Sayonara, babies!

Y llegó la hora de poner fin a este viaje. Cuando se publique esta entrada habrán terminado 17 horas de avión hasta España vía Moscú. Al menos serán 17 horas rumiando la satisfacción de lo vivido. Y la experiencia de este viaje 2.0, que ha sido realmente buena.

Para quienes viajamos solos, leer, escuchar música o hacer nuestros pinitos fotográficos son normalmente formas de dar paso rápido y útil a todos los momentos del día y no sólo a aquéllos en los que el disfrute genuino del turista nos ocupa. En este viaje han sido muchos los momentos perdidos que he aprovechado para escribir este blog: en aeropuertos, estaciones, trenes u hoteles les he ido contando cuanto veía y me parecía, poniendo así orden a mis ideas, coto al tiempo vacío y satisfacción a la humana necesidad de comunicarse.

En este sentido, el blog ha sido toda una válvula de escape a la soledad de un viaje donde eran muchos los obstáculos para una comunicación fluida. Por eso para mí ha sido un placer verdadero contarles lo vivido, aun desde una subjetividad que a veces requerirá de su indulgencia.

Por mi parte, tengo que agradecer su paciencia como lectores y, muy especialmente, la molestia de quienes han gastado su tiempo en dejar algún comentario y saltarse así los miles de kilómetros de por medio para hacerse oír. Para los conocidos y los anónimos, espero que el relato de este viaje sea al menos una lectura agradable y, cuando más, una fuente útil de información.

Si otro viaje mereciera la pena de ser narrado será un lujo tenerles como lectores.

Hasta entonces, un fuerte abrazo.

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Están locos estos japoneses

Me van a disculpar que no dedique esta entrada, como procedería, a Tokyo. En realidad, Tokyo es una ciudad bastante poco interesante para mis gustos y en apenas unas horas puede tenerse una imagen de lo más pintoresco de su geografía. No estoy hablando de conocer, desde luego—turismo y conocimiento a veces parecen como el agua y el aceite—pero sí de llevarse una impresión fundada de lo que la ciudad es. Cierto que la lonja de pescado de Tsukiji—la más grande del mundo—el santuario de Senso-Ji o el Museo Nacional de Tokyo aparecen en la guía como lugares especialmente dignos de visitarse. Pero a mí no me llaman particularmente la atención. Tal vez he llegado demasiado cansado a este punto final del viaje, pero lo cierto es que no echo de menos esas visitas.

En Kyoto tuve una sensación muy propia del dejà-vu. La fascinación de la ciudad quería sonarme de algo, haberla vivido ya. Y, en efecto, me recordaba a Venecia, donde cada rincón es una sorpresa, donde al final de cada callejón hay una imagen que quedará en la memoria. Kyoto es igual. Pero, de la misma forma, ambas ciudades son dos putas consumadas. Venecia prostituye sus piedras y su historia. Kyoto, además, una supuesta espiritualidad que, muy seguramente, se halle en otros lugares de Japón bastante más recónditos. Ambas son expertas en ofrecer al cliente lo que busca a cambio de dinero. Salvo, como las putas, sinceridad.

El cruce de Shibuya, de noche

Cuando llegué a Tokyo, mi idea era buscar esa sinceridad. Y buscarla donde está el corazón de la ciudad, el corazón real: donde se mueve el dinero. Por eso las visitas a Shibuya y Shinjuku eran obligadas. Y no decepcionaron. Estaba visitando el centro religioso de una de las ciudades más importantes del mundo: la misma grandiosidad y ampulosidad de los templos monoteístas de Occidente y Oriente, de los monumentos públicos del comunismo soviético y el fascismo glorificando al Estado. Pero aquí Dios es la pasta. Y el efecto sobrecogedor en el espectador es el mismo: es una experiencia digna de vivirse, todo un espectáculo para los sentidos y el espíritu. Masas humanas arrojándose al asfalto cuando el semáforo de los peatones se pone en verde en el famoso cruce de Shibuya; elefantiásicos grandes almacenes y comercios de lujo en Shinjuku; un sinnúmero de tiendas de electrónica y neones en Akihabara, donde puedes probar la última tontería de Apple o el móvil más sofisticado. En las oficinas del Gobierno Metropolitano de Tokyo subo al mirador de la última planta. El ascensor se eleva hasta la planta 45 de las torres. Los oídos se me taponan por la altura y la velocidad del ascensor.  Las vistas deberían ser las mejores de la ciudad: pero sólo hay niebla y lluvia.

Por eso les pido disculpas por ocupar esta entrada en unas reflexiones más generales sobre Japón o, al menos, sobre lo que he vivido aquí. Empiezo intentando romper dos mitos muy arraigados en España sobre Japón. Primero: “Japón es muy caro”. Falso. Japón era muy caro, en los noventa y primeros dos mil, pero el país se halla desde 2002 sumido en una profunda deflación. El mismo período en el que en Europa la introducción del euro ha supuesto una vertiginosa escalada de precios. Japón, hoy día, tiene los precios de una capital europea cualquiera. Y en algunos casos, inferiores. Algunos ejemplos: una lata de Fanta—que tomen nota los pagafantas patrios: aquí la Fanta es de uva, no hay de naranja o limón—en una máquina en el centro de Tokyo viene a valer al cambio en torno a 1 €. Comer por 9 € es realmente fácil si no se es muy exigente con lo que se traga, pero por poco más la variedad para elegir es realmente asombrosa. Un billete sencillo de metro vale 1,53 € y un hotel con todas las comodidades—internet gratuito, pantalla plana de televisión y mobiliario nuevo—viene a salir por unos 63 € la noche. Y aun los hay más baratos si se buscan a conciencia. Un viaje a Japón es caro por el coste de los billetes de avión para llegar hasta aquí. Como es caro moverse hasta China, Filipinas, Los Ángeles o Suráfrica. Pero el país ha dejado de ser el templo de los precios imposibles: de hecho, para mi bolsillo, Moscú y otras ciudades rusas han sido más letales que Tokyo y Kyoto.

Calle del distrito de Akihabara, el distrito de la electrónica

Segundo mito: “dominando el inglés no tienes problemas en Japón”. Igualmente falso. Aquí el inglés lo controla muy poca gente. Muchos ni una sola palabra. Y otros, aunque lo chapurreen mediocremente, resultan por completo ininteligibles. No están en eso muy lejos de nuestros amigos de Rusia, por mucho que en España nos guste pensar que somos los únicos torpes en idiomas.

En general, no es Japón país en el que me gustaría vivir. Más bien al contrario. Para mi modo de entender la vida racionalizan en exceso las dos coordenadas básicas para cualquier persona: tiempo y espacio. Un ejemplo claro de ello está en la racionalización de la alimentación. La mayoría de restaurantes que se encuentran por aquí son sumamente pequeños y con forma estrecha y alargada. De hecho, la gente come en una barra, sentada en taburetes. Y la propia barra está dividida en secciones numeradas, para que no ocupes más lugar del que te corresponde. La selección del plato o menú a tomar se hace previamente—en muchos casos sobre unos modelos de plástico que representan los platos y se exhiben en el escaparate—y se canjea contra su importe en una máquina electrónica que nos dará un ticket. Cuando lo tengamos, pulsamos un timbre y la camarera aparecerá para recoger nuestro ticket y proporcionarnos un vasco de agua con hielo. Al cabo de un rato reaparecerá con el plato y una cuenta que tendremos que abonar a la salida. Todo perfectamente ajustado para el mínimo consumo de tiempo y espacio. Naturalmente, también hay locales mucho más acordes a un concepto occidental de restauración, pero eso supone más tiempo y más espacio: es decir, una factura más abultada.

Por otro lado, la comida japonesa llega a resultarme cansina. El primer día, los palillos resultan un trámite embarazoso. Pero, al poco, los dominaba aceptablemente con el arroz. Sin embargo, había obstáculos insalvables para mí y mis palillos: ¿cómo coger una hamburguesa, escalope o grandes trozos de patata con unos palillos? Pues ni idea. Pero a grandes problemas, grandes remedios. Me decidí por el método de Alejandro Magno con el nudo gordiano: cogí un palillo, pinché la hamburguesa en él y me lo comí al modo más puramente medieval, ante el estupor del resto de japoneses de la barra. Con todo, los ingredientes y preparación de las comidas me resultan realmente repetitivos. Sí, un paraíso para vegetarianos y amantes de la comida alternativa, pero yo no nací para comer algas y bazofias semejantes. Demasiada morralla en el plato. O como diría mi difunto abuelo en justa expresión: el plato lleno de “cristos, vírgenes y hostias”. Llevo comiendo pescado crudo desde el Lago Baikal, con el famoso omul, y ahora mismo preferiría la inanición al maldito pescado. Las alternativas, en la preparación de carnes y pescados fritos, no son mucho más recomendables, con un abuso de grasas que hacen de la digestión un acto heroico. Tampoco las bebidas son mucho más destacadas: la cerveza japonesa me parece realmente mediocre.

Algún detalle más que me ha llamado la atención es la escasez—por no decir ausencia—de papeleras en las calles y espacios públicos, lo que resulta realmente sorprendente viendo su limpieza. O las escondieron todas a mi paso o ando más empanado de lo habitual, que todo podría ser. Como detalle curioso, señalar cómo la forma de conducir influye en Japón hasta en los peatones: en todas las escaleras mecánicas, los japoneses se reclinan contra la barandilla izquierda, dejando libre el lado derecho. Exactamente al contrario que en España, como corresponde a modos de conducir por carriles opuestos.

