, la puntualidad es exquisita. Por dos razones: los jefes de estación cobran un plus por garantizar la entrada en hora de los trenes y, por otro lado, la geografía favorece esa práctica. En un país tan extenso un retraso de diez minutos al principio del trayecto puede degenerar fácilmente en una llegada tardía incluso al día siguiente. Así que, por pasta y por funcionalidad, los trenes rusos son puntillosamente exactos.

El número de nuestro tren es un dato importante. Los números pares salen de Moscú, mientras que los impares regresan a ella. Además, indican la categoría y rapidez del tren: cuanto más bajo sea el número más moderno, cómodo y rápido es el tren. Por encima del número 900 resulta poco recomendable coger ningún tren para largas distancias, pues suelen ser trenes correo que paran hasta en la última esquina y donde podemos eternizarnos. En cuanto a las categorías, la mayoría de los trenes cuentas con primera clase (SV o “spalny vagon”, coche cama), segunda (“kupe”) y tercera (“plastkart”). Algunos incluso llegan a ofrecer una cuarta categoría, que es parecida a la tercera pero sin poder reservar y con menos espacio. ¿En qué se diferencian estas categorías? Bien, fundamentalmente en el número de ocupantes de cada compartimento: dos para la primera clase, cuatro para la segunda y ocho para la tercera. Dependiendo del convoy que nos toque, puede haber algunos extras, como pantalla plana para ver los DVD’s que la provodnitsa ofrece, los tuyos propios o conectar el ordenador. Un detalle relevante es la disponibilidad de aire acondicionado, lo que llega a resultar decisivo en verano. En caso de altas temperaturas y carecer el vagón de él es mejor reservar en tercera clase, donde la falta de espacios compartimentados, con las puertas y las ventanas abiertas, puede hacer el viaje algo menos sofocante.

Por lo que se refiere a la compra y precio de los billetes, lo más recomendable es hacerlo directamente en la web de la RZD. Salvando un pequeño detalle: no tiene versión inglesa, así que debemos vérnoslas con una página completamente en ruso. Pero merece la pena darle algunas vueltas al asunto, puesto que las webs que nos revenden en inglés billetes de tren para el Transiberiano suelen hacerlo con unos precios inflados hasta en un 50%. Así que si decidimos evitar que nos chupen la sangre de esa manera, es recomendable: 1) usar el navegador Chrome de Google, con traducción automática de cada página; 2) leer la guía en inglés de “Valigia Pronta” (en los enlaces de este blog) donde se nos indica paso por paso cómo registrarnos y reservar billetes en la web de RZD y 3) disponer de una tarjeta de crédito Mastercard o Visa con el sistema de protección Secure Code y Visa Verified, respectivamente. (Ojo con las tarjetas Visa de las cajas de ahorros españolas y su sistema VINI, que no sirve en absoluto para realizar la compra en RZD). Una vez obtenidos los resguardos de la compra, que sólo se podrá hacer con 45 días de antelación, tenemos que pensar en canjearlos por billetes válidos para la RZD. Los billetes electrónicos (con un tren a plena velocidad dibujado a la izquierda del título) no necesitan mayor molestia. Los otros deben ser canjeados bien en una máquina expendedora de las estaciones de tren—sólo en ruso—o, mejor, en las taquillas de la estación especialmente habilitadas para billetes electrónicos e identificadas con una “@” (o al menos eso dicen: yo no vi ninguna en la Estación de Kazán en Moscú).

La nueva zona comercial de Kazán, en Petersburgskaya

En cuanto a los precios, la primera clase suele ser el doble que la segunda, y ésta un 40% más cara que la tercera, aunque los precios varían dependiendo las fechas. A quien esto escribe el total de billetes del Transiberiano le salió por un poco más de 450 € siempre en kupe, por lo que el encarecimiento del viaje dependerá más de cómo decidamos planearlo—bed and breakfast, casas familiares, hostales, hoteles, restaurantes—que del propio viaje en sí. Hacer el Transiberiano es, sin duda, algo más sujeto al espíritu del viajero que a su bolsillo.

