Benvinguts a… Санкт-Петербург!

Como ya dije en la anterior entrada, lo mejor de los viajes son las sorpresas. Andaba yo esperando un apasionante tour por Gavá o Viladecans cuando los muchachos de Vueling nos citaron en el hall del hotel, nos metieron en un autobús y ¿a que no imaginan ni por lo más remoto dónde nos han llevado? ¡A San Petersburgo! ¿Quién lo iba a pensar? Esta gente de Vueling cada vez se esfuerza más por sorprender al cliente: un diez para ellos.

Puse pie en la Santa Rusia a eso de las 6:03 de la mañana, en un aeropuerto de Pulkovo envuelto en una densísima bruma, a medio camino entre “Casablanca” y “La niebla”. Los focos blancos del aeropuerto dejaban ver las siluetas fantasmales de decenas de aviones durmientes, parecidos a esa nave desolada de “Alien” donde se hallaban los fatídicos huevos. Como suele ser habitual en este tipo de viajes, los españoles hicimos enseguida piña para pasar el control de pasaportes—ya que nos rechazaron a la primera intentona—y tras lograr pasar la barrera—una decepción absoluta: yo pensé que las policías rusas de aduanas, todas enfundadas en unos prietos uniformes, iban a ser más estrictas: no sé, un cacheo o algo… Pero no. Apenas miraron el pasaporte, sello y adelante—nos dividimos en grupos para llegar al hotel a nuestra conveniencia y comodidad. Yo viajé con una señora catalana y su sobrina-nieta, deseosas de ver el Ermitage.

La llegada al hotel, en una calle perpendicular a Nevsky Prospekt—la principal arteria de San Petersburgo—fue más bien desoladora. Las escaleras del edificio, cuya foto adjunto, eran propias de un edificio en ruina. Hablar de un hotel de “estilo soviético” es poco: he conocido tugurios en los que los borrachos vomitaban en las esquinas bastante más aseados que este hotel.

Escalera del Hotel Nevsky Aster

En cuanto a la habitación, muy normalita. Equivalente a la de un montón de hostales españoles… pero al precio de un hotel de cuatro estrellas. La hostelería en Rusia, al menos en sus grandes ciudades, es muy cara: en muchos casos el cliente pagará exclusivamente una situación privilegiada, porque la calidad de los servicios e instalaciones brilla por su ausencia. Nada más dejar la maleta en la habitación caí en la cuenta de algo que había leído y, desgraciadamente, olvidado: los rusos desconocen lo que es una persiana. Ni saben lo que es, ni les interesa. Así que si alguno está pensando en venir a estas latitudes, le recomiendo un antifaz para dormir como un cristiano.

Después de dormir un rato enfilé Nevsky Prospekt y en cinco minutos llegué a la Plaza del Palacio: debo reconocer que el efecto para el visitante es impresionante, casi sobrecogedor. La inmensidad de la plaza, la presencia del Palacio de Invierno, la columna de Alejandro III y el arco del edificio del Estado Mayor forman una escenografía grandiosa, de ésas que no decepcionan por muchas veces que se las haya visto en fotografías. Con un poco de imaginación no es difícil ver a los manifestantes masacrados en el Domingo Sangriento de la Revolución de 1905 o a la Guardia Roja asaltar el Palacio de Invierno desde ese mismo arco en 1917.

La Plaza y columna de Alejandro III desde la archifamosa verja del Palacio de Invierno

El turismo es, verdaderamente, un juego de la imaginación. A veces un juego deseado y consentido, otras veces insospechado—muy parecido al fraude—pero siempre un entretenimiento en el que formamos o dejamos que nos formen una imagen previa, una idea a medio camino entre la realidad y el deseo, que debe someterse siempre a la prueba de fuego de estos dos polos. Por eso siempre que visitamos un lugar buscamos esas imágenes recurrentes o asideros mentales donde los sedimentos de un nombre (San Petersburgo) se han ido acumulando durante años. En esta labor hay que reconocer que el instrumento fundamental viene siendo, desde hace décadas, el cine. Y para un friki de la Historia Contemporánea y el cine, como yo, las referencias tenían que ser Pudovkin y, sobre todo, Eisenstein.

Visitar San Petersburgo con esas películas en la mente es ver una por una todas sus escenas: el puente de la Trinidad con el caballo blanco muerto colgando y el cabello de la manifestante muerta resbalando por el intersticio; el Instituo Smolny, donde los bolcheviques planificaban su golpe de Estado en tanto se celebraba el Congreso de los Soviets de toda Rusia; Kerensky en las habitaciones de la zarina; las masas asaltando el Palacio de Invierno… Todo es una referencia a lugares reales, a detalles casi imperceptibles pero realmente existentes. Incluso los rostros de esas películas soviéticas, que a veces nos parecen un tanto pintorescos—cuando no estrafalarios—los puedes ver en la calle, en el trolebús, en un bar. Y no deja de ser curiosa la comparación con el star system de Hollywood: en tanto allí trabajaban sobre todo la excepción, lo extraordinario y sobresaliente—y en eso se basaba el culto a la estrella de cine: no toda América era Mary Pickford, obviamente—en Rusia hacían lo propio mostrando los rostros cotidianos, vulgares e incluso feos que forman la realidad conocida. Dos maneras distintas de entender el arte, sin duda.

