Midnight at Moscow

La vieja melodía de la canción, con la que comenzaban las emisiones de Radio Moscú cuando era un criajo, no se me ha ido de la cabeza estos días por razones obvias, supongo. Y aunque no me ha dado por andar a medianoche por Moscú—que en el hotel se está muy bien a esas horas—me ha servido de banda sonora más fiel que toda la carga de mp3 que llevo encima.

La ciudad se merece una canción. Y muchas cosas más: entre ellas, una visita más detenida y detallada. Es, realmente, una ciudad maravillosa, espectacular, de contrastes y grandes atractivos. Nada más llegar, la primera ojeada desde el taxi ya nos deja ver que es una ciudad muy diferente a San Petersburgo: si aquélla era la sede del gobierno imperial, siempre mirando a Europa—bien hablando francés desde Pedro I, como un patriota ruso desde Alejandro I o ahora restaurando con satisfacción el águila bicéfala por doquier—e imitando su arquitectura, sus costumbres y hasta el snobismo de su aristocracia, Moscú es otra cosa: es una ciudad fuertemente gubernamental, la huella del Estado se deja ver en cada rincón, en cada calle. Y eso significa, sobre todo, dos grandes fuerzas sociales: la vieja Rusia de los boyardos, los iconos y los iuródivi—los idiotas de Dios—y la Unión Soviética. La impronta de estas dos fuerzas se deja ver por todas partes, aunque en relación inversa a su antigüedad. Lo que es lo mismo que decir que el toque soviético abarca toda la ciudad. Los amantes del constructivismo y, sobre todo, del realismo socialista tendrán un auténtico paraíso al alcance de su mano.

Empezando por el metro, que es la mejor manera de moverse por la ciudad. De las que he visto, la estación más bonita es, sin duda, Ploschad Revolutsii, con sus estatuas de soldados, obreros, campesinos, marineros, etc.

Estación de metro de "Ploschad Revolutsii", una de las más hermosas de la red moscovita

Paveletskaya tampoco está nada mal, con grandes escudos con la hoz y el martillo en lo alto de cada columna. Amplios corredores, decoración suntuosa, suelos de mármol: Moscú ha ganado merecida fama con su metro, pues es, sin duda, el más bonito de los que he podido visitar. También es cierto que ha debido ser uno de los más dramáticos en su desarrollo, con cientos o miles de muertes a sus espaldas por la mano de obra forzada en su construcción. Y es que, ya sabe, las dictaduras tienen una grandísima ventaja sobre los Estados de derecho—aunque derechos cada vez van quedando menos, salvo el del pataleo—y es que sólo verán limitada su disponibilidad de mano de obra esclava o semiesclava por la propia demografía. Así que tira millas, que trabaja el primo. Las cosas no han cambiado mucho desde las pirámides egipcias, me temo.

Como decía, el metro es relativamente barato: diez viajes cuestan exactamente 6 euros al cambio. La frecuencia de los trenes es bastante alta—llegando al tren por minuto en las horas punta—y, en general, es rápido y eficaz. Así que debe ser algo obligado para el turista. Sin embargo, tiene una serie de inconvenientes que no hay que pasar por alto. El primero es que carece de cualquier información en caracteres latinos, así que más vale conocer bien el alfabeto cirílico—si se aprende Economía en dos tardes el cirílico no debería llevarnos más de cinco minutillos—o el metro puede convertirse en un frustrante laberinto. Además, suele haber bastante listillo pululando por los pasillos que, si observa la duda en la cara del viajero, se brindará “amablemente” a conducirle a su destino por una “módica” cantidad de digamos… 25 euros o así. Ojo al dato. El segundo inconveniente es que los conductores no suelen andarse con chiquitas y las puertas se cierran como cuchillas, de manera que como el viajero quede en medio de las puertas (algo que pasa frecuentemente) va a tener que librarse de ellas poniendo todas sus fuerzas en el intento. Algún moratón que otro dan testimonio de ello por parte de quien les escribe. Los vagones son en la mayoría de las líneas viejos y ruidosos, con poca o nula información escrita acerca de las paradas. Si a eso sumamos que en las paredes de las estaciones no siempre se hallan muy visibles los rótulos informativos para verlos desde el vagón es bastante probable que equivoquemos nuestra estación, a no ser que tengamos un fino oído para captar lo que dice la locución del convoy. Y no es fácil para un oído no acostumbrado al ruso.