Retomando la narración del viaje, diré que a las 22:08 comenzó mi Transiberiano en el expreso (“Eskori poyezd”) de Kazán, en un compartimento de segunda clase (“Kupe”) con pantalla plana y DVD incluido. El tren viajaba casi a la mitad de su capacidad, por lo que sólo tuve un compañero de compartimento. Un tipo de unos 60 años, con pantalones de pana, gafas y que leía un libro en ruso sobre Alberto Durero. Ya saben, gente rara y chunga de ésta que les gusta el Arte, la Filosofía, la Historia y tal… Al gulag les mandaba yo, con un pico y una pala a doblar el riñón. El tipo no parece tener intención ni de comentar al tiempo, así que después de cenar él queda en la litera inferior derecha y yo en la superior izquierda. Me duermo con el reproductor de mp3 en el oído y sueño con la barcarola de Les Contes d’Hoffmann en autoreverse y con despertarme en pijama en un vagón descubierto, sin techo, mientras una legión de moros o similares con gallinas me tocan la moral. El pequeño occidental temeroso sueña.

Sobre las 8:00 de la mañana despierto a tiempo de ver cómo el tren cruza el larguísimo puente sobre el río Volga, el primero de los grandes ríos rusos que cruzaré hasta el Pacífico, el que se creció entre 1942 y 1943 con la sangre de alemanes y rusos combatiendo en Stalingrado. Acostumbrado a nuestros modestos e hispánicos ríos, el Volga parece casi un mar en sí mismo antes que una corriente que desemboque en parte alguna. (Sólo el Don apacible, el río de los cosacos, me ha quedado al margen de este viaje, pero queda anotado junto al Dniéper para el próximo).

Como mandan los cánones de la RZD, a las 9:34 de la mañana exactamente el convoy entra en la estación de Kazán. Cuando desciendo del vagón—la provodnitsa limpia con un pañuelo hasta los asideros de puerta y escalones para que el viajero no se manche—me quedo sorprendido. Un montón de cámaras de televisión, fotos, ramos de flores y periodistas esperan en el andén. La escena me recuerda a ésa de Ojos negros, de Mikhailkov, en la que una banda de música recibe a un Mastroianni que va a llevar el progreso material a un pequeño pueblo de la Rusia zarista y chekhoviana gracias a un cristal irrompible. La verdad, me siento halagado, pero no era necesario… Vaya, la idea era bonita, pero no tardan en empujarme a un lado del andén mientras que por mi misma puerta baja un viejuno con abrigo y sombrero y la música folclórica atruena por los altavoces de la estación. Me quedo mirándolo pero ni zorra de quién puede ser. A ése yo no le vi por la Facultad, ni siquiera en el bar de Filología jugando al mus. Luego me entero de que, para mi inmensa fortuna, he llegado a Kazán mientras se celebra el VI Festival de Cine Islámico de la ciudad. No cabe duda de que Alá ha tocado mi frente. Me siento afortunado.

Una bella hija de Tartaria nos anuncia, por cuenta de una compañía de telecomunicaciones, la celebración del IV Festival de Cine Islámico y no sé qué del "diálogo de culturas". Así no hay quien se niegue...

El “Hotel Volga” está cerca de la estación, a unos cinco minutos andando. Por fuera parece un viejo bloque soviético sin más. Pero cuando entras en su recepción compruebas que es algo más. Su estética ha debido cambiar mucho, sin duda, y hoy parece un establecimiento de lo más occidental, pero sus usos siguen siendo ridículamente soviéticos. En la recepción nos marean durante casi 45 minutos con sellos, impresos, fotocopias, preguntas y tontunas varias. Cuando finalmente obtenemos la llave de la habitación entramos en un pequeño cuarto que parece talmente sacado del manual de los Pioneros (Nadia se sentiría aquí como en casa). Hule simulando mármol en el suelo, dos muebles de “móntalo tú mismo” y un edredón que si no vio caer al zar Nicolás II es porque andaba mirando para otro lado. Va, no nos vamos a poner pijos que en peores plazas hemos toreao: el hotel es digno. Por 32 € tampoco vamos a pedir habitación con jacuzzi y unas esculturales hijas de Rurik dándonos un masaje con final feliz.

La figura de un esclavo trata de liberarse del alambre de espino frente a la entrada del Kremlin de Kazán