Pero, sin duda, el contraste más severo—e incluso doloroso, diría—con respecto a Rusia es que aquí los seres de luz han desaparecido sin dejar rastro. El poderío ruso quedó en Vladivostok con la Flota del Pacífico y aunque las comparaciones son odiosas—será por eso que todos es el primer impulso que sentimos—en su lugar han quedado… japonesas. Muy lejos de esos bellos animales de 1,90 con ojos de pantera, capaces de partir la vida de un hombre con una mirada siberiana, las japonesas son por lo general muy discretas físicamente. Es difícil encontrar una que sobresalga por una belleza natural. Sin embargo, lo compensan con dos cosas: la primera, con unos niveles de perversión y morbo sexual fuera de lo normal. Basta echar un vistazo a una tienda de lencería japonesa para darse cuenta. Modelos de mil colores chillones, llenos de adornos recargados y a medio camino entre la infancia y el sexo salvaje. Vicio puro, hoyga. Los japoneses transitan por una delgada línea que usa la inocencia como peligrosa expresión de su contrario. De momento les da buenos resultados.

Tienda de lencería en el distrito de Harajuku, Tokyo

La segunda vía es una preocupación casi obsesiva por la ropa, la moda y los cosméticos. Hay japonesas que llegan a resultar realmente atractivas a base de pestañas ultralargas y un aspecto de muñecas de porcelana sumamente perverso. La vestimenta es de lo más extravagante. En el metro pueden verse pamelas, sombreros imposibles, polainas de piel, vestidos de volantes, gasas y, en general, atuendos más propios de un disfraz que de una ropa funcionalmente concebida. El pelo también es objeto de la moda japonesa y rara es la mujer que lo lleva con el precioso y azabache negro natural del país: una mayoría opta por teñirlo de un castaño rojizo que resulta de lo más vulgar con las raíces negras al aire.

Muchos de los hombres, entre los jóvenes, son igualmente fashion victims del mismo calibre que sus congéneres femeninos. En Shibuya no era raro ver a los chicos en peluquerías tan entretenidos con sus mechas y peinados como las chicas. Y, de la misma forma, en las tiendas de cosméticos ellos abarrotan los mostradores casi en el mismo número que ellas. Aun cuando los grandes almacenes de la estación de Shibuya tengan un 95% de su superficie dedicada a la moda femenina y sólo un 5% a la masculina.

La localización de esa obsesión por la apariencia esta en Harajuku, desde luego. Esta tarde me pasé por ahí, a ver qué se cocía. El barrio, fuera de la zona más pija de Omotesando—donde están las tiendas de Dior, Gucci, Vuitton y demás—es un auténtico y colorido espectáculo de chavales compitiendo en extravagancia, especialmente en Takeshita-dori. Me cruzo con una tipa vestida de niña pequeña con volantes, supongo que en plan cosplay o algún tipo de lolita, pero ni idea del asunto. Parece Nathalie Dessay cantando la Olympia de Les contes d’Hoffmann. También me cruzo con un par de lolitas del estilo casual, bastante más discretas de lo que la fama de Harajuku hace pensar. Y un montón de mamarrachos inclasificables, eso sí. Aquí, la juventud se ha rebelado contra sus mayores—contra los que en Kyoto aún podías ver vistiendo ropas tradicionales y asistiendo al templo—pero como toda rebelión posmoderna es sólo una pataleta esteticista que pronto queda asimilada perfectamente a aquello contra la que supuestamente se rebelan. La generación más joven de japoneses, los hijos y nietos de los diez días de vacaciones, la racionalización de los actos más elementales de vida y la adoración de la eficiencia, se rebela… con una actitud hiperconsumista. Paso por Harajuku y me tengo que parar ante la aglomeración de chavales haciendo cola que invaden la acera: están esperando turno para entrar a una peluquería de moda.

Se mire como se mire, algo no está bien en una sociedad en la que hay quedadas masivas por internet para suicidarse en grupo o los hikikomori son una alternativa social al simple hecho de vivir la realidad. En el metro, raros son los que van leyendo algún libro, aunque sea de Dan Brown. El entretenimiento masivo de los japoneses en el metro es el uso de su móvil u otro dispositivo electrónico: los más, para jugar; otros, para mandar mensajes. De los que llevan papel entre las manos, la mayoría lee comics manga o animes. Debo confesar que es algo que me resulta incomprensible: ¿qué hace un tío que peina canas en los huevos leyendo tebeos de colegialas con coletas o niñatos con superpoderes? Y es que no me refiero sólo a tíos de treinta y pico años: es que he visto a cincuentones abstraídos leyendo estos animes ¡e incluso a una viejuna de más de ochenta tacos con su anime pegado a la nariz!

En cierta medida, la sociedad japonesa ha abrazado con entusiasmo las formas de organización social de los insectos. Sobre todo, su especialización. Y por eso no es raro ver en el metro ejecutivos—que serán brillantes en su cometido—jugando a los videojuegos o leyendo mangas. Es el triunfo de la superespecialización. Y el fin del modelo occidental humanista desde Leonardo da Vinci o Goethe: aquél para el que humani nihil a me alienum puto (nada de lo humano me es ajeno). Aquí sólo importan mi trabajo y mi anime. Y da miedo pensar que ellos puedan ser un espejo de nuestro futuro (¿… o de nuestro presente?)

Siento ponerme refunfuñón e incluso moralista en esta última entrada del viaje, pero la actual sociedad japonesa me es profundamente antipática. Algo no funciona en ella y se manifiesta como una tribu minada por la histeria y la neurosis. Sinceramente: no querría nada así para mí. Me ha sido mucho más fácil simpatizar con los rusos, desastrosos, dejados, escépticos e individualistas. Pero bastante más sanos que lo que he encontrado en Japón.

No me cabe duda de que Japón es algo más que Tokyo y Kyoto. Que hay un montón de sitios en el país que merecen una visita (o más de una). Que el Japón tradicional, el de los Ugetsu monogatari, es de lo más apasionante que conozco. Que su cultura, sus tradiciones y creencias son una de las mitologías más útiles y complejas para tener una imagen del mundo alternativa a la de nuestro logos occidental.

Y espero encontrar eso algún día: en el fondo de mi biblioteca o en un rincón perdido de Japón.

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Kyoto: un torrente de “sabidurida”

Llegados a este punto del viaje debo aclarar que la visita a Japón me la planteé desde un principio como algo residual, aprovechando la llegada hasta Vladivostok. Mis conocimientos sobre la cultura, la historia o la sociedad japonesa son muy, muy limitados, así que seguramente el lector no encuentre demasiadas cosas útiles en lo que voy a escribir, salvo un puñado de apreciaciones muy subjetivas y seguramente ya repetidas por otros hasta la saciedad. Hay excelentes blogs y páginas dedicadas a Japón en la red: los admiradores del país nipón son legión y las referencias sobre sus caras más tradicionales o futuristas son fáciles de encontrar. También debo decir que yo no me encuentro entre esos admiradores incondicionales, por razones que después diré, aunque sí realmente fascinado por algunas de sus maravillas. Vaya por delante que la actual sociedad japonesa y sus excentricidades no son algo que me interese especialmente.

"Me congratulaaaa... que visiten mi templo de sabidurida"

Y dicho esto debo confesar que con sólo poner el pie en el aeropuerto de Narita uno tiene la impresión de haber traspasado un umbral entre diferentes dimensiones. Adiós a la caspa y el cutrerío ruso, a esos asientos de skay granate resquebrajado por el sudor, ese mobiliario de formica setentero imitando madera, esa sospecha de poder encontrarte al doblar cualquier esquina con el osito Misha convertido en fumador de crack con barba de una semana. Todo en Narita es nuevo, reluciente, limpio, luminoso y ultramoderno. Hasta Picachu nos recibe en unos grandes carteles instalados en la estación de tren JR. También el control aduanero contrasta con la desidia rusa: pese a no necesitarse visado hay que rellenar varios formularios y garantizar que no se transportan mercancías prohibidas. Un amable agente de aduanas me requiere para abrir mi maleta y la registra concienzudamente.

Picachu nos saluda en Narita. Ya empezamos...

Más contrastes: los japoneses, como es bien sabido, son extremadamente amables. Ceremoniosos, diría yo. Por poner un ejemplo: los revisores de los trenes hacen una reverencia a los pasajeros al entrar y salir del vagón. Otro tanto sucede con las azafatas que transportan el carrito con comidas y bebidas: cuando ya han pasado el carro al siguiente vagón se vuelven y hacen una reverencia a los pasajeros del vagón que abandonan. La amabilidad del japonés se encuentra en todas partes y es raro obtener una mala respuesta o ver una mala cara ante cualquier petición de ayuda o información. Muy al contrario.

En el aspecto práctico debo decir que una herramienta utilísima para el turista extranjero es el Japan Rail Pass, un pase de la compañía Japan Railways que nos permite viajar en todos los trenes de la misma—salvo los ultrarrápidos Nozomi—por un precio fijo que ronda los 250 € para siete días (aunque hay pases para más días).  Con este pase podremos usar los famosos shinkansen o trenes bala japoneses—que, entre otros muchos destinos, unen Tokyo con Kyoto—además de una multitud de líneas de trenes expreso y locales. Esto último es importante, porque nos permitirá usar el transporte ferroviario local de Tokyo y su línea circular JR Yamanote, que a lo largo de sus 35 kilómetros nos lleva a los lugares más interesantes de la ciudad. Además, nos permite elegir un hotel en las zonas menos caras de Tokyo—como Ueno, donde me alojo—y movernos hasta otros destinos usando gratuitamente el tren, sin tener que recurrir al metro.