Sobre el metro tengo que decir que me ha parecido más seguro que muchos de los que he usado en España y aun fuera. La seguridad en el subterráneo moscovita se ha incrementado enormemente desde que se convirtiera en objetivo preferente para los terroristas de las repúblicas secesionistas: hay policías casi en cada columna. Nadia se asombra cuando le digo que en España pensamos que el Metro de Moscú es la meca de la inseguridad: “¿Y entonces el de Nueva York?”, me responde entre sorprendida y ofendida. Pues no le falta razón. En febrero de 2004, en la estación junto a mi hotel, Avtozavodskaya, un atentado se cobró la vida de 41 personas e hirió a otras 250. Una placa y flores les recuerda en el corredor de acceso. Ante este tipo de acciones parece lógico que la seguridad sea extrema en el Metro de Moscú.

Estación de metro de Avtozavodskaya, objetivo de los atentados terroristas de febrero de 2004

En cuanto a qué ver en Moscú, la ciudad es algo más que la Plaza Roja y el Kremlin. Cierto es que son estos lugares los más impactantes, a priori, para el turista que llega con la cabeza llena de imágenes y expectativas. Debo decir, sin embargo, que mi visita a la Plaza Roja no fue todo lo satisfactoria que esperaba. En primer lugar: San Basilio es realmente bastante más pequeña de lo que las fotos sugieren. Me sorprendió negativamente, junto con un colorido bastante “kitsch” de los muros que le daba un toque moderno y Disney muy poco convincente. Probablemente sean paranoias de un servidor. En segundo lugar: cual si de mera Plaza Porticada o Pombo se tratara, los días previos había habido un evento/concierto/loquesea en la Plaza y estaba complemente tomada por carpas, andamios, gradas, etc. Realmente frustrante.

Aun así, es un placer pasear por esos adoquines míticos, ver las torres del Kremlin coronadas por las estrellas de cinco puntas, el estilo neorruso del Museo Histórico o los grandes almacenes GUM, antaño tiendas del Estado y hoy sede de lo más exclusivo—Cartier, Gucci, Hugo Boss, etc—para que los nuevos rusos encuentren su identidad a golpe de talonario. Eso sí, todas las puertas de las tiendas cerradas y con seguridad privada, ningún precio en los escaparates (preguntar por dinero es de mal gusto y de pobres). Junto al estrado desde el que el zar se dirigía al pueblo, donde se llevaban a cabo ejecuciones, ahora dormita un perro callejero: es el signo de los tiempos. El chucho al menos parece más satisfecho que otros personajes que se mueven por la plaza. En un punto junto a las puertas del Kremlin una gran placa en el suelo recuerda que estamos en el kilómetro 0 de la ciudad. La costumbre—una de esas que pueblan el estupidario universal—consiste en colocarse sobre el punto y tomarse una foto mientras se tiran hacia atrás unas monedas. Al instante, unos cuantos mendigos provistos de imanes recogen las monedas ante la satisfacción general del público. Un espectáculo edificante, sin duda. Aunque tal vez algo soso: podría haberse hecho luchar los mendigos por las monedas dentro del círculo y proclamar vencedor (con entrega de los rublos) al que antes arrancara a yoyas los dientes al otro. Estos rusos no saben, que le dejen a Manolo Lamas.