Lo que no quita para que el hotel tenga un ramalazo soviético y loleante que tira para atrás. Me preocupo de leer las normas que amablemente dejan en inglés y, en efecto, no defraudan: queda prohibido usar en las habitaciones teteras eléctricas y cualquier otro tipo de resistencia eléctrica; queda prohibido a los huéspedes circular por otra planta que no sea la suya; está prohibido igualmente estar en la habitación con “personas desconocidas” (¿???). Dudo si les tengo que presentar a mi novia y suegro antes de subirla a mi habitación. Más instrucciones loleantes: el número de invitados que puedes subir a la habitación—se deduce que en recepción ya conocen que son buenos chicos/as y de buena familia—depende de la categoría de ésta: los de las habitaciones estándar no pueden superar los dos invitados (bien, si es al mismo tiempo tampoco me parece poca cosa); los de categoría semi-lujo pueden llevar hasta cuatro; y los de lujo hasta cinco (categoría sólo recomendable para Roberto Carlos y su millón de amigos y los afectados por algún ataque de priapismo).  Como broche final, se indica que está prohibido colgarse de las ventanas, frustrando así un recurso de la selección natural que tan buenos resultados ha dado en España mediante la supresión de los elementos intelectualmente menos aptos gracias al balconing (Darwin Award 2010). Ya dije en la entrada anterior que estos rusos no saben…

La visita a Kazán va a hacer sentirse cómodos inmediatamente a todos aquéllos que sean de provincias, como el que les escribe. Se terminaron la arquitectura mastodóntica, los grandes espacios y los hormigueros humanos. Aquí la ciudad puede a ser perfectamente recorrida en una tarde—es decir, en la mitad que la economía española: tristérrimo, sí—y, a no ser que seamos apasionados de la historia tártara, es poco lo que la ciudad ofrece al turista. Kazán es la capital de Tatarstán, la república con mayor grado de autonomía dentro de la Federación Rusa. Aunque relacionados habitualmente con la horda mogol, sus habitantes buscan realmente sus raíces en el pueblo búlgaro, una tribu túrquica que se estableció en las márgenes del río Don hasta que fueron obligados por los kazajos a desplazarse en dos direcciones: unos marcharon hacia el Oeste, constituyendo la actual Bulgaria al mezclarse con su población eslava; otros se asentaron junto al Volga—topónimo que, de hecho, deriva de “Volga-ria”, “Bulgaria”—y se mezclaron con las tribus ugro-finesas, creando la Gran Bulgar, una de las civilizaciones más sofisticadas de la Alta Edad Media europea. En el siglo X, atendiendo los deseos de una embajada de Bagdad, se conviertieron masivamente al islamismo suní y en 1236 sufrieron el primer ataque mogol. Integrados en la Horda de Oro, Tamerlán los destruirá entre los siglos XIV y XV, sin poder impedir su resurgimiento. De hecho, solían organizar razias sobre Moscú, al que consideraban un estado tributario… hasta que el 1552 Iván IV el Terrible dirigió allí sus ejércitos y, minando la base de su fortaleza con barriles de pólvora, la rindió haciéndola saltar por los aires. Dividió la ciudad en dos sectores separados por el canal de Bulak, dejando a la minoría rusa a un lado y a los tártaros a otro. Esta división física de la ciudad aún se conserva, si bien no responde ya a una separación étnica efectiva.

Nada más entrar en Kazán, un mensaje al móvil en español—lujazo—me dice “¡Bienvenidos a la República de Tatarstán!”. Se lo toman muy en serio, desde luego. El nacionalismo tártaro gana cada vez más espacio, y en las propias calles es frecuente ver su peculiar escritura por encima del cirílico ruso. De hecho, me entero que hace unos años plantearon una consulta popular sobre el uso del alfabeto latino que resultó abortada por Moscú. Al contrario de lo que esperaba, Kazán no es en absoluto una ciudad decrépita: cierto es que desde el tren llevaba viendo durante casi una hora antes de llegar las típicas construcciones campesinas rusas de madera con cubierta a dos aguas—y cuatro tramos—pintadas o sin pintar, pero que en general dan una sensación de aldea chabolista por su crecimiento anárquico. Sin embargo, Kazán no es así: no son raras las altas torres acristaladas de edificios, los coches de lujo con lunas tintadas abundan y, en general, la ciudad tiene un aspecto vivo y dinámico. La calle principal, la peatonal Bauman, es un hervidero de gente, restaurantes y comercios. Y su continuación, la calle Peterburgskaya aloja modernos edificios, restaurados o recién construidos, y unos grandes almacenes de electrónica. En la época soviética Kazán fue un importante centro de la industria aeronáutica, pero ahora vive muy holgadamente del maná del petróleo, cuya gestión recae en gran parte en la propia ciudad gracias a su estatuto de autonomía. Así que los nuevos ricos y horteras en general reinan por doquier.

