Camino Soria

Yo tenía pensado pasar una semana de vacaciones en Soria. Lo juro.

Unos días de descanso junto al Duero, a la sombra de Machado y Bécquer. Tranquilidad, paseos por San Saturio y el Monte de las Ánimas. Pero me temo que no va a ser así.

Rusia siempre ha sido para mí un destino mítico, desde que era niño. Recuerdo que en el globo terráqueo que mis tías nos regalaron a mi hermano y a mí la antigua Unión Soviética aparecía pintada de verde y jugaba a hacer girar a toda velocidad la esfera para pararla poniendo el dedo al azar en un punto. Dada la inclinación del globo y la enormidad del territorio soviético, ocho de cada diez veces iba a parar en mis viajes imaginarios a la URSS.

Como supongo que viajamos todos cuando pensamos que lo mejor está precisamente allá donde nosotros no estamos, ése—y otros lugares—funcionaban a la manera de la Antiterra de Nabokov: si aquí los días de colegio eran el aburrimiento hecho realidad cotidiana, allí todo era el momio de pasárselo bien; si aquí los hijos de puta abundaban—y eso que todavía no había conocido nada—allí poco menos que caminaban con túnicas. Seres de luz, que diríamos ahora.

Rusia, o más bien la Unión Soviética, tenía para mí además el atractivo del enemigo ideológico, del misterio tras el Telón de Acero, de esos señores tan serios que saludaban artríticos desde el Mausoleo de Lenin, de unos desfiles militares tan vistosos, llenos de banderas rojas, pasos de la oca y uniformes que contrastaban con la sencillez práctica, funcional y tan poco llamativa de los ejércitos del “Imperio del Bien”.

Cuando tenía ya unos doce años encontré otra forma de viajar desde casa un poco más elaborada que el globo terráqueo: la radio. Y me pasaba las horas muertas intentando sintonizar las emisiones en onda corta de todos los países que pudiera, cuanto más lejanos mejor: primero Londres y París, después Hilversum (Holanda), Praga, Berlín, Tirana e incluso Pekín. Al Este y al Oeste todos empleando sus armas en las ondas durante los últimos coletazos de la Guerra Fría. Entre las emisoras que más recuerdo, junto con Radio Nederland, estaba Radio Moscú y su sintonía perfectamente identificable en esas notas de Medianoche en Moscú. De aquella época conservo las postales de Moscú e incluso de otras ciudades que ya ni siquiera forman parte del territorio gobernado desde el Kremlin. Como poco después ya empezó a despertarse mi conciencia política, aparte de ser un lugar exótico para estimular la imaginación, las alocuciones de Victor Sújov o Victor Cheretski eran además un referente ideológico del recto camino para un buen comunista. Claro que por entonces yo ni me imaginaba que Cheretski acabaría siendo columnista de Libertad Digital y Sújov de la Agencia EFE, pero así son las cosas.

La tercera y mejor forma—por el momento—de viajar a aquel trozo de papel verde en el globo terráqueo la encontré un par de años más tarde: la cultura. Sobre todo la literatura—Gogol y Dostoievski—y la música—Rimsky Korsakov, Tchaikovsky y Borodin—a las que se añadiría más tarde el cine para no dejar de crecer conmigo en estos más de veinte años desde que leí la primera página de Taras Bulba. Y ahí seguimos, incluido un intento de aprender ruso cogido con tanta como tan breve motivación y escasos resultados, para variar. Si un español es alguien que siempre está estudiando inglés y nunca termina de aprenderlo qué decir de un español aprendiendo la lengua de Pushkin.

Así que ahora vamos a por la cuarta manera de aproximarnos a Rusia: recorrerla desde San Petersburgo a Vladivostok, tomando desde Moscú el mítico Transiberiano. Y desmitificarlo, claro. En este blog iré publicando consejos prácticos y explicando cuantos pasos puedan servir para que otros con la misma inquietud viajera puedan tener las cosas un poco más fáciles. La literatura electrónica sobre el Transiberiano, especialmente en lo que se refiere a aspectos prácticos, sigue siendo demasiado escasa aún en castellano. En inglés hay webs y blogs muy bien documentados—aparte del monográfico de Lonely Planet en papel—que me han servido de mucha ayuda. Naturalmente, también hay agencias que nos pueden preparar el viaje con la mayor comodidad para nosotros, pero el sobrecosto que pagaremos y la falta de flexibilidad para decidir qué ver, qué hacer o adónde ir creo que son razones sobradas para asumir las molestias y riesgos de prepararlo por nuestra cuenta.

Por último, me queda cerrar el círculo de las motivaciones para este viaje. Y no sé muy bien cómo hacerlo, porque tampoco sé lo que espero de él. Sólo sé que hay viajes que uno busca hacer para ocupar sus vacaciones y otros viajes que le buscan a uno. Por otro lado, da lo mismo lo que uno se proponga con un viaje: nunca volverá igual. Una de mis cibertertulianas favoritas me dice que este estilo de viajes le recuerda El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell: la aventura, las pruebas superadas y el retorno con el botín espiritual del viaje. Suena bien, pero tal vez demasiado anglosajón. A mí me cuadra mejor algo más hispánico y menos serio: más cervantino y quijotesco. Eso de salir por ahí con una palangana en la cabeza a que las aspas de unos molinos eólicos, una provodnitsa de un vagón de la RZD o un policía ruso te abran la cabeza, cual vizcaínos o galeotes, para que ya no sepas cuál es la manera más tarada de vivir cuerdo, me pega mucho más.

En todo caso, no me responsabilizo de los efectos que sobre quien lea este blog pueda tener lo que yo escriba. Sólo puedo decirle, como Alonso Quijano: “Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo”.

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Una respuesta a Camino Soria

  1. Sierpes dijo:

    ¡¡oooh! ¡Qué emoción más grande he sentido al empezar a leer este blog tuyo! Esta aventura va a ser apasionante y no sólo para ti sino para los que vamos a viajar contigo. Ya he notado los nervios de los preparativos, la ilusión del futuro en blanco listo para ser escrito, el pellizco en el estómago al cerrar la puerta de casa con la maleta en la mano.

    Y encima me veo citada. Esto ya es el colmo de emoción. No creo merecer una atención tan amable pero merecida o no la agradezco enormemente.

    Te voy a seguir con fruición y voy a utilizar tu viaje para hacer el mío.

    Que vivas momentos interesantes y puedas explicarlos al volver entre vapores etílicos.

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