Embarcaciones para turistas en Arashiyama

Desde el aeropuerto de Tokyo tomo el Narita Express hasta la estación de Shinagawa, donde hago transbordo a un shinkansen Hikari que me llevará a Kyoto. Resulta impresionante la organización de los transportes japoneses: en el andén de la estación de Shinagawa, unos indicadores electrónicos nos señalan exactamente en qué punto se detendrá nuestro vagón y una marca en el suelo, debajo del indicador, nos muestra el lugar en el que hacer cola para subir a bordo. Cuando el tren llega, puntualísimo, el ajuste a las marcas e indicadores se realiza por centímetros: no exagero.  A diferencia de Rusia, toda la red de transportes japonesa cuenta con señalizaciones en inglés, tanto en las estaciones como en el interior de los propios vehículos—incluidos los autobuses.  La organización y la eficiencia se respiran en cada detalle.

El tren tarda casi tres horas en llegar hasta Kyoto, la antigua capital imperial y corazón cultural del Japón más tradicional. Sin embargo, tras salir de la estación de metro más cercana a mi hotel, la impresión es que me he equivocado de ciudad: neones, rascacielos, carteles luminosos, grandes avenidas atestadas de coches… Pero no, ésa es la otra cara de Kyoto, la ciudad moderna, absorta en sus negocios y en el dinero. Un poco decepcionado, me dirijo al Hotel Oaks, un buen alojamiento de estilo occidental de precio moderado, confortable, limpio, nuevo y con una buena y gratuita conexión a internet. La exploración de la ciudad habrá de esperar a mañana. Desde la ventana de la habitación la multitud de luce rojas y blancas de los coches, los neones y letreros luminosos se reflejan en el cristal.

Al día siguiente decido empezar por el distrito de Arashiyama, visitando el templo y jardines de Tenryu-Yi, de la escuela budista Rinzai y construido en el siglo XIV.

Linterna de piedra en los jardines zen de Tenryu-Yi

Ahí recibo el primer golpe del culto tradicional japonés por la belleza y debo decir que me deja casi noqueado. Si bellos son los pabellones y templos, mucho más los jardines zen, con su musgoso suelo, sus arroyos, fuentes, árboles y estatuas. Lo que veo me deja realmente sin aliento.

Templo budista de Tenryu-Yi

Ahora entiendo por qué Japón es y será un paraíso para los fotógrafos. A la entrada norte del templo paseo por el impresionante bosque de bambú, que filtra la luz del sol de una manera muy especial y donde el silencio es casi total. Garzas en medio de verdosos estanques con flores y nenúfares, vestidos tradicionales japoneses, sillas de mano y carros para llevar al visitante, jardines de arena. Llego a sentir que lo que veo me sobrepasa y lamento no haber preparado mejor el viaje a Japón, pues la sensación de quedarte sólo con el disfrute estético y superficial de algo tan impresionante llega a frustrar.

Por la tarde le toca el turno al distrito situado al pie de las montañas de Higashiyama. Todavía más espectacular que lo visto por la mañana, el templo de Nanzen-Ji, con sus monumentales puertas de acceso, te deja frente al budismo más grandilocuente y espectacular. Realmente curioso, que una religión basada en el dominio y la supresión de la voluntad y el deseo caiga de lleno en una grandilocuencia tan exagerada. De hecho, las interferencias en política de la cúpula religiosa budista han sido una constante en la historia de Japón, hasta el punto de forzar el traslado de la corte imperial desde Nara hasta Kyoto. Budistas afanosos del exceso, el lujo y el poder: parece otro ejemplo más de la máxima nietzscheana de que “quien lucha con dragones corre el riesgo de convertirse en dragón”.

La puerta de San-Mon, en el complejo budista de Nanzen-Ji

La sensación en Nanzen-Ji es de un esteticismo casi enfermizo, pero también de una masificación y comercialización totales. Apenas se puede dar un paso sin la turba de visitantes y las “aduanas” para ver hasta el último jardín se suceden una tras otra. Vamos, que mucha sabidurida, pero los yenes por delante siempre.

Mucho más seductor me pareció el templo de Honen-In, resguardado en el bosque de los montes de Higashiyama. Con el encanto de lo modesto, de lo solitario y recóndito, donde apenas un par de viejos se afanan en arreglar algunas partes del jardín y una estatua de Buda nos saluda al final de unas escaleras.

Para llegar hasta este apartado lugar hay que seguir el Sendero de la Filosofía, un precioso camino peatonal que transcurre junto a un canal, bordeado de árboles, setos y flores. Por lo visto, el camino ha llegado a llamarse así por ser el lugar favorito del filósofo japonés del siglo XX Kitaro Nishida para sus paseos. El camino es encantador, desde luego, aunque algunos tramos resultan demasiado transitados.

El Sendero de la Filosofía, a los pies del Higashiyama

Al final del camino, en dirección al Ginkaku-Ji o Pabellón de Plata—que encuentro ya cerrado—me topo con un pequeño santuario sintoísta. No es nada especial, ni siquiera figura en las guías y muy probablemente tiene una corta historia, pero me resulta especialmente atractivo. El concepto sintoísta del culto me resulta—paradójicamente—mucho más cercano que otras formas de religiosidad, más ampulosas y grandilocuentes. Así me pasa con las religiones monoteístas y también con los templos budistas: la grandilocuencia de una catedral gótica, una mezquita o un templo zen no están hechas para integrar al creyente en ellas, sino para ponerlo frente a la grandeza de la divinidad (y de la religión organizada, claro). El conjunto de libros sagrados es un corsé ideológico hecho para el control del pensamiento herético y, con ello, para garantizar el papel de los guardianes de la ortodoxia. Nada de eso existe en el sintoísmo. No hay apenas textos sagrados. Y los santuarios se integran en la naturaleza, buscando una fusión entre el creyente y ella, muy lejos de las imágenes de la grandiosidad de otras religiones. No hay un dios: hay una multitud de divinidades, millones de ellas. Todo es divinidad. Es decir, se trata de un panteísmo latente, que es la forma de religiosidad menos inaceptable para un agnóstico o un ateo. En ese rincón sintoísta—el Santuario de Hachi—donde estoy solo, un creyente puede sentarse y sentirse parte de cierta divinidad sin el recurso al dogma, al miedo, al proselitismo o a la imposición. Es realmente una religión curiosa: no en vano es la creencia natural y primitiva del Japón, antes de que el budismo penetrara desde china. Y también entiendo que Borges, en sus últimos años—seguramente influido por María Kodama—llegara a interesarse por el sintoísmo: él, un ateo atrapado en el solipsismo, la metafísica y los juegos con el infinito.

Los misteriosos faroles encendidos al anochecer en el santuario sintoista de Hachi

Se está bien, después de las masas de turistas, en la soledad del santuario sintoísta. Los faroles de papel están encendidos y en ellos se dibujan caracteres japoneses que supongo oraciones, dando al lugar un aura de misterio en medio del anochecer. En un corcho, los creyentes hacen peticiones al kami o divinidad a la que está consagrado el santuario (que no templo). Algunas en inglés: uno pidiendo suerte para los exámenes de ingreso en la Universidad de Columbia. Encuentro una petición en español: “Para que mi padre cure el maldito cáncer que padece”. La fe, desde luego, no entiende de fronteras.

En el santuario se me ha hecho de noche sin darme cuenta apenas. En Japón no siguen la costumbre del cambio de hora para el ahorro de energía y, además, tienen una hora menos que en Vladivostok, más al oeste, por lo que a las 18:00 ya es de noche. Vuelvo por el Sendero de la Filosofía, casi a oscuras—muy metafórico todo—y cientos de grillos cantan en las laderas del Higashiyama. Cuando llego al hotel estoy roto: muchas horas caminando se suman al cansancio ya no sólo físico que llevo acumulado a lo largo del viaje y me siento bloqueado por la experiencia de Japón. Creo que he llegado a un punto de saturación.

El día siguiente, aun cuando me quedan muchas cosas por ver en Kyoto, tengo por fuerza que dedicarlo a descansar, dormir y planificar las siguientes visitas. Ni la cabeza ni el cuerpo me dan ya para mucho más.

El Pabellón de Plata del Ginkaku-Ji, bajo la lluvia

El domingo termino la visita prevista al Ginkaku-Ji, el Pabellón de Plata. Y poco más puedo hacer, ya que la lluvia cae sin parar sobre Kyoto. Son muchas las cosas que me han quedado por ver en Kyoto: entre ellas, el famoso Pabellón de Oro, donde ya advierten que las visitas se acumulan en una marea humana, o Gion, el barrio de las geishas, o el santuario sintoísta de Fushimi-Inari. Pero me doy por conforme con no haber llegado hasta aquí hecho un completo zombie, sino sólo parcialmente. Quedará el resto, pues, para una posterior visita.