Con todo, lo más célebre de Kazán es su fortaleza amurallada: su kremlin. Fue mandada construir por Iván el Terrible a los mismos arquitectos que levantaron San Basilio, que al mismo tiempo conmemoraba—como otras muchas iglesias por toda Rusia—la toma de Kazán en 1552. Desde 2000 es Patrimonio Mundial de la Unesco. Sin duda es un complejo arquitectónico muy peculiar y hermoso, refugiado en una colina sobre los ríos Volga y Kazanka. Cabría pensar que la Catedral de la Anunciación es su edificio más impresionante: pero no, la mezquita dedicada a Kul Sharif—el imán que defendió la ciudad frente a las tropas de Iván en el siglo XVI y murió en el intento—es el edificio más impactante y voluminoso desde su conclusión en 2005. El islamismo en Kazán está muy arraigado, aunque no presenta un carácter radical o violento: pero observar mujeres con el pañuelo a la cabeza u hombres tocados con el clásico gorro cilíndrico y truncado es de lo más frecuente. Moscú, sin embargo, continúa alerta frente al nacionalismo tártaro.

La mezquita de Kul sharif, en el Kremlin de Kazán

Un solo paseo por las calles de Kazán ya advierte de que, pese a la latitud, estamos a mucha distancia de Moscú. Siguen siendo frecuentes los rasgos varegos, rubios y blancos, o bien de rostros redondeados aunque morenos. Pero los individuos de tez y pelo oscuro son ya una minoría mayoritaria.

Kazán es, sin duda, una ciudad agradable para un paseo tranquilo. Nada apremia aquí al viajero. El sitio es acogedor, la gente cálida y su patrimonio histórico-artístico perfectamente abarcable en poco tiempo. Y aunque dedicaré una entrada específica a la gastronomía rusa—como he prometido—quiero referirme de pasada a la actitud demigrante y deprobable del restaurante de estilo tártaro en el que he comido esta tarde. Y es que, además de las típicas especialidades a las que me referiré en otra ocasión, a la hora de los postres se me ofrece algo llamado “la Viagra del Sultán”. Y es que, además, ofrecido por una tártara de suave acento y pronunciadas curvas, suena mejor. El caso es que yo ya me esperaba salir del restaurante cual semental de Hormaechea o, a menos, como esos porrones de barro con un moro en hiperbólica posición de firmes, tan caros a la hostelería hispana. Y he aquí que me traen: un pedazo de plátano al horno que daba miedo mirarlo, con dos bolas de helado en la base y nata en la punta. Atónito quedé. Vergüenza me daba hasta mirar a la camarera como diciendo “joder, os habéis pasado diez pueblos” y mucha más meterme eso en la boca. Que por ahí se empieza. Y uno es un español que se viste por los pies y reza todos los días mirando a El Ferrol. Lo dicho, demigrante y deprobable.

El jueves empieza con lo que debería ser un ligero paseo hasta la estación fluvial de Kazán para fotografíar el Volga un poco más decentemente. Pero con mi penoso sentido de la orientación me pierdo en los arrabales de Kazán. Hoy es día de mercado y hay gente por todas las esquinas intentando colocar cualquier tipo de mercancías. Los que cuentan con un puesto cubierto en el interior del mercado acumulan los artículos hasta el techo. Sí, esto tiene mucho más de zoco que de mercadillo. Las viviendas del arrabal son deprimentes hasta el extremo: aquí el Torete se había sentido un miembro de la lista de Forbes. Los edificios se caen de puro viejos, aunque están habitados hasta el último piso. Fuera, en el “jardín”, la ropa se seca colgando de unos tendales roñosos. Las galerías de los pisos están hechas de planchas metálicas también roñosas: aquí el corral del Koala habría sido considerado un cinco estrellas. Un viejuno que parece sacado de una película de Herzog me para por la calle y empieza a soltarme una parrafada. “Nie ruski, hombre”. “¿Nie? ¿Rubli?” Y me hace el universal símbolo del dinero frotando los dedos pulgar e índice. Acabáramos. Le extiendo la mano por si quiere darme algo de dinero y se echa a reír, enseñando unos piños más negros que el futuro de la economía española. El viejo se va riéndose, y yo también. Spasiva, spasiva, da svidania.

Sea como fuere, consigo llegar a la estación fluvial de Kazán, sobre el río Volga. Impresiona menos que desde el tren, pues parece una construcción en canal para la entrada de buques. Ya no se ven los famosos bateleros del Volga de la canción, pero en cambio la vieja flota soviética sigue muy activa. Cuando yo llego, el “Maxim Gorky” acaba de zarpar y el “Semyon Budioniy”—en honor del estrafalario jefe de la Caballería Roja—maniobra para entrar a puerto. Vuelvo dando un rodeo por los arrabales del oeste de Kazán y la gran mezquita del Kremlin muestra su hermoso reflejo en las aguas del Volga.