Pero es que hasta detalles nimios en las películas soviéticas, incluso cuando son ejemplos del montaje intelectual de Eisenstein, tienen una razón real de ser. Hay varias escenas de “Octubre” donde aparecen autómatas animales (una lechuza, un pavo real) en una clara referencia al carácter de marionetas de los ministros burgueses del Gobierno provisional: pues bien, esos autómatas están en el Palacio de Invierno. Forman parte de un magnífico reloj dorado inglés del siglo XVIII. Incluso una de mis escenas favoritas de la película, cuando ya acorralado el Gobierno un viejo ministro acaricia un harpa dibujada en un cristal, poniendo imagen a la decadencia de una existencia que sólo puede refugiarse ya en la estética, tiene una base realísima: según la audioguía, un pequeño comedor blanco cerca del fastuoso salón de malaquita era el lugar donde fue arrestado el Gobierno provisional en pleno en octubre de 1917. Me fijé bien en el salón y, efectivamente, ¡las harpas de los cristales estaban allí, decorando un biombo!

Sobre el Ermitage muy poco es lo que puede decirse que no se haya dicho mil veces: kilómetros y kilómetros de galerías, de las que me quedo las dedicadas a los impresionistas franceses y a C.D. Friedrich. Después de recorrer a la carrera el Ermitage, al viajero sólo pueden quedarle ganas de quitarse los zapatos y tenderse en la cama. Y así fue.

Al día siguiente, y ante lo inabarcable de la ciudad, decidí seguir un hilo conductor en la visita: una excusa que me hiciera recorrerla en varios de sus puntos y que me llevara a ver sitios no previstos en principio. Como no podía ser de otra forma, tomé el período soviético y la Revolución como excusa y me fui hasta el Instituto Smolny, donde Lenin dirigió el golpe de Estado de octubre de 1917. Cuando llegué allí, y una vez que el policía de turno me informó de que no podía sentarme junto a la valla, me enteré que no podía visitar el interior del edificio: al parecer dos españoles, por nombre Méndez y Toxo, estaban planeando allí el inicio de una cruenta revolución en España para el día 29 de este mes. Aunque puede que yo lo entendiera mal y realmente lo único que sucedía es que ahora es la residencia del alcalde de Petersburgo y sólo resulta visitable con cita previa.

Estatua ecuestre de Pedro I: el jinete de bronce de las pesadillas de Pushkin

El resto del día pasó visitando otros lugares míticos de la Revolución, como el crucero “Aurora” que dio con su cañonazo la señal de salida a la toma del Palacio de Invierno, el Campo de Marte, donde junto a la cripta de los caídos por—¿o deberían decir “de”?—la Revolución siguen ondeando banderas rojas, la Fortaleza de Pedro y Pablo, etc.

Como resumen señalar que la visita—en parte gracias a Vueling—me ha dejado muchísimas cosas por ver en la ciudad. Espero tener oportunidad de volver en un futuro. El estado de la ciudad, la conservación de sus edificios, infraestructuras, monumentos y mobiliario urbano es bastante deficiente: diríamos que es una ciudad bastante sucia y un tanto destartalada. Pero, sin embargo, está llena de vida y actividad. El deterioro no es fruto del abandono, sino del uso (y de que sus alcaldes no han conocido lo que es un “Plan E” y la bicoca de levantar aceras y poner farolas un bucle infinito) y las calles, los bares y restaurantes están llenos de juventud, en un grado muy superior al de otras ciudades de Europa y muy parecido al de España. En general es una ciudad cara—por una pinta de cerveza en el pub O’Hooligans me han cascado 5,5 €, que ya está bien—salvo para los taxis, que resultan muy asequibles, a un precio casi la mitad que el español. Por el contrario a la opinión general, el ruso es bastante cordial, sin parecer servil: es raro oírle gritar y, por lo general, se esfuerza en comunicarse con el extranjero. Hasta el momento no he tenido oportunidad de experimentar la tan cacareada xenofobia y hostilidad del ruso contra el foráneo.

Mañana (hoy) salgo hacia Moscú y reconozco que me da cierta lástima dejar una ciudad realmente preciosa, como San Petersburgo. Tengo la sensación de haber probado sólo con la punta de la lengua un manjar que daría para muchos y suculentos bocados.

Por último, un hallazgo lingüístico: cerveza se dice en ruso “piva” (como diría un argentino). Qué grandes son estos rusos, capaces de aunar en un solo vocablo dos palabras esenciales en la vida de un hombre, origen y solución de todos los problemas (Homer Simpson dixit).

P.D: Agradezco mucho a lo que leen el blog los comentarios recibidos. No siempre podré responderlos por falta de tiempo u oportunidad, pero es un placer poder leer unas palabras amigas en lengua materna durante casi un mes de práctica incomunicación como el que me espera.

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3 respuestas a Benvinguts a… Санкт-Петербург!

  1. Capitán Trueno dijo:

    Bueno, parece que has dejado atrás Catalonia, todo un triunfo. Me alegro. Las escaleras del hotel no son exactamente las que uno imaginaba como dignas del otrora resplandeciente san Petersburgo, incluso diría que dan un poco de miedo.

    Ánimo, seguimos el periplo con mucho interés, a la espera de un romance tipo Zhivago, en la cabina de un vagón de tren. No te des por vencido.

  2. Cascabel dijo:

    Como diría cierta voz..

    ” Pour aller plus haut, aller plus haut
    Et dessiner des souvenirs
    Aller plus haut, aller plus haut
    Et croire encore à l’avenir.. ”

    Sin aliento estoy.. de lo que estoy corriendo por no perderme este viaje.. Ánimo y por lo que más quieras, no dejes de escribir.. ^^)

  3. Jumeana dijo:

    Bueno, las escaleras del hotel dan para hacer otro blog sólo con ellas, no imaginaba algo así la verdad, espero que sólo haya sido un hecho aislado en lo que al alojamiento se refiere.

    Por lo demás veo que estás como pez en el agua, según lo previsto vaya.
    Mucho ánimo! aquí estamos enganchados a tu blog y esperando noticias!

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