Sobre las 17:00 cojo de nuevo el shinkansen Hikari en dirección a Tokyo. Al poco se sienta a mi lado e inicia una conversación una chica japonesa. Se llama Masayo y ha trabajado tres años en el Reino Unido, por lo que maneja fluidamente el inglés. Me comenta que allí prefería la compañía de españoles e hispanos en general, porque le parecían mucho más amables y cálidos que el resto de europeos en general y británicos en particular. Es el efecto Nacho Vidal, sin duda. Le pregunto por Tokyo y me recomienda algunos lugares que visitar. Cuando le cuento mi viaje confiesa que le gustaría hacer algo parecido por Europa, pero sólo cuenta con diez días de  vacaciones al año. Y se considera afortunada. Vayamos tomando nota de cuál es el futuro que nos espera. Aprovechando la conversación con una nativa, le pregunto cuál es el significado de las linternas de papel en los santuarios sintoístas. Me confirma que tienen una función votiva: se compran.

El Sendero de Bambú, en Arashiyama

El santuario necesita donaciones de dinero y a quienes aportan cantidades suficientes les concede una linterna con su nombre, para que el kami les tenga presentes. Ello incluye, además, a empresas, corporaciones y demás. Extrañado, le enseño las fotos del santuario Hachi que visite y me lee lo que pone en las linternas: Banco de Japón, Japan Industrial Trust Company, Fuji Co. Ltd., etc… Me viene inmediatamente a la cabeza la expresión “esta misa ha sido patrocinada por Coca-Cola”.

Bien, está claro que la sabidurida tiene un precio. Pero seguramente salga más barata en un cómodo sofá de nuestra biblioteca.

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Allí donde Yul Brynner aún fuma

Pasadas las 6:30 de la mañana, con el cuerpo bastante molido por las tres noches en el tren y las pocas horas de sueño de la última, deseando darme una ducha y coger una cama blanda y limpia, llego a Vladivostok. El Hotel Primorye está a un par de manzanas de la estación, pero aún es de noche y procuro andar con ojo en lo que se refiere a la fauna poco fiable que puebla las estaciones de tren rusas. A doscientos metros del hotel me para alguien con una capucha. Una señora, que me advierte—en un correcto inglés—que andar por esas calles de noche con el equipaje es peligroso, que me pueden robar. Le agradezco a la buena señora la intención, pero me quedo con ganas de decirle que pierda cuidado, que vengo del país que inventó el choriceo y, además, le puso corbata. Creo que no lo entendería.

Lenin todavía domina Vladivostok desde su pedestal frente a la estación de tren

Llego al hotel y una amable recepcionista con escasos conocimientos de inglés me dice que no podré usar mi habitación hasta, por lo menos, las 11:30. Bien, es justo lo que me hacía falta: descubrir Vladivostok en las primeras horas de la mañana sin apenas dormir. Desayuno y en poco tiempo estoy recorriendo la ciudad mientras las luces que anteceden a la salida del sol ya se dejan ver. La actividad en el puerto—con una vista de la estrecha bahía que me recuerda a la ría de Bilbao, llena de chimeneas, grúas y bruma—es frenética. Por fin, al término de una calle en cuesta veo el paseo marítimo: el Océano Pacífico. El viento frío sopla con fuerza desde el Sudoeste en esa hora que precede al amanecer. Decido cumplir un pequeño ritual y me enjuago la cara con algo de agua del mar, para despertar y a modo de “bautismo oceánico”. Es todo lo que pienso tocar de ese mar grisáceo y que, paradójicamente, parece poco pacífico.

Estación de Vladivostok: Locomotora cedida por USA a la URSS en el año 1942

Allí veo amanecer y, al regresar, el ritmo de la ciudad que comienza a despertarse. Los comercios comienzan a levantar las persianas y de todas las calles la gente desagua en las avenidas principales de camino hacia su trabajo. Cada vez más coches insuflan vida a su circulación. Vladivostok se despereza.

Por cierto que la cercanía de Japón se nota ya en las propias calles de la ciudad. Casi la práctica totalidad de los coches que circulan en ella son importados desde Japón… con el volante a la derecha. Pero como en Rusia se conduce igualmente por la derecha, el lío con el resto del país—aunque desde Tomsk o Irkutsk venía ya viendo coches con el volante a la derecha, sobre todo taxis—no es pequeño. El presidente Putin trató de poner orden en ese caos proponiendo la prohibición de los coches con el volante a la derecha y Vladivostok se puso al borde de la revuelta. Hasta un punto que obligó al antiguo agente del KGB a dar marcha atrás.

La de la Flota del Pacífico es otra presencia notoria en las calles de Vladivostok. No sólo por su museo, con el que me topo no lejos de la estación, o por la estatua de un almirante con aspecto de morsa (Stepan O. Makarov), sino por la cantidad de jóvenes rusos que, con sus camisetas a rayas, sirven en la Armada.

Después de hacer tiempo en un parque donde termino dando una cabezada tras otra, me dirijo ya al hotel. En él me espera alguna que otra sorpresa. El agua caliente no funciona. Después de tres días en el tren, una ducha era de lo poco que podía esperar. Llamo a recepción y me dicen que están de obras y que no habrá agua caliente hasta mañana. En un arranque de furia, Matías Prats toma posesión de mí: “¡¡¿Pero esto qué es?!!”. Resulta increíble que un hotel no pueda proporcionar agua caliente a sus clientes para una simple ducha. No pasa nada. Un español de verdad no se arredra por una ducha fría en el Extremo Oriente Ruso. Los hijos del Cid tenemos una piel que nos protege bravamente de todas esas cosas que los guiris no aguantarían ni diez segundos. Total, que decido no ducharme y me lavo la cabeza, usando agua y jabón como los gorriones por las mañanas en las partes más necesitadas. Triste es de pedir, pero más triste es de robar.

La otra sorpresa es que el uso de la red Wi-Fi es de pago y, para colmo, va rematadamente mal. Hasta el punto de que no puedo publicar en el blog la entrada que tenía preparada. Y 5 € por dos horas de conexión, menudo chollazo.

Tras descansar un poco en el hotel, por la tarde le echo un vistazo con más detalle a la ciudad. La preceptiva estatua de Lenin preside la plaza justo enfrente de la estación, aunque a diferencia de otras que he visto en el resto de Rusia, en ésta el líder bolchevique tiene una expresión exenta de idealización y aparece especialmente vehemente. Junto a la estatua, en el restaurante Republic, puedo reponer fuerzas y tomar una estupenda cerveza negra elaborada por ellos mismos.  No lejos de allí, una réplica de los almacenes GUM de Moscú con el mismo nombre vende todo tipo de souvenirs a los turistas, desde petacas con el escudo de la URSS hasta matrioshkas con los presidentes japoneses. Una camiseta muestra a Lenin haciendo una peineta con el lema “Fuck the revolution!”. Al lado, camisetas con la efigie de Stalin.

Grupo escultórico conmemorando a los luchadores soviéticos en el Extremo Oriente

En otra plaza, varios grupos escultóricos en bronce conmemoran la resistencia soviética en el Extremo Oriente durante la guerra civil. La misma grandilocuencia que en toda la estatuaria del realismo soviético o en el arte fascista.

Ciertamente, Vladivostok no cuenta con grandes obras arquitectónicas, ni museos destacados o bellezas naturales dignas de mención si olvidamos el océano, desde luego. Y aun así, sus playas y paseos marítimos no están especialmente cuidados. La ciudad no pasa de ser un bastión ruso de creación reciente (1863) más bien gris y poco atractivo, pese a que es una ciudad con bastante vitalidad y que crece a buen ritmo con torres acristaladas y bloques de nueva construcción y esmerado diseño.

Sin embargo, para los cinéfilos hay un rincón de la ciudad especialmente curioso: la casa natal de Yul Brynner, aquel calvorota que encarnó en el cine al orgulloso Tarás Bulba, además de otros papeles—incluido el western—en los que su peculiar físico y ladina sonrisa le hicieron inolvidable. Y es que Brynner pertenecía a una familia cosaca de las que se estableció aquí con la fundación de la ciudad. Desde luego, la casa en la que nació no es para nada una chabola, sino más bien un palacete de tres plantas. Sin embargo, no sé si sus paisanos han querido ser especialmente irónicos con su memoria: la placa que conmemora el nacimiento de Brynner en una esquina de la casa le muestra fumando un cigarrillo. Teniendo en cuenta que murió en 1985 de un cáncer de pulmón es, cuando menos, curioso. Pero es que, además, ¿a que no adivinan qué negocio hay instalado en la planta baja de la finca? Sí, una peluquería. Cachondos son…

Yul Brynner echándose un piti en la placa situada en la fachada de su casa natal

De regreso al hotel visito de nuevo la estación ferroviaria, que, además del monolito señalando el fin de la ruta transiberiana, exhibe una locomotora fabricada en USA y cedida a la URSS en 1942 en virtud de los acuerdos de préstamo y arriendo durante la Segunda Guerra Mundial. Parece una iniciativa típica de la era Yeltsin que no sé si hoy habría llegado a materializarse.

Y poco más queda por hacer en Vladivostok. Las horas que restan son casi una despedida de Rusia y la sensación de estar en tiempo de descuento lo invade todo. Al día siguiente, de mañana, un taxi me lleva al aeropuerto de Vladivostok, a una buena distancia de la ciudad. Cuando paso el control de pasaportes me recibe una guapa agente de fronteras rusa. Apenas presta atención al pasaporte y se dedica a comentar, intercalando algunas risas—jijiji—a una azafata algo relativo a un compañero que está en otro mostrador y con el que no para de cruzar miradas. Tanto temer la aduana rusa y no es más que otro ejemplo de su gusto por la burocracia y desinterés por la eficiencia. Tengo la sensación de que—como en Aterriza como puedas—si llego a pasar con un bazooka hubiera embarcado igual.