Un interesantísimo cartel del Circo del Sol se interpone entre nuestra vista y el Kremlin de Kazán

La caminata me ha dejado pelín cansado, así que entro en un restaurante a las 14:30, que ya es buena hora para comer. Me aseguro de que tenga Wi-Fi para poder publicar esta entrada entre plato y plato.

Pasaré el resto de la tarde despidiéndome de Kazán: a las 19:45 sale mi tren—esta vez un convoy con número superior al 300… glups—para los Urales, al territorio del Dr. Zhivago, a Varykino, para llegar al día siguiente a Ekaterimburgo. Ya les contaré, que su paciencia lectora lo merece.

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11 respuestas a “Na Kazan!”

  1. Capitán Trueno dijo:

    Joder lo que me he reido con la “Viagra del sultán”. Anda que no niegues que te la comiste entera, vaya grima. Deduzco que si en el tre ruso te ponen ensaladilla rusa, en el tártaro te pondrán salsa de idéntica étnia en cualquier cosa que comas.

    Ha dado por supuesto que con tales restricciones en el hotel, ni te puedes llevar unas masajistas, y aún menos salir por la ventana para no pagar. Curiosos estos rusos.

  2. Sierpes dijo:

    Ya se puede decir que estoy enganchada a ti viaje. Leo con fruición todos tus posts porque las descripciones son perfectas.

    Me sumo a las risas con la viagra del sultán. Jajajaja

    Y gracias por escribir baraúnda en vez de marabunta. Una lagrimilla de emoción resbala por mi mejilla. sniff.

    ¿Las fotos son tuyas? Me encanta el contraluz del esclavo en el kremlin. Si son tuyas súbeles un poco la exposición cuando las reveles 😉

    • Pero qué te voy a decir a ti de fotografía… Sí, las fotos son todas mías (menos en la entrada de Moscú, que trataré de actualizar hoy o mañana) pero de un muñonazo como yo con la cámara no se puede esperar mucho. Seguiré tu consejo 😉

  3. jesus recio dijo:

    Ya veo que las anecdotas y las aventuras van creciendo a medida que ganas grados hacia el este.
    Sigo tu viaje todos los dias. Un saludo y buena suerte.

  4. Jumeana dijo:

    Pero vamos a ver, cómo dices que sí a un postre con un nombre como ése!!, jajajaja, dicen que la curiosidad mató al gato!, muy buena anécdota, jajajaja. Tengo especial interés en leer la entrada sobre gastronomía rusa que has prometido…

    Muy interesante la clase magistral sobre el transporte ferroviario ruso, hiciste un máster antes? vaya control del tema.

    Del hotel no digo nada ya, veo que comenzamos con “aquellas escaleras” y seguimos con “este edredón”, en fin..

    Muchos saludos.

    • Como decíamos en la escuela: “yo es que pensaba…”. Sinceramente, creí que me traerían algún helado de esos azules que vendían cuando éramos unos críos, helado de pitufo lo llamaban. No esperaba un trabuco de ese calibre. Y bien cargado y descargado, además.

      Sobre ferrocarriles no he contado ni la mitad de lo necesario: pero lo suficiente para que quien quiera animarse a hacer el viaje no se lo piense dos veces y vea que es algo perfectamente asequible. Y que aquí la gente en general es maja. Hay demasiada leyenda urbana sobre Rusia. De momento conservo mis dos riñones y la virginidad anal (ni el bigote de una gamba, que diría Luis Aragonés).

      Prometo novedades de mi gatuna curiosidad en el post sobre Novosibirsk.

  5. I dijo:

    Dios….al leer tu post, me ha invadido un extraño deseo de comprarme un billete de tren! Claro que como bien dices, Renfe no es lo mismo. Y aqui Ave tampoco tenemos..!
    Me encantan los post. Sigue así!
    P.D: Y una brújula para no volver a perderte?
    Besito!

    • Yo nací tan torcido que imanto las brújulas con sólo acercarme 😉 Mejor un chip de esos del veterinario con cartilla sanitaria al día.

      Déjate, déjate de Renfes que Pepiño nos clava cual pincho moruno. Mejor abrimos ya el plazo para intentar la ruta de la BAM (Transbaikal Amur) otro año con todo el que quiera animarse en plan mochilero.

      ¡Un besiño!

  6. PS dijo:

    Kazán será siempre ya la viagra del sultán. ¡Anda que no te pedirán/pediremos veces que lo vuelvas a contar!

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