Otra de las frenéticas actividades en torno a la Plaza es la venta de souvenirs para el turista: gorros de piel, militaria soviética de nuevo cuño, camisetas rojas con el “CCCP” estampado y, cómo no, las omnipresentes matrioshkas. Aquello es una orgía de matrioshkas. Las hay de múltiples tamaños, colores, formas y motivos. Además de las tradicionales, las de líderes ruso-soviéticos triunfan entre los clientes: ver una matrioshka con Medvedev en su cara exterior resulta algo inquientante. Dentro podemos imaginar a Putin, Yeltsin, Gorbachov… A partir de ahí, la decadencia de la matrioshka es ya palpable: ¡las hay con motivos del Barça y otros equipos de fútbol! Cuando voy a darme la vuelta para marcharme definitivamente veo una muñeca que me recuerda a alguien… esa cara me suena… ¡coño, si es nuestro Juancar! Me quedo casi en estado de shock. ¿Tendrá dentro a… ? La intriga y la curiosidad me pueden, me salto todo el protocolo del mercadillo, agarro la matrioshka y empiezo a abrirla. ¡Justo lo que pensaba!: la reina Sofía (¿Qué esperaban?) Y dentro, el príncipe Felipe. Ante el riesgo de encontrar una infanta o incluso a la mismísima Letizia dentro de la muñeca, opto por cerrarla.

El interior del Kremlin proporciona un bonito paseo, pero una gran parte del complejo gubernamental está cerrado al público. Iglesias, cañones y armería real son lo más destacado para el visitante, amén de algunas vistas de la ciudad realmente seductoras.

En cuanto al Mausoleo de Lenin, resulta una experiencia que sólo podría definir como un tanto irreal. Tras una cola de una media hora, la militsya nos obliga a dejar bolsas, cámaras y móviles en una taquilla—previo pago, desde luego—por lo que fotografiar las tumbas junto a los muros del Kremlin queda totalmente prohibido. En el interior del Mausoleo el silencio es sobrecogedor y los rostros de los soldados que indican con un gesto el camino a seguir son casi fantasmales por la escasa iluminación. El primero de ellos casi me pareció un cuadro, una pintura o un holograma, no un ser humano. Cuando se llega a la sala, una potente luz enfoca el cuerpo embalsamado del fundador de la URSS y la gente lo rodea en silencio. Un guardia me hace sacar las manos de los bolsillos. La sensación es, como he dicho, completamente irreal: podría ser un muñeco de cera y la diferencia a la vista sería mínima o nula. Goodbye, Lenin.

Ya en la calle, junto a las murallas, pueden verse las tumbas de ilustres revolucionarios y mandatarios soviéticos: Brezhnev, Andropov, Chernenko, Voroshilov, Sverdlosk, Zhdanov, Frunze, el mariscal Zhúkov, Clara Zetkin, el periodista americano John Reed y, cómo no, el Padrecito de todas las Rusias, el Vozhd: Iosif Vissarionovich Dzhugashvily “Stalin”. En un principio, la momia de Stalin fue situada junto a la de Lenin en el mausoleo, pero en 1962 Khrushev ordenó su desalojo y enterramiento convencional, sin ningún tipo de distinción respecto a otros líderes revolucionarios y soviéticos.

El padrecito muerto de todas las Rusias duerme junto a Lenin.

Sin embargo, uno de los lugares que más me ha impresionado de todo Moscú ha sido el Centro de Exposiciones Panrruso, antes Centro de Exposiciones de los Logros Económicos de la URSSS. Junto a pabellones de antiguas repúblicas soviéticas participantes en diversas muestras—incluido el de la propia URSSS, hoy convertido en un oscuro bazar especializado en electrónica de consumo y plagado de chinos y vietnamitas—una fuente dorada con mujeres luciendo los distintos trajes nacionales y diversos ejemplos más o menos frikis de realismo soviético, lo más impresionante es la gigantesca estatua del Obrero y la Koljosiana de más de 24 metros realizados en acero y que se exhibió en el pabellón soviético de la Exposición Internacional de París en 1937. El pabellón se situaba frente al alemán, con su orgulloso águila, y cuentan que cuando Albert Speer logró hacerse con los planos del pabellón soviético y vio la estatua se quedó horrorizado: “¿El pueblo ruso avanzando con la hoz y el martillo hacia Alemania?”