A punto de despegar, miro por la ventanilla y me despido con los ojos de Rusia y de un sueño viajero cumplido. Querría dejarlo en un hasta luego. El tiempo dirá.

Próximo destino: Japón. Vamos para allá a ver qué se cuece. De momento, un adelanto que les recomiendo no perderse.

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Transiberíada

Cuando llegué a la estación de tren de Irkutsk, a las 6:00 de la mañana, el termómetro marcaba 0º. Caía una copiosa nevada. Los trapos de nieve, sin apenas darme cuenta, se colaban por el cuello de la camisa. En unos pocos minutos estás empapado y no te has dado ni cuenta. Me equivoco de andén y me quedo esperando a un tren correo que no llega, solo, bajo la nieve. Ya hay una buena capa cubriendo el pavimento. Cuando por fin encuentro mi andén queda sólo un minuto para que haga entrada el convoy: un número 8 que, supuestamente, debería ser un tren con grandes prestaciones.

Ni por asomo. Cuando llega me encuentro con la típica cafetera de la RZD atestada de gente y con esos asientos granates y mates de polipiel que me recuerdan a los viejos trenes de Reinosa. Nada más abrir la puerta del compartimento una peste a zorruno me noquea. Una señora de unos sesenta años ocupa la litera inferior del lado derecho. Encima de ella, un tipo calvo con una edad indefinida. Todo está oscuro y procuro hacer mi cama con la sola luz del pasillo que penetra por la puerta entreabierta. En unos minutos ya estoy mirando al techo del vagón, en la litera inferior izquierda. Me espera un largo viaje, a ver qué se tercia.

A la mañana siguiente—o esa misma mañana, más bien—me despierto ya sobre el medio día. Estamos en la estación de Ulán Udé, donde la línea principal transiberiana toma su desvío hacia Mongolia, Ulán Bator y, después, Pekín. La señora se baja y entran dos nuevos compañeros: un militar ruso de escasa marcialidad y un turista alemán sesentón. El alemán se sube sobre la cama del ruso en el lado superior derecho—en esos momentos el ruso había salido a estirar las piernas—para colocar su equipaje en los compartimentos superiores. Yo sigo sentado en mi litera. En ese momento se oye una voz en ruso dirigirse al alemán. No puedo verle la cara. El alemán ni le mira y le contesta en alemán: olé tus kartoffeln, Mein Herr. Le indico a la voz en ruso, a la que sigo sin ver la cara, que esa litera está ocupada. Cuando se agacha su dueño veo precisamente… al calvo que la ocupaba. Un tío con un inquietante parecido a Pepe Viyuela pasado de ciclos. Mejor no meterse con él. Pero he aquí que el sujeto cree que he sido yo quien le ha dejado la cama hecha unos zorros y se dirige a mí en tono amenazante. Yo le digo que no, que, como siempre, han sido los alemanes los que han invadido su lebensraum, que yo ni siquiera tuve familia en la División Azul. El alemán se hace el sueco. El ruso empieza a engorilarse y allí no veo forma de salir del embrollo, así que le digo sencillamente que no hablo ruso… en ruso. Craso error, porque resulta ser esto demasiado contradictorio para el interfecto, que se piensa que le estoy vacilando. Con las venas del cuello hinchadas y la cara roja se me acerca apretando los dientes. Puedo ver la punta de mi nariz reflejada en sus fundas de oro. Se da un golpe en el pecho y dice: “¡¡YO SÍ HABLO RUSO!!”. Bueno, vale, y yo catalán en la intimidad, pero tampoco es para ponerse así. El tío sigue gritando, así que me cruzo de brazos y un perfecto castellano le digo: “Pos fale” (total, no me va a entender le diga lo que le diga…) El menda pone cara de “gñe” y sale vociferando por el pasillo. Creo que va a llamar a la provodnitsa.

El Andrey antes de ponerse mazas.

Pero no, ha debido ir a relajarse al restaurante. Al cabo de unos cuarenta minutos vuelve. Durante el resto de la tarde la tensión se corta en el vagón. Nadie habla. De vez en cuando, los dos rusos cruzan alguna palabra suelta y el milico deja ver también sus piños de oro. Menuda plaga. Pues vaya con “los placeres comunitarios de los trenes rusos” que anunciaba la guía. No es que esperara una orgía con tres rusas tremendas, pero tampoco esto.

Ya por la noche, parece que el ruso se ha tranquilizado y dado cuenta de la jugada. Como particular modo de disculparse intenta iniciar una conversación. Lo típico: que de dónde soy, por qué sitios he pasado, adónde voy, etc. Como no me interesa tampoco mantener el ambiente encabronado durante tres días le voy explicando con mi poco ruso y la ayuda del diccionario mi plan de viaje. El tipo se llama Andrey. Y el milico, Vanya. El ruso le pregunta al alemán que cómo se llama, pero el otro ni papas de lo que le dice, así que hago de intérprete entre los dos y oficio las presentaciones. El alemán se llama Manfred, tiene 66 años y va hasta Vladivostok para pasar después a Korea. Para que digan de la diplomacia hispana: ni Chencho Arias. Al final, la cosa queda de medio buen rollo. Pues vale, vamos a llevarnos bien porque si no aquí van a caer hondanadas de hostias, como dijo ese gallego universal que no era Franco. Y Andrey, tío, la próxima vez que te pique algo le haces la caidita de Berlín a Manfred, pero a mí no me ralles.

Durante la noche, en Chita, la antigua capital de la Transbaikalia, Vanya abandona el convoy. Cuando me despierto por la mañana veo en su lugar a un chaval joven—no más de 22 años—que sigue durmiendo casi hasta las dos de la tarde. Cuando decide bajar a los asientos de abajo intercambia algunas palabras con Andrey. Es un chaval muy rubio, con escaso pelo ya, ojos azules de gato, bastante mazas y con su chándal Adidas impecable. Arreglao pero informal. Pese a que ni Manfred ni yo sabemos ruso se empeña en hacer las presentaciones y en hablar con nosotros. Parece un chaval majo. Se llama Sasha—diminutivo de Alexander—y va hasta Ussurisk, a un par de horas de Vladivostok. Viene de Ulán Bator, donde trabaja, y vuelve a su casa. Se pone a comer con un ansia canina y ofrece a todo el mundo. Le digo que “niet, spasiva” pero insiste. Me da unos “pirozhki”, especie de empanadillas rellenas de carne con cebolla. Después saca un pastel e insiste en darme un buen trozo. Y remata con una bebida especial que hacen en su pueblo y que parece agua con gas y un sabor un tanto particular. Dice que es muy sana. Pues vale, pero el caso es que me he puesto morado. Lo que se agradece, porque la RZD no da gratis ni agua en este convoy. Y en la estación de Jilok le compré a una babushka en el andén un bollo relleno con una salchicha, pero la cosa no dio para mucho.

Me quedo un poco incómodo por la generosidad del chaval, así que voy al vagón restaurante y traigo unas cervezas. Invito también a Andrey y Manfred, que lo agradecen y tratan de invitar a su vez. La tarde se anima y ya estamos hablando entre los cuatro, aunque no entendamos ni el 0,5% de lo que dicen los rusos. Fuera, la tormenta de nieve arrecia. Manfred tiene la teoría que la mejor forma para aprender ruso es el vodka: te tomas cuatro vasos de vodka y les entiendes todo. Los rusos parecen estar obsesionados con los coches, porque vuelven a preguntarme cuál es la marca española de automoción. Ganas me dan de decirles la Hispano-Suiza, pero no me queda más remedio que confesar que la SEAT. Pero esta vez, aleccionado por el Capitán Trueno, les digo que comparte patentes con los Lada y Fiat. Que si quieres arroz, Catalina: no han oído hablar de SEAT en su vida.

El tren, con origen en Novosibirsk, avanza hacia su destino en Vladivostok a través de la taiga

Nos animamos y empezamos a compartir las fotos del viaje. Sasha vacila a Andrey diciendo que es un “patriota siberiano”, lo que significa que no ha salido de Siberia en su vida. Efectivamente, no conoce Moscú ni San Petersburgo, así que mira con mucha atención las fotos que le enseñamos Manfred y yo. Sasha también saca su cámara y nos enseña: su novia, dice, una rusaca de 1,90, rubia y con minifalda que nos deja al alemán y a mí medio bizcos. Luego nos enseña su coche: un deportivo blanco tuneado del que se siente muy orgulloso. Nos cuenta que hace paracaidismo, parapente y submarinismo a gran profundidad. Es curioso: en España no dudaría en pensar que es un cani más, pero muy al contrario de nuestra fauna autóctona, Sasha es educado, cordial y parece un muy buen tipo.

Me enseña el solitario de oro que lleva en la mano izquierda y me dice que se va a casar con su Svetlana. Me pregunta si estoy casado. Niet, ni de coñosky. “¿Y eso?” me dice, “porque ya tienes muchos años para estar soltero”. Pues sí, de hecho debería haberme divorciado ya un par de veces. Me pregunta por qué no me caso.  Pues, Sasha, porque a mi gata le canta mucho el aliento como para casarme con ella. Se queda dubitativo y no se entera de que le vacilo hasta que ve a Manfred partiéndose el Eje.

