El loro de Moscú

Reconozco que estos días sin apenas comunicación en castellano han pasado su correspondiente factura. Por eso, cuando he visto en la recepción del hotel a mi amiga Nadezhda Vladimirovna no me ha quedado más remedio que sonreír, como ella, y reventar mi locuacidad por todos los poros de la piel, hablando como un poseso, sin apenas reparar en la comida pese al hambre que me cargo. Nadiezhda Vladimirovna es un nombre que suena muy tolstoiano, pero es su auténtico nombre. Para los rusos, el nombre tiene dos partes: la electiva, digamos (el “imya”) y el propio patronímico, el que depende del nombre del padre (el “otchesvo”). Es decir: el nombre es libre, pero el patronímico depende absolutamente del nombre del padre. De esta manera, si deciden llamarte Miguel (Mikhail) pero eres hijo de Sergey, serás Mikhail Sergeyevich. El otchesvo, al igual que el “familya” o apellido, tiene forma femenina, por lo que mi amiga es Nadezhda Vladmirovna. Lo que traducido significa: Esperanza, hija de Vladimir.

El caso es que—pese a este galimatías—Nadia es una buena amiga. La conocí hará unos tres años, cuando ella estudiaba español y yo hacía lo impropio con el ruso. Después de cerciorarnos de nuestra mutua incapacidad o desidia para los idiomas, llegamos a ser buenos amigos. La vida de Nadia no ha sido muy fácil desde entonces: 31 años, dos hijos, divorciada desde el año pasado y en el paro desde el anterior por la crisis mundial. Pero no pierde la eterna sonrisa. Nadia es la antítesis de nuestra hispánica imagen del ruso: amable, locuaz, hospitalaria, sonriente, divertida. De hecho, creo que me gana por goleada en casi todas las categorías.

Después de saludarnos en el hall del hotel (recuerden, en Rusia a las mujeres se les dan tres besos, no dos), ella toma la iniciativa y me lleva a un restaurante ucraniano: Korchma Taras Bulba, una cadena donde pueden probarse las mejores especialidades de Ucrania a buen precio (que sepa el Capitán Trueno que tomo nota para la entrada gastronómica). Allí me regalan dos botellas de vodka Nemiroff que no tengo intención de abrir y en poco tiempo estamos viendo el Bolshoi (literalmente “teatro grande”) y la Plaza Roja (“Krasnaya Plozhad”). Paseamos por los jardines del zar Alexander y me cuenta un poco su vida: hija de un miembro del partido, desde los dieciséis años se enamora del hijo de un coronel del Ejército Rojo. Él se convierte en funcionario del Banco de Rusia y ella estudia Filología Inglesa (se le dan estupendamente los idiomas). El tiempo ejerce su labor corrosiva: su padre muere en 2000, tienen dos preciosos hijos (Maximilian y Ekaterina), trabaja para una empresa de finanzas húngara, pierde su empleo y su matrimonio entra en crisis.

Mientras paseamos me cuenta al oído una curiosidad: el año en el que la URSS se desmoronó (1991) ella acababa de entrar en los “Pioneros”,  la organización juvenil del PCUS. Le gustaban el pañuelo al cuello, el gorro, las horas de voluntariado limpiando el río Moskova, los campamentos, ser una joven pionera soviética. Es otro mundo: el de su infancia. Me confiesa que lamenta mucho que eso se perdiera y noto que lo dice de veras.

Después de pasear un buen rato por la Plaza Roja y sus aledaños, Nadia me invita a cenar en su casa. Sin dudarlo, acepto. Vamos en metro hasta cerca de su casa y allí hacemos la compra: tomates, lechuga, pechuga de pollo, uvas, etc. Ella lo elige y, sin pensarlo apenas, me lo pasa a mí para que lo lleve. La camarada Bibianka Aídovich aún no ha navegado por el Moskova.

Cuando llegamos a su casa, el estado del edificio me sobrecoge: no hace falta ser un visillero de pro para darse cuenta de que aquello es una ruina. Los escalones no han sido recubiertos por nada, siguen tal cual con el cemento, el portal se muestra en la semioscuridad de una sola bombilla, el ascensor… bien, mejor no comentarlo. Nos recibe en su casa Volodya, su pareja. Al principio se muestra huraño, pese a que Maxim me ofrece ingenuo su mano con un sonoro “¡Hola!”. Nadia prepara la cena y Volodya se va soltando: acabamos conversando entre risas. Él es también un apasionado de la historia de su país y cuando yo hablo de “post-war in Spain” él me pregunta a qué me refiero: “naturalmente, a la Guerra Civil Española. España no participó en la Segunda Guerra Mundial”. Volodya enarca una ceja y pregunta: “¿Seguro?”. En ese momento la División Azul me pega tal pescozón que me acuerdo de ella. Un detallito de nada, poca cosa. Él afirma y nos reímos a gusto.