"Obrero y koljosiana", obra de la escultora Vera Mukhina (1937)

La sola vista del monumento a distancia, frente a una torre de apartamentos en construcción es sobrecogedora, pues en el año 2009 concluyó su restauración y se ubicó en un enorme pedestal aún más grande que el anterior. La visión es realmente impactante, al estilo de los evangelistas de la Cruz de los Caídos. Y su propósito, el mismo: apabullar al espectador con la grandeza y el poder de un Estado que modela a las grandes masas con la misma facilidad y clarividencia que lo hace con el acero de las estatuas. Un interesante debate, el del arte de las dictaduras y su destino. Debate en el que cada vez me inclino más por su conservación, mantenimiento y difusión. La segunda mitad del siglo XX ha metido ya demasiada basura bajo su alfombra, ha tirado demasiado del fácil recurso del olvido y no creo que con ello ganemos nada. Más bien al contrario.

En el mismo parque podemos encontrar otra maravilla bastante discreta: el monumento y museo dedicado a los cosmonautas soviéticos. Dentro se asegura que podemos ver la cápsula Vostok 1 en la que Gagarin orbitó sobre la Tierra, un par de perros disecados que fueron los primeros en regresar con vida del espacio—no así Laika—y un largo etcétera de curiosidades y recuerdos de la carrera espacial soviética que tanto orgullo dio a su pueblo y tan caro le salió (pues de ahí, y de los programas militares, vino el raquitismo de sus industrias de consumo).

Otra de las maravillas moscovitas que impresiona al visitante son las 7 hermanas, las torres gótico-stalinistas entre las que destacan el Hotel Ucrania o el Ministerio de Asuntos Exteriores.

Hotel Ucrania, una de las siete torres gótico-stalinistas que se levantan en Moscú

Más arquitectura colosal para acojonar al personal. Y lo consigue, vaya que sí. Una lástima que finalmente no se llevara a cabo la construcción del Palacio de los Soviets entre 1937 y 1941, que planeaba levantar el edificio más alto del mundo con un colosal Lenin dominando la ciudad. Los dibujos que han sobrevivido del proyecto—además de recordar sospechosamente a King Kong—dan más respeto que el ojete de Sauron. Pero habría sido una experiencia estética rayana en lo terrorífico y de lo más interesante. Cosas de Iosif.

Pero la nueva Rusia está ya por todas partes: torres acristaladas, edificios de oficinas, nuevos bancos, grandes almacenes, negocios, etc. Convive aún con la vieja Rusia soviética, pero el tiempo disolverá casi todo ello y el Moscú más actual es imparable. El sábado por la noche la juventud—presente en todas partes—hace una pseudobotellón en los jardines y parques, dando una animación a la ciudad muy por encima de otras ciudades europeas. Limusinas interminables, coches de lujo y una especial obsesión por las lunas tintadas inundan las carreteras de la ciudad. Volodya me cuenta que Moscú acapara el 80% de la riqueza de Rusia y a ello se deben los altísimos precios que rigen en la ciudad incluso para un occidental. Le comento que eso sólo puede ser fruto de un sistema financiero y fiscal desequilibradísimo, amén de odioso. Si yo viviera en Novosibirsk me reventaría bastante contribuir a un agujero negro así. Volodya se encoge de hombros y en ese momento pienso que tampoco España—a la vista del despoblamiento y atraso de su interior—puede dar muchas lecciones a ese respecto.

Proyecto para el "Palacio de los Soviets" proyectado por Stalin entre 1937 y 1941

En fin, así es la ciudad. Un mastodonte de mil caras por el que es muy agradable dejarse seducir, pese a la tan extendida idea entre unos turistas occidentales que apenas asoman la nariz por aquí. Confieso que dejo la ciudad con cierta pena, pero en un par de horas—mientras hago tiempo escribiendo este blog en el bar del hotel—tomo el tren para Kazán, donde llegaré por la mañana.