Después hablo con el alemán sobre su viaje, sobre su larga carrera como viajero—lleva 40 años viajando, el elemento: ha dado la vuelta al mundo varias veces y me anima a hacer lo mismo: ahora a por la ruta A-66, Hawai, Tahití y de nuevo Japón—y sobre la situación actual. Me pregunta qué está pasando en España. Pues que somos un país de chusma, Manfred. Del país sede del Patio de Monipodio sólo puede salir una industria fuerte: el pelotazo, la corrupción y el robo. Le parece increíble que España tenga unos niveles de paro juveniles del 40%. Cuando le digo que en España los jóvenes ingenieros ponen copas o cobran 800 € no puede creérselo.  Me explica un poco el Plan Merkel en Alemania para frenar la sangría del desempleo y cómo la economía alemana está repuntando con fuerza. Asiento, pero le explico que donde yo nací es tan sólo, en palabras de Gil de Biedma, ese viejo país ineficiente entre dos guerras civiles. Se ríe con la ocurrencia, pero confiesa que es muy triste y desesperanzador condenar a toda una generación, robarle su futuro. Me cuenta que él está recién jubilado y encantado de la vida. Le felicito, pero le digo que seguramente yo no vea mi jubilación a su edad. O, simplemente, ni la vea. Me da la razón. A él le encantan los USA. Y de hecho su sueño tras el retiro es trasladarse a California, donde tiene muchos amigos. Pero me aclara que por ahora ha renunciado a ese sueño, mientras mantenga de gobernador a “ese gángster”. No obstante, me informa que en USA las vacaciones suelen ser de doce días… quien las tiene. Le confieso que me parece una excelente media y estoy ansioso por ver cuándo salta el charco y nos la aplican. No sabe cuántos días de vacaciones disfrutamos en España. Treinta, Manfred. Se extraña: “¿y te da tiempo a hacer un viaje tan largo en sólo treinta días?” Es que al día siguiente de volver del viaje me reincorporo a mi trabajo. “You are a hero!”, me dice riéndose. Sí, a local hero. Heroicidades así me las haría todas las semanas, si me dejaran. Pero lo que vamos a dejar mejor es el tema, que me estoy deprimiendo, Manfred.

Cuando apagamos la luz del compartimento me sorprendo de lo que han cambiado las cosas en tan sólo 48 horas. Cómo lo que empezó casi como una bronca a tres bandas terminó en buena camaradería y risas en torno a unas cervezas. Pues, al final, va a ser verdad lo de los placeres comunitario de los trenes rusos. La persiana del compartimento sigue abierta mientras estoy tumbado en la litera y veo el cielo estrellado del Extremo Oriente ruso. Ha sido un buen día.

Al siguiente, con el cambio y la mejora del tiempo—la influencia del océano empieza a sentirse: ha desaparecido la nieve, sale el sol y el ambiente vuelve a ser tibio—comienza  el goteo de despedidas. Andrey se va de madrugada. Manfred en la  sobremesa, con parada en Khabarovsk. En lo que queda de día ocupan fugazmente el compartimento algunos personajes: un joven y silencioso miembro de las fuerzas aéreas rusas; una niñata con aires de princesa, de ésas que han asumido la extraña creencia de que mean Chanel nº 5: Sasha intenta hacer las presentaciones pero ella rehúsa con un gruñido; y Yurak, un curioso individuo de unos sesenta años que tiene dos habilidades peculiares: la primera es no callar. Ni idea de lo que dice, pero siempre está hablando con el mismo tono cansino, monótono e incesante. Su segunda cualidad es que ronca como una motosierra. Es todo un campeón del ronquido, el tío. Juraría que me deja tirado por goleada. Ni con los tapones en los oídos dejo de oír el serrucho de Yurak.

En la madrugada del tercer día, hacia las tres de la mañana, le toca el turno a Sasha. Me da su móvil y me dice que si tengo algún problema en Vladivostok, que le llame. Gracias, hombre. Se queda mirando unos segundos por el compartimento, como buscando algo. Abre sus bolsas y saca un tupper lleno hasta el borde de caviar. Me lo da. No jodas, Sasha, que esto vale una pasta. No acepta el rechazo: que me lo coma, que es del mejor. Se despide con un gesto como de “¡Viva Rusia, cabrones!” y le devuelvo el guiño. El Sasha: un tío Grande de todas las Rusias.

Y así, las últimas horas antes de llegar a Vladivostok las paso en silencio, mirando por la ventana. Fuera es de noche cerrada aún. Se adivina el Océano Pacífico por la espuma blanca de las olas que casi lamen las ruedas del tren. Debemos marchar a no más de 20 metros del mar y casi a su mismo nivel. La luna está en cuarto menguante, pero aun así se aprecia el cinturón de Orión perfectamente. Y Venus, de nuevo, el lucero del alba.

El símbolo del "jubileo" transiberiano: la columna en la estación de Vladivostok indicando los 9.288 kilómetros desde Moscú.

Se acaba mi aventura transiberiana. Voy a llegar al kilómetro 9.288 desde Moscú, al famoso monolito con el que uno siente haber ganado este particular jubileo transiberiano. Confieso que pese a las ganas de pisar tierra, de llegar al hotel, de darme una ducha, de descansar…  siento cierta tristeza al pensar en apearme del tren, en dar por terminado esto. Pienso en mis compañeros de viaje, desde el viejo aficionado a la pintura de Durero hasta Sasha, pasando por un montón de gente, mejor o peor. Esos minutos antes de que la provodnitsa abra la puerta del compartimiento y anuncie el fin del trayecto me hacen pensar en por qué una de las primeras creaciones literarias que el hombre compuso fue sobre un viaje: la Odisea. Y como el viaje nos parecerá siempre la metáfora más obvia de la vida. Escucho de nuevo a Borodin y su In the steppes of Central Asia. Sin darme cuenta, se ha convertido para mí en la banda sonora de Rusia pasando por delante de mi ventanilla durante miles de kilómetros.

Son las seis y media de la mañana. En Vladivostok ya se empieza a ver el horizonte ligeramente coloreado. Salgo a echar una ojeada al vagón. Está prácticamente vacío, aparte de la provodnitsa.

Me he quedado solo en el compartimiento. Pero yo sigo hacia el Este.

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La cabaña del fin del mundo

Cuando pongo el pie del andén de la estación de Irkutsk estoy tan cansado que la sola idea de esperar varias horas cargado con el equipaje a que salga el primer autobús hacia Listvyanska, a 65 kilómetros de la ciudad en la orilla occidental del Lago Baikal, hace que se me dispare automáticamente el “modo hibernación”. Así que no me lo pienso mucho cuando un viejuno con un sorprendente parecido al “búfalo” Spasic se ofrece a llevarme al pueblo ribereño por un precio ajustado. Vamos para allá, que no tengo el cuerpo para fiestas.

A medida que el coche—otro trasto soviético—abandona la ciudad, la taiga se nos va echando encima, a ambos lados de la carretera. Hay grandes rectas con pronunciados cambios de rasante, pero a los conductores que vienen en sentido contrario eso no parece importarles mucho: apenas unos pocos cambian las luces largas por las cortas y el viejo se me deslumbra. El coche empieza a sonar como si estuviera a punto de entrar en ignición y ya estoy por decirle que vaya más despacio cuando me fijo que la aguja de la velocidad marca 80 kilómetros por hora. Me vuelvo a reclinar en el asiento de atrás. Para amenizar un poco la espera el tipo pone a todo trapo un CD de un cantante melódico ruso tipo “trolololo”. En ese preciso instante me viene una ráfaga de lucidez: ¿qué cojones hago en medio de Siberia a las 6:30 de la mañana con Spasic en un coche destartalado oyendo a un friki cantante ruso?

Afortunadamente, recupero pronto mi enajenación mental habitual: en cuanto, al doblar una curva, veo por primera vez el Lago Baikal. Es realmente impresionante. Diría que hasta acojona un poco. En el horizonte ya se están empezando a colorear de naranja las nubes más cercanas y el efecto sobre el lago es sobrecogedor. Es un mar inmenso y oscuro. Basta con saber que, pese a los caudalosos ríos rusos, el Baikal supone el 80% del agua dulce de Rusia para hacerse una idea de su entidad. Los rusos se sienten orgullosos del que es llamado el lago más profundo del planeta.

El Lago Baikal desde las escaleras de mi chamizo.

Spasic se lía un poco buscando el hotel familiar en el que he reservado: el Deverenka, un conjunto de cabañas de madera al estilo siberiano que se sitúan justo sobre el lago. No obstante, el hombre pone buena voluntad preguntando aquí y allá y, finalmente, me planto en la puerta de la finca Deverenka, donde dudo mucho que a esas horas vaya nadie a recibirme aún. Al menos podrán recoger mi equipaje. Pero me equivoco. Ésta es una de esas veces en las que las guías aciertan de pleno, y Andrew, el dueño del negocio, es un tipo amable y simpático que no duda en coger mi maleta, acomodarme en mi cabaña y ofrecerme un café. El cansancio se me debe notar en la cara más de lo que creo.

La cabaña en el Deverenka es mucho más de lo que uno puede esperar por 37,5 € la noche. La vista del lago desde la ventana es fantástica. Y el interior, de sobria madera siberiana, donde ya me está esperando una estufa eléctrica encendida, es de lo más acogedor. Lógicamente, no tiene ningún lujo, la ropa de cama y el mobiliario son modestísimos, pero es lo que uno espera de una cabaña. Incluso tiene una pequeña chimenea con la que combatir el frío de las severas noches siberianas. Es el sitio ideal para pasar un fin de semana en plena nevada con la Svetlana de turno y me recuerda a la habitación de madera donde tienen ayuntamiento John Gilbert y Greta Garbo en La reina Cristina de Suecia.