Después del arroz con pollo que prepara Nadia hablamos de la situación en Rusia. Les pregunto por Medvedev y las risas salen de nuevo a espuertas. Volodya, cuando habla de Medvedev, usa el “she”. Luego corrige al “he”, pero Nadia se empeña en que use el “she”. Según los dos, Medvedev es pocolisto.  Vamos, que cada vez que abre la boca queda como un auténtico gilipollas. Me cuentan unas cuantas de sus historias (como la de sustituir la “militsya” por la “politsya”) y la sensación es de que, en efecto, es un tonto importante.

Dmitry Medvedev: otro que aprende Economía en dos tardes.

Otra opinión muy distinta les merece Putin, a quien consideran astuto zorro político. Cuando hablan de él usan una palabra: orden. Llegados a este punto, les pregunto por Yeltsin y Gorbachov. Sobre el primero, no hay discusión: un borracho impresentable que degradó Rusia a su mínima expresión.  Más matizada es la opinión sobre Gorbachov, pero los dos coinciden en la definición: un “renegado”. En palabras de Volodya: “Alguien que heredó un gran país y lo vendió a trozos”. Sin duda, es una imagen muy diferente de la que se tiene en Occidente y se lo hago saber: “¿Tenía alguna otra opción?”. Ellos callan y tuercen el gesto de la boca. Si soy sincero, ni yo mismo me creo la pregunta.

Me despido de ellos y me acompañan a la estación del Metro. La impresión, después de hablar con ellos, es que el ruso común es tremendamente práctico. La nostalgia de la URSS no es ideológica en absoluto. De hecho, Nadia apenas entiende de política. Y, como a todos los jóvenes rusos, le apasionan la electrónica de consumo, la ropa cara, viajar al extranjero, el rock y el rap e ir de tiendas. No son en nada diferentes de cualquier joven occidental. Pero sí lamentan la postración de su país, su desmembramiento y el caos en que se sumió en los años 90, del que aún quedan muchas huellas. Echan de menos la seguridad, un cierto bienestar mínimo para toda la población – en otra entrada hablaré sobre los contrastes sociales y la pobreza en Rusia – y cierta vida comunitaria, muy alejada del individualismo ultracompetitivo en el que ahora está instalado el país. No dudan en señalar a los responsables: “una casta de políticos traidores, a todos los niveles”. Y no sienten simpatía alguna por el vencedor, los Estados Unidos.  Mi conclusión es que, hablando con ellos, se refuerza la idea que Alexander Zinoviev expresaba en La caída del imperio del mal: “Querían matar el comunismo y le pegaron un tiro a Rusia”.

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6 respuestas a El loro de Moscú

  1. PS dijo:

    Me ha sorprendido mucho lo de Gorvachov, ¡y tanto que la imagen que nosotros tenemos es bien distinta! (¿de verdad somos occidente?). Será que nos lo han vendido de “estadista”…
    Enhorabuena por el post.

  2. Jumeana dijo:

    Interesante el post y curiosa conclusión.
    Espero ya el siguiente relato.

  3. Capitán Trueno dijo:

    ¿Medvedev es tonto?, les mandaba yo a uno que yo me sé para que vean lo que vale un peine. ambos, me temo, hemos pensado en el mismo tonto, sí, ese que dice que los parados en formación trabajan por el bien de su país (no te habrás enterado, afortunadamente estás lejos).

    En fin, quizás los rusos piensen que ZP es un gran estadista, al igual que nosotros pensamos que Gorvachov ha sido quien ha reconducido al oso bolchevique al paraiso del mundo libre, que diría Bush. Se ve que los grandes líderes también se la juegan en las distancias cortas.

    • Pues sí, mi capitán, la distancia hace milagros: ni siquiera me entero de las tonterías que eructan por aquellas tierras allende los Pirineos. Eso sí, sorprender no me sorprende nada ya.

      Yo después de oír a un convocante de una huelga general, como el seño Tocho, decir que la huelga es una putada y al mismo tiempo pedirle a la gente que vaya… me lo creo todo. Ayer escuché un discurso de Luzhkov, el alcalde de Moscú, sobre las dificultades del transporte en la ciudad y tuve suficiente. La distancia hace milagros incluso con los tontos.

  4. Sierpes dijo:

    ¡Jo! No se me ocurre ningún comentario inteligente, culto, con cierto nivel para simular que estoy muy puesta en la política rusa y que soy una digna lectora de este magnífico blog. Así que nada, gracias. Interesantísimo.

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