Íncipit Transiberiano.

P.D. Por el momento no puedo descargar y editar las fotos que he tomado de Moscú, aunque tampoco son gran cosa. Prometo editar más adelante e incluirlas.

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7 respuestas a Midnight at Moscow

  1. Capitán Trueno dijo:

    La verdad que son muy interesantes y divertidos estos posts. Comparto plenamente tu idea sobre el error que supone eso de derribar los hitos constructivos (edificios o estatuas) de las dictaduras. Dicen mucho más sobre el espíritu de un régimen que bastantes tratados de historia, y, realmente sobrecogen por su ingenuidad iconográfica unida a su tamaño gigantesco. Son realmente inquietantes.

    Por cierto, el obrero y su amiga cojonciana, unen a su monumentalidad un cierto aire de ninot que da especial mal rollo.

    • No hace ni un mes que pasé por el Cementerio de los Italianos que corona el Puerto del Escudo y pensaba eso mismo. No veía aquello desde niño, y me sorprendió el uso propagandístico de la arquitectura en elementos no figurativos: el dintel de la puerta no es recto, sino que hace una línea quebrada para formar la “M” (no, no del vampiro de Düsseldorf) de Mussolini. Pero con la que está cayendo, cualquier suelta ahora que van a sacar dos duros del presupuestos para rehabilitar un monumento fascista.

      En lo del ninot no había caído, pero tienes toda la razón. Los griegos idealizaban mucho mejor, no quedaba tan kitsch. Ni me atreví a mirar debajo de las faldas de la cojonciana, no fuera a ser que los tuviera de acero.

  2. Sierpes dijo:

    Cómo estoy disfrutando con tus descripciones. Muchísimas gracias. No sólo son divertidísimas, cosa que personalmente agradezco, sino que son muy precisas y muy bien pintadas. No tenía ni idea de lo del edificio tremendo “Torre Oscura” style que habían ideado construir con el gran Lenin de corona, es una pasada. A mí las monumentalidades me empequeñecen tanto que me asustan porque me da la impresión de que voy a acabar diluída en ellas cual azucarillo y te aseguro que leyendo tus posts he tenido esa misma impresión. ¡Qué acojono! Aunque es como acojonarse viendo Alien; un cague y un gustazo a la vez.

    Más, más, arff, arfff

    • Pues me alegra que os llegue lo que describo, porque son muchas cosas vistas y oídas, poco tiempo y oportunidad de contarlas y una capacidad limitada de llegar a los que leen.

      En cuanto a la relación indisoluble entre miedo y dictadura, entre gótico y tiránico, no ha pasado desapercibida para el moderno marketing. Y no son sólo los nazis zombies del cine noruego, sino también videojuegos un pelín frikis 😉

      Stalin contra los marcianos

  3. Jumeana dijo:

    Muy bien descrito todo, tanta construcción faraónica acojona un huevo, sobre todo la imagen del proyecto para el Palacio de los Soviets, efectivamente parece la tierra de Mordor…
    Sobre la escultura del obrero y compañía con la hoz y el martillo me uno a un comentario anterior, da un yuyu que para qué…

    No te digo nada ya del mausoleo con el otro ahí embalsamado, cuando lo he visto alguna vez en la televisión me ha parecido de lo más tétrico, yo creo que hubiese entrado allí con una ristra de ajos como mínimo…, por si aca.., la verdad es que “irreal” creo que es el adjetivo mejor para describir la situación.

    Muy interesante todo. Sigue contando.

    • Deberías ver las momias del convento de los Capuchinos, creo, de Palermo. Canelita en rama 😉 Comparado con eso, a Lenin dan ganas hasta de darle un besito en la calva. Por ahí circulan unas fotos del proceso de conservación de la momia soviética que no recomiendo ver a los estómagos sensibles.

      Si los tártaros de Iván Ogareff me dejan, seguiré contando.

  4. Andres dijo:

    Excelente crónica. La cultura es el aderezo de la arquitectura. Saludos

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