A mí, que soy bastante más austero y menos romántico, me sirve para roncar sin límite de decibelios ni rusas incordiantes hasta las 12 del mediodía. Lástima: cuando despierto, está lloviendo. El día está muy crudo, con un cielo plomizo de nubes bajas que casi puedes tocar con los dedos. Mi idea de fotografiar la luna llena sobre el Baikal se ha ido al traste. Otra vez será.

El interior de la cabaña en "Deverienka"

Cuando salgo a cambiar dinero—otro consejo: ni se les ocurra cambiar en España. El cambio en Rusia es bastante más favorable con euros en el bolsillo—bajo la lluvia el pueblo me recuerda a esa desolación de los centros de veraneo en invierno, como Somo. Apenas se ve gente por la calle. Tal vez alguna babushka que viene de hacer la compra en el súper cercano o algún otro despistado.

El pueblo es el más cercano a Irkutsk en la orilla del Baikal, así que en los meses veraniegos se convierte en un centro vacacional para media Rusia, especialmente los fines de semana. A partir de la segunda quincena de septiembre la actividad turística decae, sumiéndose en este letargo otoñal que ahora se vive. Por otro lado, el pueblo no es más que una breve línea de establecimientos hosteleros en la primera línea frente al lago y un pequeño núcleo de casas campesinas encajonadas en un breve valle perpendicular a la ribera. En total, 1.700 habitantes. No hay ni una oficina bancaria. Sólo puede cambiarse moneda en el Hotel Mayak, un establecimiento de tipo occidental hecho a la medida de los nuevos ricos siberianos y sus congresos. Decido quedarme—y equivocarme de nuevo—a comer en su restaurante, caro y nada especial. La camarera, una rubita impresionante con traje típico siberiano, minifalda rústica y dos trenzas, me urge a terminar la comida—viene incluso a servirme el té de la tetera que tengo encima de la mesa con tal de que acabe antes—para acomodar a los trajeados asistentes a un congreso o mandanga similar. No me doy mayor prisa, pero gracias a ello se queda sin propina.

Cuando la comida termina y salgo de nuevo a la calle ha dejado de llover. Eso me permite explorar un poco el pueblo y sacar un par de panorámicas del Lago Baikal que veremos cómo quedan cuando las procese en casa. Unos rayos de sol se cuelan por el blindaje de nubes e iluminan la superficie del lago, contra el que se ven las cumbres nevadas de los montes Kabar Daban. Del otro lado, arroyos, casas campesinas de madera y taiga.

Un ternero me observa, curioso, al lado de la iglesia de Listvyanka.

El viento comienza a arreciar de nuevo y decido volver a mi cabaña, donde me pongo cómodo. Me encuentro muy bien aquí. Una lástima no haber reservado un par de días más: habría sido el paréntesis ideal en medio del ajetreo del viaje. Queda anotado para cuando me haga la línea BAM (Transbaikal-Amur) en otra ocasión. Una de las cosas que más lamento del viaje es no haber podido disfrutar más de la naturaleza rusa, que es una verdadera maravilla. La estepa, la taiga o la tundra, la exuberante vegetación de la zona del río Ussuri, Kamchatka, la isla de Olkhon, etc. La BAM es, sin duda, la línea ideal para algo así, muy lejos del tránsito turístico de las principales secciones transiberianas.

Mientras tanto, tendré que conformarme con la naturaleza entrevista en Listvyanka. Por lo menos es un excelente anticipo. Ahora mismo son las 23:30 y no se oye ni un solo ruido, salvo el viento filtrándose por los cristales y enredando entre los árboles.

Listvyanka: un arroyo corre entre la taiga.

A la mañana siguiente tengo un invitado esperándome en la puerta de la cabaña: el invierno siberiano, que ha decidido no esperar a que el otoño levante el culo. Fuera hay una tormenta de nieve con muy mala pinta, sobre todo si tenemos en cuenta que el punto de salida del autobús está a más de veinte minutos andando, enfrente del Hotel Mayak. A unos doscientos metros del hotel paro en un punto de información que expone los horarios de los autobuses hacia Irkutsk en sus cristales: bien, son las 12:15 y el siguiente autobús no sale hasta las 15:00. Con todo el equipaje a cuestas y en medio de la tormenta no es cuestión de quedarse en la calle, así que entro en el Café Podlemore y pido un té. El sitio es tranquilo y sólo un matrimonio mayor pica algo en una mesa cercana. El estilo es el mismo de todos estos locales siberianos: todo realizado en madera pero con cierto toque desangelado en peuvecé. Como quedan casi tres horas para la salida de la marshrutka—un microbús bastante más rápido que sus congéneres de mayor tamaño—hacia Irkutsk decido quedarme a comer ahí. Un pájaro muerto, probablemente de frío, se ve en el felpudo, a través de los cristales de la puerta.

En medio de la tormenta irrumpe en el restaurante una alegre muchachada muy formalmente vestida que acaba con la tranquilidad del ambiente. Detrás de ellos entra un pavo con una cámara de vídeo y una tipa dispara fotos sin parar: es una boda siberiana. Es bien conocido el gusto de muchas mujeres por disfrazarse de princesas Walt Disney style o bolsita de garrapiñadas con gasas en “el día más importante de su vida”, con resultados generalmente dudosos, pero que en este caso tienen bastante de ciertos. El estilo de esta novia es exageradamente repollero, con una especie de miriñaque que casi le impide entrar por la puerta. Los hombros los lleva cubiertos con algo parecido a una estola que pretende ser de armiño pero que recuerda demasiado a la de los Reyes Magos de los grandes almacenes. Lo más chocante es que con el frío que hace el corpiño no impide que se congele… y se ha puesto una chupa negra debajo de la estola blanca. Ahí, ahí, marcando estilo. Lástima que para la sesión de fotos se quite la chupilla, porque sería un recuerdo imborrable de su particular “día D”.

La boda es más bien pequeña. No más de treinta personas. Y el menú no tiene nada que ver con los pantagruélicos banquetes españoles: mucha bebida, mucha ensaladita, pero no demasiada sustancia. Al menos en lo que tuve la oportunidad de ver. En mitad de la comida y después de varios “que se besen, que se besen”—esto parece ser universal—se reparten unas flores de cartulina de las que cada invitado arranca una hoja. Después, por turnos, se la leen al novio y él contesta, con lo que el personal se ríe bastante. Supongo que le plantean situaciones en su futura vida de casado y comprueban su hipotética reacción. Espero que no le pregunten qué haría si se encuentra a Scarlett Johansson en su casa, desnuda, tomando un baño de espuma. Porque de una pregunta así sólo se puede salir como un hipócrita o como un recién divorciado.

Termino mi comida dejando una pequeña propina a la camera por su ayuda para traducir la carta al inglés—no sé por qué la guía dice que el servicio del Podlemore es desconcertante: a mí me ha parecido muy atento y eficiente—y cojo por los pelos la marshrutka a Irkutsk. De hecho, me para en ruta. Costumbre curiosa en estos transportes: se paga al finalizar el viaje, no cuando se entra. A las 16:15 llego a Irkutsk y desde el taxi al “Hotel Angara” veo una ciudad bastante caótica, abigarrada y sucia. Había leído comentarios poco halagüeños de Irkutsk y veo que no mentían. No obstante, el hotel es curioso, sin lujos pero sin grandes deficiencias, y sirve para echar una buena siesta.

Mañana a las 6:45 empezará la última etapa del viaje transiberiano, que concluye en Vladivostok. Sesenta y nueve horas seguidas de viaje para abandonar Siberia, atravesar Transbaikalia—con capital en Chita—y llegar al Extremo Oriente ruso, la región del río Ussuri: la tierra de Dersu Uzala.

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Crónica de un tragaldabas

Como varios comentaristas me han pedido y yo prometido, aquí está la entrada sobre cocina rusa que les debía. Espero que lo que lean les guste y, si les quedan ganas de probarlo, en Madrid tenemos un restaurante ruso bastante bueno y con solera en la Plaza de la Paja: El cosaco. Merece la pena pasarse un día por allí si quieren paladear algo de los sabores de Rusia.

La cocina rusa ha sido, en general, bastante poco apreciada en el extranjero. Y es que sus orígenes tradicionales y campesinos están todavía muy presentes, por lo que ni los propios rusos la consideran una gastronomía muy elaborada, a la altura de la sofisticación de la francesa o algunas variedades de la española. Para mí esto supone un mérito más que todo lo contrario y, en conjunto, es un tipo de cocina que me gusta bastante y que no abusa de salsas o condimentos para enmascarar una materia primera de deficiente calidad. Las comidas suelen—o pueden, porque también hay una amplia variedad de platos para vegetarianos—ser muy sustanciales, así que el que crea que en Rusia puede bajar unos kilitos debe ir olvidando la idea. Quien esto escribe da fe, para desgracia aún mayor y más redonda de su figura.

No obstante, o tal vez por ese mismo complejo de inferioridad gastronómica, los rusos gustan mucho de la cocina internacional: italianos y, sobre todo, chinos y japoneses. Contrariamente a lo que sucede en España, los restaurantes chinos suelen ser bastante caros. Y en cuanto a los japoneses, el sushi es—desconozco la razón—una comida que hace furor en Rusia, con restaurantes especializados exclusivamente en su elaboración.

Por lo que se refiere a la comida rusa propiamente dicha, paso a contarles mis experiencias culinarias con mención del restaurante, por si la crítica puede servirles de algo. En San Petersburgo comí cerca del Puente de la Trinidad, en un restaurante llamado Torre Eiffel o Puente Eiffel, no recuerdo exactamente el nombre. Lo más destacado del menú: los pelmeni, que son pasta rellena de carne o pescado servida con nata agria o tomate. Están realmente buenos y enseguida los reconocí, pues los había probado por primera vez en el casco viejo de Francfort en 1995, en el restaurante Rasputín, sin saber siquiera cómo se llamaban. A quienes les guste le pasta no echarán demasiado en falta la comida italiana gracias a los pelmeni.

Pelmeni: pasta rellena de carne o pescado, con nata agria o tomate.

En Moscú, Nadia me llevó a comer a una cadena de restaurantes ucranianos llamada Korchma Taras Bulba, donde curiosamente probé por primera vez una de las especialidades nacionales rusas: el borsch. Es una sopa de remolacha hecha a partir de caldo de carne o verduras y servida con eneldo y la omnipresente nata agria. Tiene un color rojizo no demasiado atractivo, pero está realmente buena. De hecho, yo, que no soy especialmente aficionado a las sopas, repetí borsch en varios restaurantes. Además, hay variedades de borsch según las regiones. Así, en Siberia suele servirse con bolitas de carne de vaca flotando.

Otro de los platos nacionales rusos suele incluirse como zakuski. Esto es: entremeses fríos o calientes. Son los blinis o tortitas servidas con caviar, a las que pueden acompañar setas encurtidas, arenques, pescados ahumados, pepinillos, huevos rellenos, ensaladas, empanadas de carne, etc. Los zakuski suelen abrir cualquier comida rusa, para seguir con una de las mil variedades de sopas que tienen antes de entrar en el plato fuerte.

En Moscú también estuve en una popular cadena de restaurantes uzbekos: Kish Mish. La comida era realmente buena y ya sólo ver las cabelleras morenas por todas partes nos damos cuenta de que no estamos en un restaurante ruso. Tanto el ambiente, con poca luz y algo de incienso en el aire, como lo especiado de las comidas nos hacen saber que estamos cerca de Asia. De hecho, uno de los platos que se pueden pedir es el kebab. También sirven una especie de empanadas, muy aparatosas a la vista cuando se sirven, pero que se deshinchan en cuanto el tenedor hace lo propio. Por dentro llevan huevo y carne. Tengo que confirmar el nombre de este plato. El menú lo completaba un estofado de caballo con salsa de setas y postres uzbekos con frutos secos y miel de Altai. Según Nadia me dijo, las comidas uzbeka, armenia y georgiana se diferencian poco, así que con Kish Mish di por satisfecha mi curiosidad.

En Kazán la influencia musulmana es también evidente en sus menús y el kebab se puede encontrar en muchos sitios. De hecho, el restaurante con su imaginativo postre dedicado a la viagra se llamaba Sultan Kebap y es uno de los más populares de la ciudad, ya que Kazán ha tenido una histórica relación con Estambul y los exiliados turcos.

En Ekaterimburgo la comida fue bastante estándar y la cena en el Savoy muy recomendable, pese a que no incluyera platos especialmente sorprendentes.

Un apetitoso plato de borsch, uno de los platos nacionales rusos.

En Siberia, la cosa cambia ya algo y se puede notar su afición a las buenas carnes y a los productos del bosque, especialmente setas y bayas. En Novosibirsk comí en un Sibirskaya Korona, algo muy parecido a nuestros Gambrinus, ya que es la cadena de restaurantes de la cerveza del mismo nombre. Todo estaba bastante bueno, incluida la tort o tarta, de las cuales los rusos tienen una infinidad de buenas variedades para los golosos. En Tomsk cené en el Vechny Zov, un lujoso restaurante forrado de madera que exhibía fotografías de la reciente visita a sus comedores del presidente Putin acompañado de Angela Merkel. En este punto tengo que confesar un pecadillo culinario, así que no me afeen demasiado la conducta que ya ando yo teniendo pesadillas como Faemino con los corderos para que hurguen más en la herida. Además, el hecho tiene el agravante de un algo caníbal, pues no han sido pocas las veces que me han comparado con el ingrediente principal del plato, especialmente en la pista de baile. Sí, amigos, me comí un oso. Bueno, sólo una parte pequeñita. Y ya estaba muerto, lo juro. En la carta servían solomillo de oso con salsa y relleno de unas bayas rojizas y amargas y mi curiosidad no se pudo resistir. La verdad es que el plato no era nada del otro jueves y la carne no tenía ese toque intenso de la pieza de caza. Lo mismo era un oso Misha de ésos que crían los rusos en cautividad para emborracharlos con vodka y miel y que los cacen los jefes de estado extranjeros (Mitrofán seal of approval). Ni idea, pero no creo que repita. Entusiasmado por el solomillo de ñu que comí hace unos años esperaba otra cosa de una carne tan exótica, pero el resultado fue decepcionante. Tendré que probar con el canguro, el ornitorrinco o el dodó.

Clásica fuente de zakuski acompañado de vodka.

En el entorno del Lago Baikal lo que domina las cartas de los restaurantes es el pescado. Y, sobre todo, el omul, una especie de trucha asalmonada muy abundante en el lago. En Podlemore, Listvyanka, me lo sirvieron con cebolla y ligeramente ahumado. La verdad es que la pinta era infame—parecían gusanos o sesos desechos—y no invitaba en absoluto a probarlo, pero el sabor era realmente bueno. Después, dos buenos solomillos de vaca al grill con nata agria, tomate, patatas, eneldo y un montón de verduras. El menú se cerraba con cuatro bolas de helado acompañado de fruta.

Otros detalles importantes a la hora de sentarse en una mesa rusa. Si lo hace en una esquina siendo soltero, encontrará pareja pronto: cosas de rusos. El pan ruso es muy bueno y suelen servirlo con generosidad, como en España y a diferencia de muchos países europeos. Por algo Rusia y Ucrania son los graneros de Europa. Pavel, el ingeniero de Tomsk, nos contaba que después de la Segunda Guerra Mundial era tal el recuerdo del hambre pasada que el pan se incluyó con abundancia en todos los menús rusos. Además del pan blanco suelen servir un pan de centeno muy sabroso.

En cuanto a la bebida, es curiosa la ausencia de agua en las comidas. Además, los rusos son fastidiosamente aficionados al agua con gas—aquí me he explicado la cantidad de botellas de Vichy que me encontré tiradas por El Prat—por lo que conviene especificar al camarero que se quiere vadá nie gas. Pregunté a Nadia por qué esa ausencia de agua en la mesa y me dijo que para qué quería más agua que el de las sopas. ¡Y sin embargo toman té mientras comen! Lo de Rusia con el té es auténtica locura. A todas horas y en todas partes los rusos andan a vueltas con el té, el padre de los famosos y rusísimos samovares que se pueden encontrar hasta en los vagones del tren en su versión más funcional. Aquí se beben todo tipo de tés, preparados además de muchas maneras. La más curiosa—y atractiva para un goloso como yo—es la que añade varinia (una especie de mermelada o frutas del bosque en conserva) y forma un líquido muy dulce que es como un jarabe. Está riquísimo.

Un auténtico hallazgo cervecero ruso: la Sibirskaya Korona.

Tema pivas. Cerveza, quiero decir. Hay una grandísima variedad de cervezas rusas de muy buena calidad, la mayoría de las cuales son del estilo Pilsen o Lager, cervezas rubias bastante ligeras. Las más conocidas son la Baltika o Stepan Razin, pero yo le he cogido especial gusto a la Sibirskaya Korona, que tiene un montón de subtipos. La bieloe (blanca) tiene un sabor a limón realmente muy agradable, sin necesidad de perder cuerpo, como les pasa a algunas cervezas mexicanas.

Y en cuanto al vodka decir que tampoco es la fiebre que yo esperaba encontrar en bares y restaurantes o en el mismo tren. En absoluto. O al menos no ha sido ésa mi experiencia. Eso sí, hay mil tipos de vodkas, con o sin sabores. Aunque alguien pueda pensar que eso del vodka con sabores es un poco gayer, es necesario aclarar que es una práctica muy antigua, de cuando las técnicas de destilación eran bastante imperfectas y dejaban restos y sabores extraños. La adición de sabores de frutas o bayas escondía estos defectos de destilación. Con sabores hay todos los que podamos imaginar. En Kish Mish pregunté a una camarera cuál era el vodka con sabores más genuinamente ruso y me trajo uno con pimienta que era el favorito de Pedro el Grande, según he leído. Aquello pegaba que daba gusto, amigos. Dos chupitos como ése y acabo viendo percutible a la mismísima alcaldesa de Mordor D.F. No sé si sería la pimienta o qué, pero estuve moqueando toda la tarde. Los rusos suelen tomar el vodka con los entremeses, de manera que los tragos vayan acompañados de algo sustancioso del zakuski. Así que yo también incluí el vodka en mi menú, pero siempre acompañado por un zumo de naranja y por separado.

Y hasta aquí mi experiencia culinaria por las tierras de Rurik, con un balance francamente bueno. No espero grandes sorpresas en la mesa de Vladivostok, pero al menos sí que la curiosidad del que lea la entrada haya quedado satisfecha. Sólo les queda venir a Rusia y probar. Bon appétit.

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